Anuncio superpuesto

Aviso Cookies

Botones

Agenda

Antas, donde todo empezó

Hubo un momento, en el umbral de la historia, en que la tierra emergió del mar en el Levante de Almería, y allí estaba Antas



Panorámica de Antas
Javier Irigaray / 11·08·2016

Y el mar se hizo un río que hoy da nombre a la localidad y, entonces, abrazaba caudaloso la meseta de El Argar, desde donde se contempla la bella estampa de un pueblo tendido al sol que acaricia su piel.

Se puede llegar al centro de este pueblo laborioso, recorrer la calle del Aire y el laberinto moro de La Molata. Se puede contemplar la fachada de su Iglesia del siglo XVI desde un banco en la recoleta plaza que la alberga pero, quien no sube al Cabezo María, no ha estado de verdad en Antas.

Desde la cima del volcán se divisa todo el valle y es más fácil imaginar esa realidad actual completamente sumergida en el Mediterráneo, que formó, primero, una suerte de albufera comunicada con el océano por una entrada de mar flanqueada por lo que hoy son Puerto Rey y Mojácar.

Con el tiempo y la actividad magmática se fue modulando el paisaje. El mar se hizo un río que hoy da nombre a la localidad y, entonces, abrazaba caudaloso la meseta de El Argar, desde donde se contempla la bella estampa de un pueblo tendido al sol que acaricia su piel.

Al norte del término municipal, en las sierras de El Serrón y Lisbona, aún son accesibles abrigos y cuevas como la del Tollo, La Palica o Cueva Oscura, que sirvieron de hogar a los primeros antusos. Todas estaban cerca de corrientes de agua y orientadas hacia la salida del astro rey, pues los mayores enemigos del hombre en el Neolítico y en el Paleolítico eran las fieras que se movían a cuatro patas, y era fundamental, cuestión de supervivencia, andar alerta desde el alba. Fueron los primeros pobladores de un pueblo habitado desde siempre.

El momento álgido de estos lugares tuvo lugar en el umbral de la historia, en la llamada Edad de los Metales y, más en concreto, en la del Bronce.

Louis Siret no dudó en utilizar el topónimo de la meseta que se alza en la curva del río Antas a su paso por el núcleo urbano para denominar a toda una cultura con el nombre de Argárica.

El ingeniero belga, con la inestimable ayuda de su capataz Pedro Flores, identificó alrededor de mil doscientas tumbas con sus respectivos ajuares, entre los que han sido catalogados la mayor parte de los más ricos de la época. Siret, como han confirmado después numerosos investigadores que han estudiado el yacimiento, comprendió que en este lugar del mundo vivió la comunidad más importante de su época en este lado del Mediterráneo, una auténtica metrópoli que ejerció su influencia sobre un amplio territorio que se extendía hasta las provincia de Alicante, Albacete, Ciudad Real, Murcia, Granada y Jaén, además de Almería.

Después, los romanos dejaron su huella junto al Cabezo María, el volcán que fue morada de una comunidad que ha legado los huecos de sus viviendas excavadas en su ladera y que, según aventura el profesor Gabriel Martínez Guerrero, pudo albergar una iglesia protocristiana, como cabe deducir de un espacio de importantes dimensiones con una hornacina abierta en la roca, a unos dos metros sobre el nivel del suelo y de un metro de altura que, tal vez, fuera practicada para exhibir la figura de la imagen a cuya advocación se dedicara el templo.

El Cabezo volvió a ser vivido durante la Edad Media, y albergó a una población de la que existen muy pocos datos, pero, como asegura la arqueóloga Monserrat Menasanch, debió ser “muy especial”. Eran los habitantes de Antas que no aceptaron la islamización a principios del siglo VIII y decidieron exiliarse en el volcán.

Después, las capitulaciones de Vera traerían consigo, a principios de junio de 1488, la fundación de El Real, una de sus más conocidas barriadas. El lugar tomó ese nombre porque fue el emplazamiento del campamento del rey Fernando el Católico en el que tuvieron lugar las capitulaciones de los reyes moros de Vera, Mojácar, Cuevas y de todo el Valle del Almanzora.

Fue un asunto trascendente para el desarrollo del municipio, pues al tener prohibido los musulmanes habitar en plazas fortificadas, es decir, amuralladas, los de Vera acabaron poblando Antas y desarrollaron su ya fértil huerta, que por entonces abastecía a toda su comarca, como lo sigue haciendo en nuestros días.

Así, precisamente fue la venta ambulante de hortalizas la que llevaba a Pedro el Morato hasta los barrancos mineros del Jaroso y Jaravía, en donde, cuenta la leyenda, el cantaor antuso inventó la taranta, el cante más hondo de todos, pues surge de las entrañas del hombre en la profundidad de la mina. 

El desarrollo de la agricultura en la localidad tuvo que ver con la riqueza en agua que atesoraba, líquido que dejó también una historia de luchas y de muerte pero, además, bellos restos de patrimonio industrial como los acueductos de las Monjas y de El Real, o La Viga.

Y, amén de lo expuesto, Antas es mucho más que un pasado espléndido y fundamental en el que se inventó el concepto de estado. Es presente dinámico, el futuro que construyen sus laboriosos habitantes y, para el viajero, es el lado amable del mundo real.

No hay comentarios :

Publicar un comentario

Noticias
 
© 2014 Comunicación Vera Levante, S.L. Todos los derechos reservados
Aviso legal | Privacidad | Diseño Oloblogger