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Un antuso en la corte de Donald Trump

José María Ridao, el hijo de Pepe de Natividad, ha sido nombrado cónsul general de España en Washington, posiblemente el destino más importante en el escalafón. 


José María Ridao
Javier Irigaray / 18·10·2017

Aunque ha cumplido ya treinta años desde su ingreso en la carrera diplomática, él se considera escritor por encima de todo, y no en balde ha publicado una veintena de libros entre novelas, obras de teatro y, fundamentalmente, ensayos, porque José María es un lector compulsivo que escribe para pensar. Así, el muchacho que miraba la noche mediterránea de Mojácar desde la barra del Ninfas está considerado hoy como uno de los más reputados observadores, pensadores y analistas de la actualidad. Ahora seguirá divisándola desde el otro lado del Atlántico. Desde la corte de Donald Trump. 

Del río Antas al Potomac; de la capital del occidente mediterráneo durante la Edad del Bronce, a la del imperio mundial en la era contemporánea. Es el recorrido profesional de José María Ridao, el nieto del campesino que emigró a norteamérica y volvió con 9.000 dólares ahorrados poco antes de que estallara el crack del 29 y empezaran a llover ejecutivos desde los rascacielos. Ahora, recién iniciado septiembre, ese antuso que nació en Madrid porque no sólo los de Bilbao lo hacen donde les da la gana, ha tomado posesión del empleo de Cónsul General del Reino de España en Washington. 

Aunque, desde el punto de vista del escalafón, posiblemente sea el mejor destino que pudiera obtener, su formación arabista, junto a aspectos de ámbito familiar, le hacían preferir otro más cercano. De hecho, tras terminar su ciclo al frente de la legación en París, había elegido Argel, una plaza bien comunicada con Madrid. 

Sin embargo, el gobierno argelino demoraba el pronunciamiento sobre el plácet a su nombramiento que, finalmente, le denegó. 

Oficialmente, el ejecutivo de Bouteflika se amparaba en que el acuerdo de Versalles no le obliga a argumentar su rechazo, pero algo de peso podría haber tenido en su decisión la última obra del diplomático español, El vacío elocuente, un ensayo sobre Albert Camus en el que reivindica el pensamiento del premio Nobel francés, que vivió muchos años en la república magrebí y reprobó el carácter “terrorista y revolucionario” del levantamiento independentista argelino, lo que no le han perdonado aún allí. Camus también se opuso enérgicamente a las detenciones masivas que llevaba a cabo el gobierno francés en la colonia africana, pero eso no le sirvió de atenuante ante los sucesivos gobiernos y la opinión pública de Argelia. 

Antes de llegar a Washington, José María Ridao pasó por una Angola en plena guerra civil, la Guinea del tirano Teodoro Obiang, el Moscú de la apertura a Occidente, la embajada ante la UNESCO y, tras un periodo de excedencia que ocupó en el consejo de administración del diario El País, estuvo al frente del consulado en París, en donde vivió la escalada terrorista de DAESH. 

Para hacer posible este recorrido, había obtenido simultáneamente las licenciaturas en Filología árabe y Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y, posteriormente, cursó e ingresó en la carrera diplomática. Pero Ridao también se formó y cultivó en los paseos estivales por la carretera de Jauro, Los Llanos o El Real de Antas, conversando en amenas caminatas con los amigos y otros lugareños, por no hablar de las guardias en las barras del viejo pub de Alfredo o en la del Ninfas y Faunos, epicentro de la vida nocturna en la noche mojaquera de los 80 y principios de los 90. 

- ¿Y tú de quién eres? –cuenta que le interpeló un veterano antuso que tomaba el sol sentado junto al acueducto de las Monjas mientras andaba filosofando con el hoy filólogo y poeta Antonio García Soler. 

- Soy José María, el hijo de Pepe de Natividad. 

- ¿Y tú? 

- Antonio, de Andrés de la Venta. 

- ¿Y a qué os dedicáis? 

- Estoy estudiando árabe y derecho. 

- Yo, latín. 

- ¡Ay, madre! Y los legones ‘paraos’. 

La noche de Mojácar no suponía obstáculo alguno para que el joven Ridao llevara ya cinco horas aporreando la máquina de escribir portátil cuando, a media mañana, los amigos pasaban a buscarlo a su casa de la calle del Aire para ir a la playa. 

Porque escribir era, y es, su auténtica gran pasión. Escribir como herramienta para la reflexión y modelar su pensamiento. Para crecer. No en balde ha publicado una veintena de libros, sobre todo ensayos, pero también novelas y obras de teatro. Por no hablar de su incursión en la prensa, prácticamente una década en el consejo de administración de El País, además de redactando sus editoriales. 

Comenzó a publicar en el diario madrileño muy joven, siendo estudiante aún. Y lo hizo de una manera inverosímil, sencilla y tan natural como las naranjas washingtonas –quizás una premonición- que, recién cortadas en los huertos de Antas, devoraba con auténtico placer y deleite. 

José María, con apenas 20 años, escribió un artículo y lo envió por fax –eran otros tiempos- a la redacción. A los pocos días apareció impreso en la sección de opinión. Repitió la acción y volvió a ocurrir lo mismo. Así, una semana tras otra. 

Al cabo de cierto tiempo, recibió una notificación del departamento de contabilidad que, poco más o menos, venía a decir lo siguiente: “Estimado señor Ridao: Obra en nuestro poder un cheque a su nombre con el importe de sus colaboraciones en El País pendientes de liquidación. Rogamos pase por nuestras oficinas a recogerlo”. 

Y pasó. Al entrar en las dependencias del periódico le indicaron el despacho al que había de dirigirse. Allí, un contable le saludó y le tendió la mano. “Usted es hijo del señor Ridao, supongo”, le preguntó el administrativo juzgando su apariencia y edad. “Yo soy el señor Ridao que usted espera”, respondió. 

Y así empezaron tres décadas de relación que terminaron abruptamente a finales de 2012 a propósito del expediente de regulación de empleo que acabaría dejando a 150 trabajadores en la calle, periodistas en su mayoría. 

Los trece millones de Cebrián y el ERE de El País

Ridao suscribió una carta de apoyo a los afectados junto a una veintena de colaboradores del diario, entre los que se hallaban plumas tan conocidas como las de Mario Vargas Llosa, Rosa Montero, Manuel Vicent, Maruja Torres, Muñoz Molina, Javier Marías o Fernando Savater. 

El escrito hablaba del “deterioro de los valores fundacionales de un diario crucial para las libertades y la democracia española” pero, más allá de las palabras, ninguno de los firmantes entendía que fuera compatible el despido de un centenar y medio de personas con los sueldos fuera de convenio con el que se beneficiaba la cúpula directiva, unas retribuciones que iban desde los 13 millones de euros anuales que percibía el presidente Juan Luis Cebrián, hasta los 3,2 del consejero delegado Fernando Abril Martorell. Aunque él nunca lo afirmó ni lo negó, todo el mundo daba por hecho que fue Ridao quien escribió el manifiesto. 

A partir de ese momento, José María abandonó su puesto en el consejo de administración de El País, dejó de escribir editoriales, de colaborar en diferentes programas de la cadena SER y Cuatro televisión y no aceptó ninguna de las ofertas que recibió para colaborar en otros medios. 

El momento fue asumido por José María con dolor, pero también como una liberación que le proporcionaría más tiempo libre para otros menesteres que amaba más, como leer, escribir libros y, sobre todo, vivir, pues decidió y, de momento lo mantiene, no colaborar con ningún otro medio a pesar de las numerosas ofertas que ha recibido y aún le llegan. 

Tras este abrupto fin de su relación con el mundo de la comunicación, Ridao solicitó el fin de su excedencia en el cuerpo diplomático y volvió a ejercer una carrera cuya función había comenzado a ejercer en 1987. 

Ese año, con apenas 25 años, ocupó su primer destino en una Angola que se encontraba inmersa en plena guerra civil. La capital, Luanda, se encontraba asediada por la guerrilla de Jonás Savimbi apoyada por Sudáfrica, y el ruido de las bombas, los morteros y los nidos de ametralladoras componía la banda sonora de la ciudad. 

Sin embargo, al joven Ridao le sorprendía la naturalidad con que la población vivía en aquellas circunstancias, y recuerda a las mujeres hablando en las esquinas de la ciudad, con la bolsa de la compra en una mano y un hijo agarrado con la otra, intercambiando risas y secretos para cocinar el funge o el pollo moamba. 

Su siguiente empleo le condujo a la Guinea de Teodoro Obiang. Allí, Ridao, junto a los embajadores de EEUU, John Bennet, y la Unión Europea, se interesaba por los casos de tortura infligidos a presos políticos por el régimen del tirano, los divulgaba y forzaba la liberación de los opositores detenidos en la medida de sus fuerzas. 

El gobierno guineano protestaba una y otra vez ante sus homólogos por las actividades de los tres representantes y exigió el cese de su actitud, así como su relevo por otros que se pusieran de perfil ante las prácticas de la policía y el ejército de Guinea. Pero mientras americanos y europeos no transigieron ante las exigencias del tirano, el entonces director general para Asuntos Africanos durante el último gobierno de Felipe González, Miguel Ángel Moratinos, que luego sería ministro de Exteriores con Zapatero, atendió a las pretensiones de Obiang y llamó a Madrid a José María Ridao, que fue inmediatamente declarado ‘persona non grata’ por el ejecutivo guineano. 

Después, hace apenas un par de años, el propio Moratinos llegaría a reconocer a un reportero de Telecinco que le preguntó en el aeropuerto de Barajas que a qué iba a Guinea cuando se disponía a coger un avión hacia Malabo, que él defendía allí los intereses de varias empresas españolas. 

A principios de los 90, Ridao fue destinado a Moscú, donde vivió los estertores de la antigua Unión Soviética. Apenas un par de años antes había sido derribado el muro de Berlín y la historia daba uno de esos giros que alcanzan el calificativo de históricos. Sin embargo, a Ridao le sorprendía que, como en el caso de Angola, los moscovitas vivían aquellos días como si no estuviera ocurriendo nada de la trascendencia que tenía lo que allí estaba sucediendo en esos días cruciales para la humanidad, tan procelosos como preñados de incertidumbre. 

El Argar Patrimonio de la Humanidad

En 2004, el diplomático cambió su residencia a París como embajador ante la UNESCO. Conocedor de la historia de su Antas original, un día se presentó. a título personal, con un dossier para interesarse sobre el procedimiento que había de seguirse para conseguir que El Argar obtuviera la condición de Patrimonio de la Humanidad. 

Entregó el expediente que había recopilado, con amplia profusión de estudios, informes que describían la importancia del yacimiento y fotografías de ajuares encontrados en la excavaciones por Siret y, por supuesto, de la meseta que atesora en sus entrañas a la capital enterrada del Sudeste ibérico durante la Edad del Bronce. 

Al abrir la carpeta, el funcionario europeo se detuvo en una de las imágenes y preguntó al embajador español qué eran aquellas construcciones recientes que se veían tras la diáfana meseta. Ridao contestó que las naves de dos polígonos industriales que se habían construido detrás, a lo que el empleado, cerrando la carpeta, le espetó, desmoronando sus esperanzas, cómo podía esperar nadie que Europa protegiera lo que sus propios vecinos no respetaban ni valoraban. Eso le dijo, aún no imaginando siquiera que un alcalde decidió establecer allí el vertedero de basuras municipal y unas instalaciones para practicar el tiro al plato. 

A finales de 2012 volvió a París, aunque esta vez como cónsul general adjunto de España en la capital gala, y allí vivió el dolor y las consecuencias del terrorismo de DAESH. 

No obstante, como ya hemos apuntado, su auténtica pasión era y es la literatura. A ella ha dedicado infinidad de horas que le han llevado a publicar una veintena de libros, fundamentalmente ensayos, pero también algunas novelas y obras de teatro. 

La profundidad y lucidez de sus análisis le han convertido en uno de los referentes del pensamiento actual en todo el mundo. En su obra prevalece, como una constante, la reivindicación del esfuerzo por transformar antes que la tentación de empezar de cero tras devastar todo lo existente. De ahí su apuesta por Erasmo frente a Lutero o, más recientemente, la de Camus frente a Sartre y Beauvoir. 

Además, la literatura le ha servido para mantener una estrecha relación con algunos de los autores españoles más importantes de los últimos años, como el mencionado Vargas Llosa, Rafael Sánchez Ferlosio, el viejo gruñón anarquista de quien era vecino en Madrid y bajaba a tomar café en batín y zapatillas, pero, fundamentalmente, Juan Goytisolo. 

La amistad con el que fuera premio Cervantes llegó a ser tan estrecha que el autor de Campos de Níjar le nombró su albacea, y compartieron, sobre todo en los últimos años, muchos días en París, Madrid, Barcelona y Marrakech. Ambos fueron nombrados vecinos de honor del barrio almeriense de La Chanca, arrabal que Goytisolo conoció en el cénit de su miseria, al que el régimen y la ciudad pretendía ocultar y por el que se esforzó en que recobrara y afirmara su dignidad y la de sus gentes. 

Tras la reciente muerte del autor, Ridao no quiso hacer declaraciones al respecto a ningún medio. Para él, su amistad pertenecía al ámbito de lo más íntimo. Únicamente se limitó a redactar una carta que quiso fuera leída solamente en los homenajes que se dedicaron al escritor en Antas y en La Chanca, advirtiendo su voluntad de que no fuera publicada jamás. Fue, como su amistad, un acto estricta y extremadamente íntimo. 

El paisano que rechazó dos veces a Zapatero 

Cuando el PSOE ganó las elecciones generales de 2004, Rodríguez Zapatero propuso a José María Ridao que se hiciera cargo del Ministerio de Cultura, ofrecimiento que declinó. Ante la negativa, el presidente le ofreció la dirección del Instituto Cervantes, cargo al que, celoso de su independencia, también rehusó. 

Sin embargo, por algún motivo, la propuesta para dirigir el Cervantes había transcendido más allá de lo estrictamente necesario, hasta el punto de que uno de los más reputados escritores españoles de la actualidad le pidió que le encargara dirigir el centro del Instituto en Nueva York, y le insistió a pesar de que el diplomático le repetía una y otra vez que se equivocaba de hombre, que él no era ni iba a ser el director de la entidad.

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