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Cuando Ákaba estaba en Almería

Carboneras, una de las localidades donde se filmó 'Lawrence de Arabia', reunió los pasados 22, 23, y 24 de julio a cerca de 100 creadores literarios


David Lean y Peter O'Toole durante el rodaje. SILVER SCREEN COLLECTION / GETTY IMAGES

Lorenzo Silva* / 02·08·2016

Al huésped que llega al hotel El Dorado, en Carboneras, Almería, es muy posible que le llamen la atención los portones dorados que cierran su entrada. O la decoración del vestíbulo y las escaleras. No es extraño que le intriguen y no terminen de parecerle del todo las puertas y la recepción de un hotel normal. En realidad, se encuentra ante elementos de los decorados de dos grandes películas de Hollywood: Nicolás y Alejandra y Doctor Zhivago. El responsable de que acabaran allí fue el mismo hombre que los concibió para la pantalla: Eddie Fowlie, el escocés que fundó el hotel hace cuatro décadas y media y que había llegado allí varios años antes, en 1961. Le traía una misión que iba a ser trascendental para él, para el séptimo arte y para la pequeña localidad del Levante almeriense: buscar exteriores para el rodaje de la película Lawrence de Arabia, de David Lean, una de las más poderosas historias jamás llevadas al celuloide. 

Vino Fowlie desde Ákaba, Jordania, la de verdad, para buscar un lugar donde pudiera reproducirla para el cine. Y al ver la playa del Algarrobico, en Carboneras, se quedó prendado de ella. Visualizó al instante, según su propio testimonio, el decorado que en la playa virgen y la ancha rambla adyacente representaría, en una secuencia de apenas seis minutos, la inexpugnable plaza turca en el Mar Rojo que Thomas Edward Lawrence y sus beduinos tomaron y saquearon desde su retaguardia. 

Fue el principio de la larga historia de amor de Almería con el cine. Después de David Lean, traído por Fowlie, vinieron a Almería para rodar desde John Lennon hasta Clint Eastwood. El maestro Sergio Leone comenzó a forjar su leyenda bajo la luz almeriense, tan intensa que, como dijera el propio Fowlie en una entrevista, mostraba los colores en toda su pureza y hacía innecesario el uso de filtros. Pero ninguna de todas esas películas posteriores, incluidas no pocas españolas, ha logrado eclipsar ese instante mítico que representa la recreación de la gran epopeya del desierto, de la mano de ese enorme realizador que era David Lean y un elenco de actores carismáticos y en estado de gracia, como Omar Sharif, Alec Guinness o Peter O'Toole. 

La aventura que se trataba de contar bien daba para una gran película: aquella campaña insensata que Thomas Edward Lawrence, un tipo bajito y estrafalario que no sólo hablaba árabe sino que entendía a los árabes, que había sacado el número uno en lengua inglesa en la prueba de ingreso en Oxford y leía a Píndaro en griego entre combate y combate, llevó a cabo porque creyó que podía hacerlo, aunque nadie más tuviera su fe. Sin embargo, era una historia con riesgos, entre otras cosas porque el punto de partida del guión, el relato autobiográfico del propio protagonista, Los siete pilares de la sabiduría, era tan literariamente brillante como históricamente cuestionable; la tendencia de Lawrence a ocultarse, incluso a desaparecer, en algunos aspectos, coexiste en sus páginas con un exhibicionismo narcisista que le lleva a exagerar alguna de sus hazañas. Sirva de ejemplo esa imposible cabalgada en camello de 36 horas desde Ákaba hasta El Cairo, desmentida por una de sus propias cartas de la época, que se conserva y atestigua que tardó algunas más. 

Y con todo y con eso, Lawrence de Arabia acierta a ser una gran historia no sólo porque es épica y emocionante, sino porque contiene una gran dosis de verdad. Decía Fowlie, el hombre que llevó la magia del cine a Carboneras, en una de las últimas entrevistas que concedió, que ya no le interesaba trabajar en el cine porque todo lo había devorado el espectáculo, la acción por la acción, y todo se resumía en ruido y explosiones, hechas además por ordenador; una vergüenza para el hombre que preparó la voladura del tren sobre el río Kwai y que, según la leyenda, hizo la machada de montarse en él y arrojarse en marcha antes de dar la orden de que lo hicieran saltar por los aires. Lo que Fowlie echaba de menos eran las grandes historias, las películas que como Lawrence de Arabia mantenían al espectador pegado a la butaca y a la vez contenían esos pedazos de verdad que (como ya dijo Walter Benjamin) sólo los grandes artistas son capaces de encerrar en sus creaciones. En los ojos azules de Peter O'Toole se transparentan verdades dolorosas: la voluntad del visionario, la decepción del hombre utilizado por el poder. 

Hay un momento de la película de David Lean en el que Lawrence se enfrenta a las reticencias de los beduinos, que no creen que nadie pueda llegar a Ákaba atravesando el desierto. Y les dice: "Ákaba está ahí; sólo hay que ir". En Carboneras, justo a la altura del hotel El Dorado, está esa playa por la que el héroe pasea con su camello al anochecer, una vez consumada su hazaña. Es un regalo que el talento de aquellos hombres le hizo a una tierra que supo seducirlos, y que los pasados días 22, 23 y 24 de julio Carboneras aprovechó para convertirse en escenario de un encuentro cultural, la III jornada Carboneras Literaria, que tiene como asunto, entre otros, la relación entre Almería y el cine, y que, en esta ocasión, reunió a cerca de un centenar de creadores. Ákaba está ahí: en los buenos libros y las buenas películas, en las grandes historias que, Fowlie lo sabía, nunca debimos dejar de contar. 

(*) Publicado en ‘El Mundo’ y reproducido en estas páginas con el permiso del autor.

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