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“Los Millares fue la primera capital de un territorio en toda la Península Ibérica”

El profesor Fernando Molina, catedrático de Prehistoria en la Universidad de Granada, ha venido a Almeríaa invitado por la Asociación Amigos de El Argar que dirige Julián Pérez, bisnieto de Pedro Flores, el capataz de Louis Siret



El profesor Fernando Molina se dirige a los asistentes a la visita al yacimiento de Los Millares organizada por la Asociación de Amigos de El Argar
Javier Irigaray / 20·12·2016

El profesor Fernando Molina, catedrático de Prehistoria en la Universidad de Granada, acumula más de tres décadas de investigación en Los Millares. Ha venido a la provincia invitado por la Asociación Amigos de El Argar que dirige Julián Pérez, bisnieto de Pedro Flores, el capataz de Louis Siret, y nos ha contado cómo muy cerca de Santa Fe de Mondújar, hace seis mil años, nuestros antepasados pusieron los cimientos del capitalismo actual y, a pesar de morir muy jóvenes, tuvieron tiempo de construir la primera capital de un territorio en toda la Península, que es tanto como decir que en toda la Europa Occidental, usando la religión como herramienta de organización social. 

Aunque atribuimos la expresión ‘con la Iglesia hemos topado’ a don Miguel de Cervantes, nuestros antepasados ya usaron la religión más de cinco milenios antes a modo de argamasa social. Vivían, reían, amaban, sufrían y morían en Los Millares, muy cerca de lo que hoy conocemos como Santa Fe de Mondújar, pero en otra edad que hoy llamamos la del Cobre, y que ha dado nombre a toda una cultura, a una forma de vivir y de organizarse, por tratarse, indiscutiblemente, del asentamiento central de un vasto territorio que comprendería buena parte de las provincias de Almería y Granada. 

“Se trataba –afirma el profesor Molina- de una sociedad bastante teocratizada que alumbró la primera capital de un territorio en toda la Península Ibérica y fue posible porque en ella se inició un proceso de jerarquización muy importante, dando lugar al nacimiento de unas élites que se mantendrán durante toda la prehistoria reciente en el sur y en el sureste de la península. Y por sociedad teocratizada quiero decir que sus vidas estaban pendientes de una religión organizada que estableció una relación de dependencia entre sus moradores y los de las poblaciones de alrededor e incluso de asentamientos existentes a cientos de kilómetros de distancia”. 

“Los Millares era una gran ciudad, no un pequeño asentamiento. Quizás el único de esta época que tenía esa categoría tanto por las dimensiones como por la complejidad de sus fortificaciones y de su necrópolis, con cerca de un centenar de sepulturas colectivas monumentales. No hay ningún otro similar en todo el sureste y es uno de los más importantes de Europa”, asegura rotundo el catedrático. 

“Además –abunda- mantiene una serie de relaciones de dependencia con toda una serie de territorios y comunidades que viven alrededor y en otras zonas como el pasillo de Fiñana, en Almería, o el área del Marquesado y los Montes Orientales de Granada”. 

Molina explica que esos vínculos se establecían “mediante alianzas y relaciones familiares de las élites, y todas tienen una marcada dependencia con respecto a Los Millares definida fundamentalmente por la religión, como lo prueba el hallazgo en todos esos lugares de una serie de idolitos, de unos símbolos idénticos tanto en la cerámica como en los objetos de hueso, marfil y piedra”. 

Para el investigador, la aparición de la religión como elemento de cohesión supone que “la consciencia de que estamos ante una sociedad compleja. No se trata de la sencilla comunidad agrícola de finales del Neolítico, sino de un proceso de jerarquización en el que, enmascarando las diferencias sociales mediante la religión, se organizan territorios políticos y económicos de gran envergadura, y Los Millares es el lugar central que controla prácticamente todas estas tierras de Almería y el Altiplano granadino”. 

Esa jerarquía y división social se manifiesta en el propio urbanismo del poblado, en el que las viviendas no se distribuyen de forma regular, “sino que se agrupan en conjuntos de cinco o seis viviendas cuyos accesos dan a una plaza central. Se aprecia una red tejida a través de los lazos de parentesco fortísima, que estructura a toda la comunidad que vive en Los Millares en familias muy extensas, linajes, que se dividen en grupos más pequeños hasta las familias nucleares, similares a las nuestras, que pueden vivir en cada una de las viviendas. Dependiendo del recinto en el que vive, cada familia tiene un estatus social determinado. Apreciamos, incluso, que el consumo de carne y los alimentos que consumen las viviendas de las élites son muy especiales comparados con los del resto”. 
Y la división social que existía en el reino de los vivos, tenía su correlato en el mundo de los muertos. “En la necrópolis, con las tumbas orientadas siempre hacia el poblado, se pueden apreciar también importantes diferencias sociales. Las más cercanas presentan una arquitectura más compleja y ajuares funerarios más ricos, mientras que las más alejadas pertenecen a la población con un estatus más bajo”. 

El nacimiento del capitalismo 

“De todas formas –explica el científico-, las diferencias en una sociedad organizada por la opresión, ya están marcadas desde el Paleolítico. Las mujeres y los niños sufren una serie de coerciones que quedan registradas en sociedades mucho más primitivas que la de Los Millares, pero el uso de mecanismos de sometimiento de manera perfectamente organizada y ejecutada a partir del beneficio que proporcionan a unas élites, es un fenómeno más moderno que comienza en la Cultura de Los Millares y se desarrolla hasta la época actual. Podríamos decir que es el inicio del capitalismo que supone una ruptura clara entre las sociedades neolíticas y las de la prehistoria más reciente del cobre y del bronce”. 

En ese sentido, el profesor sostiene que los hombres de hoy no somos tan diferentes de quienes habitaron Los Millares. “La tecnología ha cambiado muchísimo, las posibilidades de tiempo libre son mayores y se ha mejorado la calidad de vida. Eso es evidente, sobre todo en los últimos 30 ó 40 años, pero lo sustancial no ha cambiado demasiado. Desde el momento en que se utiliza la subordinación de gran parte de los individuos a unas élites y una presión fortísima contra los miembros de la propia población, sabemos que hay unas relaciones fortísimas de dependencia y una forma de aprovechar el trabajo del conjunto de la población en beneficio de unos pocos que marca ya el sistema capitalista desde la Edad del Cobre, cuando se inicia un desarrollo social que desemboca en el capitalismo actual”. 

Sostiene Molina “que la violencia era un importante mecanismo social en esa época, aunque otros colegas piensan que no estaba todavía tan institucionalizada, que los combates que se producían eran de tipo heroico entre representantes de cada una de las comunidades, pero no se generalizaba a la totalidad de la población. Pero a mí me resulta evidente que la envergadura y la complejidad de las murallas de Los Millares, así como la cantidad de modificaciones que sufrieron a lo largo de los años y los cambios de estrategia militar que experimentan y que tenemos muy bien documentados en Los Millares, significan que la violencia entre comunidades era importante”. 

Argumenta su teoría el historiador en datos concretos: “La mayor cantidad de puntas de flecha la hemos localizado frente a la puerta exterior de la barbacana, los torreones que defienden la entrada principal al poblado. Están rotas muchas de ellas y han perdido la punta porque se han estrellado contra la muralla. Son las lanzadas por los grupos que pretendían entrar al asentamiento luchando contra sus defensores”. 

No obstante, Molina admite otra función a las murallas más allá de la meramente defensiva. “Tenían un enorme valor a nivel simbólico y propagandístico Un asentamiento central que se erige en capital de un enorme territorio necesitaba garantizar a sus pobladores y visitantes una seguridad como la que ofrecía una fortificación de esa envergadura. Eran un elemento propagandístico de primer orden. 

No era país para viejos 

“No se han conservado restos antropológicos en Los Millares, pero sí en otros yacimientos similares, por lo que sabemos que no llegaban a alcanzar los 30 años de vida media y, sobre todo, había un problema grave, que era superar la primera infancia La mortandad era tremenda durante el destete de los niños”, ilustra el profesor. 

Sobre su aspecto, lamenta que no se ha podido tener acceso “a individuos que conservaran tejidos adheridos a sus huesos que nos puedan informar al respecto. Sí tenemos a un sujeto que apareció semimoficado en Castellón Alto, en Galera, pero pertenece a la Cultura de El Argar y vivió unos cuantos siglos después. Pudimos estudiar tanto el pelo de la cabeza, que lo conservaba estupendamente, con una coleta central y dos trenzas laterales, como restos de la barba. Carecemos de esa información referida a la Edad del Cobre, aunque sí sabemos que utilizaban el lino, la lana y el esparto para confeccionar sus vestimentas”. 

El yacimiento 

Según el profesor Molina, no existe en toda Europa otro yacimiento de esta época equiparable en complejidad y envergadura a Los Millares. 

Consta de un poblado con cuatro líneas de fortificación de las cuales, la más interna es una auténtica ciudadela. En ellas se han excavado los depósitos arqueológicos y estructuras que componen su elaborado sistema defensivo. Se pueden visitar todas las fortificaciones y, al mismo tiempo, las zonas de viviendas que hay en todos los recintos, así como se intuyen otra serie de elementos de extraordinaria importancia que aún no han sido excavados, como un enorme edificio que está en la parte más alta de la meseta central, de planta rectangular que rompe las normas del tipo de viviendas de planta circular que componen el poblado. Esa construcción, según el arqueólogo, debía tener un carácter político o religioso muy importante, pero no ha sido excavado, aunque sí fue definido por Louis Siret en base al pequeño alzado que mantenían sus paredes. Hoy es también visitable. 

Asimismo, se intuye la existencia de una gran cisterna en la parte más interna del asentamiento, que tampoco está excavada, pero que resulta evidente por la topografía del terreno. 

No todo vino de Oriente 

“Siempre se ha creído que cualquier avance tecnológico venía de Oriente y se extendía a Europa desde la península ibérica. Esta tesis fue desmontada ya en los años 70. En el sureste de España existía un desarrollo tanto técnico como social muy importante y puntero comparado con otras regiones europeas, aunque es verdad que en el próximo Oriente habían surgido otras sociedades más complejas”.

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