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El último pelotero


Cada vez era más difícil juntar un grupo suficiente para salir el Domingo y Martes de Carnaval por las calles de La Concepción abrazando a las mozas (y no tan mozas), pero aquel año de principios de los 70, mi hermano Diego, Tomás “el poniente”, Juanillo de “la Luisa”, José “del espatarragao”, “el Quisco” y su gente de Palacés formaríamos la escuadra de Peloteros más feroces que nunca se hubiera visto




La diversión, la alegría y la participación son la esencia del carnaval de peloteros de Overa.
 
Juan Diego Pardo Valera/ 01·03·2017

Esta es la historia de un fracaso, de una derrota personal y colectiva.
Sí, porque yo fui el último “pelotero” de la Ermita de La Concepción.
Cuando esta navidad, después de muchos años, subí a la vieja cámara del cortijo familiar no esperaba encontrarme con aquel ataque a traición del pasado: mis queridos cencerros de pelotero de carnaval colgados en la caña de los embutidos junto a “las troces” del cereal. Mis olvidados cencerros de latón, oxidados por el tiempo y con falta de cuidados, me miraban con desdén y me recriminaban su desamparo. Su visión me llevó en volandas por el tiempo, hacia aquella niñez y juventud de ilusiones sin fin y entrega total a hacerlas realidad.                                                                                                    
Todos los años, después de los Reyes Magos, a mediados de enero, comenzaba el ritual de preparar todos los elementos de mi vestimenta de pelotero:
-La máscara, elaborada sobre la base de un trozo de cartón duro, con las mejores plumas rojas y negras recogidas del gallinero, piel de conejo y tiznajos de hollín de la vieja sartén.
-La camisa recompuesta de una saya de mi madre. Con cuánto cariño me la había ajustado a últimas horas de la noche, después de su dura jornada diaria.
-Las esparteñas que me estaba terminando mi tío-abuelo “el cura”.
Los cencerros del pelotero, su insignia.
Los cencerros son la insignia del pelotero
-Y…los cencerros, la pieza fundamental que luego todos admirarían, me los había guardado mi madre rellenos de periódicos y embadurnados en aceite desde el anterior carnaval; aquel año llevaría cuatro cencerros, dos hembras y dos machos (el principal, un gran cencerro macho que me había regalado mi vecino el pastor). Y todos ensartados en una correa nueva que me había traído mi padre, el martes, del mercado de Albox.
Cada año era más difícil juntar un grupo suficiente para salir el Domingo y Martes de Carnaval por las calles de la aldea abrazando a las mozas (y no tan mozas). Y eso que desde hacía varios años nos juntábamos con los muchachos de Palacés, la aldea vecina, por amistad y para hacer más número, ser más temidos y pasárnoslo mejor. Aquel año de principios de los 70, me estaba costando convencerlos más de lo habitual para que se vistieran. A Andrés de María lo daba por perdido, a mi primo Juan y a mi gran amigo Jerris por muy dudosos… En cambio estaba convencido de que no me abandonarían ni mi hermano Diego, ni su grupo de amigos: Tomás “el poniente”, Juanillo de “la Luisa”, José “del espatarragao”… que junto con “el Quisco” y su gente de Palacés, formaríamos la escuadra de Peloteros más feroces que nunca se hubiera visto. Eran semanas de charlas acaloradas, discusiones, ideas irrealizables, idas y venidas…
Quedamos para el ritual de vestirnos en casa de mi Tío José, que era bastante céntrica y desde siempre había sido un lugar de reunión, por estar allí la vieja tienda-bar de Beatriz “La Colorina”. Y en la habitación de los aperos de labranza fuimos descubriendo, uno a uno, nuestros secretos mejor guardados: las máscaras que habíamos confeccionado con tanto esmero… y, sobre todo, nuestros cencerros, de los que presumíamos de su tamaño, pero también de su limpieza y su sonar… y los tañíamos una y otra vez con el ritmo acompasado de nuestras caderas. ¡Qué disfrute más grande el concierto de todos los cencerros sonando a la vez…! Y qué terror el de las mozas que, por el sonido, adivinaban el importante número de peloteros que este año harían lo habido y por haber para abrazarlas una vez más. Nos íbamos calentando con algún trago de vino, ya que la escasa camisa nos hacía tiritar de frío, y entonando nuestros gritos de guerra:  ¡¡¡Jo Jo Jo Jooo! Y de algún cortijo vecino nos llegaban los gritos provocadores de una moza bien escondida: ¡¡pelotero, pelotero… Aquí te espero, picando el mortero!!!
La transmisión de las tradiciones de padres a hijos es fundamental para su pervivencia.
Después salíamos a recorrer los caminos, no sin antes haber abrazado a mis tíos, vecinos y todos los que se habían acercado a felicitarnos por nuestra valentía… -¡¡Con el frío que hace!!- nos decían. También nos alababan por nuestras ocurrencias con aquellas máscaras tan tenebrosas… Continuábamos con una batida por los caminos centrales de la aldea, intentando localizar dónde se escondían las jóvenes del lugar: nuestro objetivo fundamental.
Aquel año se habían escondido especialmente bien, pues después de más de una hora aún no las habíamos localizado, ni rastro de ellas. Pero en aquella lucha simulada teníamos aliados, la mayoría de las veces las mismas mujeres mayores, que nos indicaban por dónde debíamos ir, hasta dar con las escondidas. Y cuando nos alejábamos del objetivo siempre había una voz: -¡Pelotero, pelotero!- que nos hacía volver sobre el camino correcto.
Máscara de camisa o pelotero
Aquel año era la casa de Miguel de Andrés el escondite. Intentamos entrar por todos los sitios posibles: por los corrales, por la puerta de atrás… todo inútil. Hicimos varias veces la estratagema del caballo de Troya (hacer como que abandonábamos para volver de improviso y sorprenderlas), pero eran muy inteligentes nuestra amigas, seguro que más que nosotros, y no caían en ninguna de nuestras trampas. Allí estaban Lola, Ana, Isabel, Paquita, María… hasta diez o doce mozas de distintas edades. Finalmente fue la señora María, la dueña de la casa, la que en un aparte me dijo: -“Están en la cámara, sólo se puede entrar por la ventana de arriba. Pero Juanico, es peligroso. Si lo consigues os podéis llevar unas morcillas, pero no rompáis nada...”
Aquella advertencia sobre lo peligroso de la subida me envalentonó todavía más. Reuní a mis fieles peloteros y estudiamos la situación. Coincidimos que era casi imposible subir a aquella ventana a cinco metros de altura. Pero abandonar sería lo último que se nos pasara por la cabeza; estaba en juego el honor del pelotero… y la solución estaba sólo a unos metros de distancia, en el enorme “pitón de alzabara” que habíamos arrastrado desde más de dos kilómetros para demostrar nuestra fuerza y hombría. Lo pegamos a la pared y justo llegaba a la ventana sin rejas del pajar… Ahora la cuestión era saber quién subiría. Uno a uno fueron desertando todos y, claro, aunque no las tenía todas conmigo, tuve que asumir el reto de ascender por tan peligrosa e improvisada escalera. Las refugiadas se sentían tan seguras que alguna se atrevía, por las rendijas de la desvencijada ventana a gritar provocadoramente: -“¡pelotero, pelotero, aquí te espero picando el mortero!”
Intenté subir varias veces con el fracaso más estrepitoso… hasta que cogiendo carrerilla y con un equilibrio sorprendente (hasta para mí), conseguí llegar a la ventana y de un fuerte empujón saltó el pestillo, dejando las hojas de la ventana abiertas de par en par. En el guirigay que se formó a continuación, alguna moza quedó sin abrazar. Pero no me olvidé de mi promesa a la señora María ni a mis colegas peloteros. Bajé con rapidez las escaleras y abrí la puerta principal; entraron todos en tropel y los gritos y las risas inundaron toda la casa: Éramos los amigos y amigas de toda la vida cumpliendo con un rito ancestral.
La diversión, la alegría, la participación... es la esencia del carnaval de peloteros.
Después abandonamos la Ermita y por el Camino Lubrín fuimos al encuentro de las otras “collas” de peloteros o máscaras de camisa del Barrio y de Los Menas… Nos encontramos todos en el cruce de “la veintiuna” y la competición de cencerros fue monumental y con sonido ensordecedor… Por más de diez minutos todos a una hicimos sonar nuestros cencerros al ritmo de nuestras poderosas caderas… y el sonar de cencerros inundó todo el valle del Almanzora. Después cada uno seguimos nuestro camino. Nosotros al Barrio y Santa Bárbara, luego a Los Menas y por Los Navarros (junto a la Cimbra) cogimos el camino de Palacés. Y después de haber abrazado a todas las mozas de Overa y a todo el que se puso por delante, de haber bebido mucho vino y cogido algunas morcillas y chorizos, de habernos reído y divertido como nunca nadie… volvíamos arrastrando los pies por el viejo molino de agua, prometiéndonos “hacerla más grande” el año que viene…
La transmisión de padres a hijos es esencial para la pervivencia de la tradición
Pero no hubo “año que viene”, aquel fue el último año… Desde entonces no se han vuelto a escuchar cencerros en La Ermita de la Concepción en el Carnaval. Y sí, un silencio sepulcral. Las gentes vegetan en el interior de sus casas sin aliciente por asomarse a los caminos, sólo la rutina y la tristeza pueblan las calles de mi querida Ermita los días de Carnaval. Los peloteros se fueron como antes las mascaricas o los osos. No supe, y mira que lo intenté, inculcar a mi hijo esta tradición… es mi fracaso personal; la tele y las videoconsolas me derrotaron. Y cuando una tradición muere se va para siempre una parte de la historia y del “ser” de un pueblo; somos infinitamente más pobres y desamparados. Han pasado más de treinta años y he perdido toda esperanza…
-¿Papá que bien suenan, para qué son?
Ante esta pregunta de mi hija de cinco años, una fuerte intuición se despertó en mi corazón… Lo mismo no todo estuviera perdido, lo mismo en estos nuevos tiempos de igualdad y democracia sería una mujer la que devolviera la alegría al Carnaval de la Ermita…
-¿Sabes hija mía que en un tiempo lejano tu padre, y antes tu abuelo y tu bisabuelo, salían por las calles vestidos de peloteros…? Y se sentían las personas más afortunadas del mundo…
-¿Y…Ahora, me puedo vestir yo?
-Pues claro mi pequeña… ¿Por qué no?                                   

*En memoria de mi madre, que supo inculcarme el amor por nuestras tradiciones con el infinito cariño y entrega que ella derrochaba con todos nosotros…

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