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El naufragio del Trenton frente al Pozo del Esparto

La proverbial falta de comunicaciones decentes mantuvo, y aún hoy también, para vergüenza de próceres de antaño y de hogaño, nuestra comarca a merced, entre otros, del factor meteorológico, que a menudo se cobraba, cual dios olímpico, sacrificios humanos



Concentración de cargueros frente a los muelles de Villaricos / Postal editada por la Société Minière d’Almagrera hacia 1910.
Enrique Fernández Bolea / 03·08·2016
ESTAMOS A FINALES del invierno de 1878. Hacía ya casi 40 años que la minería y su industria auxiliar, la metalurgia, se habían afianzado en Sierra Almagrera y Herrerías. La mayor parte de la producción metalífera, previamente convertida en lingotes y galápagos de plata, plomo o plomo argentífero, se exportaba por mar hacia Francia, a través de su puerto de Marsella. Lo imprescindible para el desarrollo de esta actividad, sobre todo el carbón que precisaban los establecimientos fabriles en sus procesos de fundición, también se transportaba por mar desde las cuencas productoras, principalmente desde Gales e Inglaterra. En este contexto no nos será difícil imaginar ese constante trasiego de buques de distinta tipología y nacionalidad que se concentraban frente a nuestras costas levantinas, máxime si a éstos que se dedicaban al abastecimiento de la industria minera o al transporte de sus productos, sumamos los que desplazaban en sus bodegas todo tipo de mercancías, enseres y útiles para surtir las necesidades cotidianas de una, por entonces, elevada población comarcal. Esto último se entenderá mejor si el lector tiene en cuenta que durante casi toda la segunda mitad del siglo XIX las comunicaciones por tierra fueron prácticamente inexistentes, ya que no hubo carreteras que mereciesen tal denominación y aún faltaban unas décadas para que el ferrocarril se acercase siquiera hasta esta comarca ancestralmente aislada. 
Decenas de grandes embarcaciones, fondeadas a una distancia prudencial, se avistaban desde la línea de costa. No podían acercarse más por la inexistencia de puertos o refugios donde atracar con garantías, sin peligro de encallamiento, de ahí que el traslado de la carga desde el buque a tierra o viceversa se realizase mediante el uso de gabarras, barcas de gran capacidad y escaso calado que permitían estas maniobras sin riesgo. Se hallaban varadas en la playa hasta que estas operaciones, que eran continuas, precisasen de su concurso.
Pues bien, esta falta de abrigo para los cargueros que siempre salpicaban el horizonte marino les acarreaba un enorme riesgo cuando el Mediterráneo se embravecía, algo que sucedía con bastante frecuencia y rigor durante los asiduos temporales de levante, muy violentos en ocasiones en otoño e invierno. Los navíos quedaban a merced del ímpetu de Neptuno provocando no pocas veces su hundimiento o embarrancamiento, la pérdida de su carga e incluso, cuando la tragedia se cebaba, la muerte de su tripulación.


Uno de estos traicioneros y devastadores temporales se desató a partir del 16 de marzo de 1878, y se prolongó por más de tres días. Su duración y virulencia, así como los estragos que causó entre los barcos que se encontraban en nuestra zona marítima, alimentó el traumático recuerdo de quienes fueron testigos y lo transmitieron a las generaciones venideras. También fue objeto, por sus nefastas consecuencias, de la atención de la prensa de la época, de modo que tanto nuestro periódico local, El Minero de Almagrera, como el principal medio escrito de la capital, La Crónica Meridional, trasladaron a sus páginas los pormenores de aquel fenómeno.
Abundaron los buques afectados de un modo u otro. Así, se escribía que en la tarde del 16 de marzo había partido las cadenas que lo mantenían anclado el pailebot norteamericano “José Caril”, siendo arrastrado por el oleaje hasta la playa de Garrucha, donde acabó una parte de la carga de petróleo que debía desembarcar el empresario Manuel J. Pelegrín, su propietario; afortunadamente se salvó toda la tripulación. En la noche de ese mismo día sufrió idéntica suerte el brik barca británico “Dudbrook”, anclado esta vez frente a la rada de Villaricos, salvándose igualmente la tripulación, aunque no su carga; el buque, como el anterior, había sido fletado por Manuel J. Pelegrín y transportaba coke (un tipo de carbón) y hulla para los establecimientos metalúrgicos de Alarcón Pérez y Cª. y Orozco Hermanos. En la tarde del día siguiente, 17 de marzo, naufragaron frente a Palomares la polacra “Rosina” y el brik barca “Jidaca”, ambos de bandera italiana, y en este caso, como en los anteriores, se salvaron las tripulaciones.


Sin embargo, el episodio más trágico de todos los que acontecieron a lo largo de aquellas tres inacabables jornadas fue sin duda el protagonizado por otro brik barca, de nacionalidad inglesa, titulado “Trenton”, que naufragó en la tarde del 17 de marzo frente a las playas del Pozo del Esparto. Ante el riesgo de sucumbir junto al barco, el capitán ordenó lanzar al mar los pequeños botes salvavidas que fueron ocupados por la tripulación con el objeto de alcanzar la playa y ponerse a salvo, pero no todos los miembros corrieron igual suerte. El capitán junto a otros marineros alcanzaron, no sin extremas dificultades por el tamaño y la frecuencia de las olas, la deseada playa. El otro bote, donde viajaban tres tripulantes, quedó a la deriva, sin control, golpeado una y otra vez por el violento oleaje, a punto de zozobrar, hasta que esta amenaza se consumó y los desgraciados marineros se encontraron en medio de una mar arbolada que los sumergía sin tregua, a merced de una corrientes que agotaban todo intento de acercarse a nado hasta la playa. Entre los que contemplaban angustiados la escena desde tierra se encontraba el patrón de la balandra española “Carmen”, Marcos Antonio Linares, quien tras haber dejado su barco asegurado en la inmediata rada de Terreros se desplazó con celeridad hasta el Pozo del Esparto para prestar auxilio a la tripulación del buque naufragado.
Cuando Linares, miembro de una antigua saga de patrones de barco afincados en Águilas, vio caer al mar a los tres infelices, incapaces ya de sostenerse en la superficie ante los constantes arrebatos de las olas, “con un valor heroico lanzose al mar, donde hizo prodigiosos esfuerzos hasta el extremo de hacer creer a los que presenciaban la escena su segura muerte” (nº 200, 8 de abril de 1878, p. 4). Por desgracia, tanta abnegación y bravura resultaron inútiles, pues no logró salvar a ninguno de aquellos tres desgraciados, que perecieron entre el desbocado oleaje.
Después supimos que tanto las autoridades españolas como el vicecónsul de Gran Bretaña en Garrucha participaron a sus superiores la heroica acción del patrón Marcos Antonio Linares. Ahora bien, por lo que nos narra La Crónica Meridional, parece ser que no fue éste el único rasgo de valentía y desprendimiento: “Si es muy sensible relatar estos siniestros, no es muy grato consignar la noble conducta de los cónsules, carabineros y gentes de mar y tierra por los heroicos esfuerzos que, con exposición de la vida en más de un momento, hicieron evitar mayores desgracias”. (nº 5440, 28 de marzo de 1878, p. 3).

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