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Almócita a la luz de los candiles


Una noche al año, un pequeño pueblo de la Alpujarra acoge en su seno a miles de personas que acuden hasta allí en busca de música, paz y, también, de sí mismos.





Javier Irigaray/ 15·12·2016

Es la llamada Noche de los Candiles, un insólito festival de música que llena de vida, música y fuego las calles de este municipio de apenas un centenar y medio de habitantes. Los vecinos rescatan los viejos candiles para afrontar una velada con la única iluminación del fuego. La privación de la luz eléctrica tras el apagón generalizado y el posterior encendido de antorchas naturales, barriles hoguera recubiertos de piedra natural, casas y fachadas alumbradas con candiles, conforman toda una amalgama de vivacidad candente que además se fusiona con la intensa propuesta artística cargada de simbolismo, tradición y magia, que durante unas horas transforma Almócita en un escenario de otra época. 

Sorprende que este racimo de cal que se desparrama por el este de Sierra Nevada se desconecte del universo eléctrico un atardecer de mayo para elevar al cielo la luz del candil más grande del mundo y de una infinidad de otros más pequeños para que 2.500 almas se contemplen mientras escuchan la música de grupos que hasta allí llegan desde todas las partes de España. 

Luego, al amanecer, es el color verde el que realza los campos que rodean Almócita, los mismos que ofrecen desde hace siglos uvas y naranjas a todo el mundo para deleite del paladar, que no sólo de contemplación vive el hombre. 

En Almócita aún se vive la historia árabe en sus calles, que conservan la Judería en el Barrio Bajo, con habitáculos en ruinas de gran valor. Este lugar, que se muestra tan callado y humilde en su existencia, encierra en su núcleo urbano la arquitectura morisca mejor conservada de la provincia. Sus casas son sencillas y sus calles estrechas y como sierpes. Resulta grato encontrar en su interior plazas adornadas con geranios y enredaderas. 

Antiguamente, contaban en el lugar con un aljibe árabe comunal, que abastecía al pueblo, sobre el que hoy se levanta el Ayuntamiento, así como con una fuente, un baño, un horno de pan junto a la mezquita, un molino harinero en el río de Bogaraya, una fábrica de hierro que elaboraba cada año 3.000 arrobas de metal fundido con máquina de viento a impulsos de agua, que caía impeliendo el aire al fuego de las fraguas que había en ella, una herrería y dos almazaras. 

En la época medieval existieron en su término grandes criaderos de gusanos y moreras, de las cuales, por desgracia, son contadas las que aún se conservan. Fueron años de esplendor de una próspera y gran industria de la seda. 

Se puede contemplar todavía la torre de la antigua fábrica llamada de ‘La Escopeta’, en el barranco del Pilar, así como las ruinas de las minas de ‘La Pandora’ y ‘La Minilla’. Al Oeste está ubicada una cantera de pizarras muy maleables al trazado, que fueron aprovechadas para reformar y revestir el vestíbulo y techos de las antiguas fundiciones de plomo que había en localidad. 

Tradicionalmente, Almócita producía aceite, almendra y uva de mesa o de embarque, y en su jurisdicción estaban enclavadas parte de las famosas minas de plomo de la Solana, ubicadas en el Cerro del Capitán, dominando el pueblo. 

Su historia corre pareja a la del resto de los lugares de la zona, si bien cabe destacar un episodio ocurrido en el año 1570, cuando llegó don Juan de Austria a Almócita para negociar la rendición de los moriscos sublevados en la Alpujarra, cuya paz se celebró bajo una encina en el ‘Cortijo del Hadid’, que desde entonces tomó el nombre de ‘Cortijo de las Paces’. 

Entre su patrimonio destaca la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Misericordia, con elaboradas portadas barrocas, cuya nave está destechada y sólo conserva el artesonado mudéjar de su Capilla Mayor. 

Posee una sola nave a la que se adosa un cuerpo de reducidas dimensiones que sirve de sacristía en planta baja y coro en la alta, así como la torre campanario, de la que se conservan los dos primeros pisos como consecuencia del desprendimiento que había sufrido por los terremotos de 1804. 

Aunque la iglesia conserve algunos elementos con cierta reminiscencia mudéjar, como puede ser la planta de cajón o el artesonado de madera que cubre la cabecera, realmente la estructura arquitectónica y elementos decorativos corresponden al estilo barroco de finales del siglo XVII. De este estilo la iglesia conserva fundamentalmente las dos portadas, una de ellas situada a los pies de la iglesia y la otra en el lateral, actualmente tabicada. Ambas estructuras están formadas por arcos de medio punto, rodeadas de enmarque arquitectónico rematado por cornisa. La parte superior de éstas se decora en los laterales con flameros, mientras que en el centro la principal presenta una hornacina y la lateral roleos rematados con una cruz de la Orden de Malta. 

También resultan de interés, además de los edificios populares que aún se pueden contemplar, el lavadero público existente en la plaza de La Libertad bajo una estancia abovedada y la Ermita. 

Tierra de potajes 

La cocina de Almócita tiene el vigor y la contundencia de la Alpujarra, pero sobre las migas, la fritá de conejo, la tortilla de collejas o los gurullos, reinan, sin duda, los potajes, bien sea de hinojos, de trigo ‘pelao’ o acelgas, sin desdeñar, en el capítulo de dulces, los merengues ni los soplillos.

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