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Ha muerto Ezequiel Navarrete, alumno de Celia Viñas y poeta

Hoy es cinco de abril y ha muerto Ezequiel Navarrete. La parca lo alcanzó a la tercera. El jueves, seis, tendrá lugar su sepelio en Vera



Ezequiel Navarrete
Javier Irigaray / 05·04·2017

Hoy es cinco de abril y ha muerto Ezequiel Navarrete. La parca lo alcanzó a la tercera. Se le escapó cuando aún era un niño inquieto que corría por la pedanía huercalense de Las Norias. Allí fue “cocinero mayor del reino” mientras su padre, maestro, impartía clases en la escuela rural de aquel barrio. Contrajo unas fiebres tifoideas que a punto estuvieron, durante 25 días, de llevarle a la otra orilla de la Estigia.

Pero él era un niño demasiado veloz. Me dijo que en el instituto de Almería, siendo alumno de Celia Viñas -que era el título del que se sentía más orgulloso-, corrió los cien metros lisos en 10 segundos y ocho centésimas. Seguramente exageraba, pero de lo que no me cabe la menor duda es de que, como discípulo de la señorita Celia, él y todos quienes lo fueron, adelantaron y dejaron atrás las manecillas de los relojes que medían el tiempo que le tocó le vivir.

Él me hablaba enamorado de la profesora de apellidos vegetales. Recordaba su trato, su olor, su voz y la personal manera que tenía para modelar espíritus adolescentes. No olvidó la excursión a la playa de El Alquián en que la maestra le pidió prestada la bici para darse una vuelta. Inmortalizó la escena en un poema que tituló “La lírica de la bicicleta”.

Me contó que, estando ya en 4º curso de bachillerato, llegó hasta Almería un barco cargado de trigo enviado por la Argentina del General Perón. Fue todo un acontecimiento en aquella ciudad hambrienta. Ezequiel decía que fue “emocionante” ver tanto trigo dorado y limpio en años de pan negro y escaso.

“Nuestro grupo era muy inquieto -me dijo- y alguno tuvo la idea de hacer una manifestación. Decidimos hacerla aplaudiendo a Franco y a Perón, que nos mandaba trigo en la época de las cartillas de racionamiento, del trueque. El trigo lo honrábamos. Nos juntamos 50 por el Paseo arriba, con banderas españolas gritando 'Franco, Perón, Franco, Perón'. Habíamos estado tres días preparando la manifestación. Fuimos a la Escuela de Magisterio y a la de Peritos Mercantiles, que estaba en un piso en el Paseo. Subimos gritando “Franco, Perón, Franco, Perón” y los bedeles y los profesores salían asustados gritando “¡qué es esto! ¡qué es esto!”, pero nosotros seguíamos para arriba. 'Franco, Perón, Franco, Perón'. La policía nos persiguió, nos detuvo y nos llevó a comisaría. Almería era una ciudad pequeña y nos conocíamos todos. Aquello fue un hecho importante y a los cabecillas, sabían quiénes éramos, nos dejaron para septiembre todas las asignaturas. Luego aprobamos todos”. 

“Celia se reía de aquello -añadió-. Allí había franquistas y no franquistas que agradecíamos a Perón que nos echara una mano con los barcos de trigo. En aquellos tiempos de escasez y penurias, ver un barco lleno de trigo era hasta emocionante. Pero la emoción duró hasta que llegó la policía, aunque también se lo tomaron a coña. Algunos llegaron a decir que se unían a nosotros para que fuéramos más. Celia nos dijo que parecíamos liebres corriendo por el Paseo. Se lo tomó a broma. Ella era contraria al régimen de Franco y una persona muy liberal”.

Celia le hablaba de poesía, de composición poética. “De pronto, sacaba del bolsillo o del cajón de la mesa un folio de un poema desconocido y lo recitaba, se emocionaba y veíamos cómo se le escapaban las lágrimas, sobre todo con los de Miguel Hernández, esos poemas tan dramáticos y tremendos que la obligaban a parar porque la emoción la embargaba y le impedía seguir leyendo. Se quedaba sin voz”.

Después vino lo demás. El desembarco de la flota norteamericana le pilló en Barcelona y le pidieron un reportaje para el Yugo, el periódico del Movimiento que hoy conocemos como La Voz de Almería. “la ciudad estaba llena de mujeres ligeras. Había muchas. Parecían un enjambre que inundaba las Ramblas y la parte del puerto fumando tabaco rubio, que no se conocía aquí. Y gente con dólares”. 

Fue marinero, y empresario, pero nunca dejó de escribir. Con el tiempo volvió a su Vera, trayendo bajo el brazo a Deretil, una de las empresas más importantes de la comarca. Y le escribió miles de versos.

Ahora, descansa en paz, Ezequiel, descansa. Aquí queda tu huella.

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