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El metal de las edades. Reseña

María Jesús Mingot, doctora en Filosofía, profesora titular en la Universidad Autónoma de Madrid y poeta, ha penetrado en El metal de las edades (Ediciones Vitruvio, 2016) y en el universo lírico de su autor, Javier Irigaray, para ofrecer una lúcida visión y análisis de su contenido


María Jesús Mingot y Javier Irigaray durante la presentación de El metal de las edades en Madrid el pasado 10 de febrero
María Jesús Mingot / 04·03·2017

Yo diría que los poemas que podemos encontrar aquí, como los metales que atesoran en sus entrañas el paso del tiempo, revelan rutas y grutas exploradas de un tiempo vivido, siendo ese tiempo, al mismo tiempo, individual y colectivo al entroncar las vivencias personales con un modo de vida y una coordenada espacio-temporal común: a menudo el hombre actual, urbanita y desarraigado, sin centro de referencia, descolocado e inmerso en ese “ordenado caos” al que alude, entre otros, el poema “Muerte en conserva”.

De esa exploración Javier Irigaray no emerge con un inventario en la mano, mostrándonos las piezas exhumadas de un rompecabezas vital cerrado y susceptible de ser sencillamente compartido. No. Javier nos ofrece un cuadro necesariamente incompleto y sometido a una incesante metamorfosis, que es a la vez la del propio lector que se enfrenta al poema, y, en consecuencia, requerido en todo momento no de meros espectadores sino de intérpretes, de actores. Pues en este poemario predominan los silencios, las elipsis, las omisiones de marcada carga expresiva, la ironía, cómplice en muchos momentos de una verdad que no es fácil asimilar y que demanda y hace indispensable su activa participación.

El poemario está estructurado en tres partes, tres metales, cobre, bronce y hierro, que hablan no de tiempos que se suceden sino más bien, desde mi punto de vista, de tiempos que se superponen o se solapan, o sencillamente se fagocitan.

El tiempo ocupa un lugar predominante en el poemario, así como también lo hacen la muerte y el amor, ese efímero remanso de luz y calor al que el poeta vuelve su mirada sin perder nunca de vista el frío acerado de nuestras uniformadas ciudades, su gelidez inhumana, su impasible sordera incorporada a nuestras vidas con total naturalidad. De estas y de la descentralización del hombre habla también ‘El metal de las edades’, del consumismo y del país de la basura, del paraíso perdido de la infancia, del conformismo tan integrado que ya nos pasa desapercibido, de lo que queda de la libertad en este espacio de la uniformidad y el desencanto sin protesta, y también de eso, de adónde fueron a parar los sueños, a dónde nos llevaron, entre otras cosas. Y al menos para mí, en algún momento también, de la necesidad de rebelarse, de decir ‘basta’...

Los poemas son predominantemente breves y sobrios, tendentes a una desnudez y a una concisión expresiva reclamadas por ese, el mundo poético recreado por Javier Irigaray. Asistimos en este poemario a una arqueología poética que retorna a los restos y rastros de una vida que es la propia y la de muchos otros, a los que Javier interpela a sabiendas de que la respuesta ha de ser el resultado de una búsqueda, aquella que él demanda de cada lector.

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