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Tiempos de plata y plomo, un libro abierto al esplendor y miserias de la minería de Cuevas del Almanzora

Enrique Fernández Bolea, José Guerrero Rodríguez y Pedro Perales Larios dan cuenta en un libro-catálogo de los contenidos de la exposición comisariada por ellos para recordar el día en que empezó esa era de esplendor y, también, miserias en Cuevas del Almanzora y su comarca



Burgueses de Cuevas en el estudio del fotógrafo hacia 1865 / Col. Amalia Soler Soler.
Enrique Fernández Bolea / 22·07·2016

En 2014 se cumplieron 175 años de un acontecimiento que cambió los destinos de Cuevas del Almanzora y su comarca. El año 1839 contempló el descubrimiento del afamado y prodigioso filón de galena argentífera del Jaroso, uno de esos barrancos aislados y solitarios de Sierra Almagrera que, de repente, se llenó de humanidad y su nombre fue pronunciado en gran parte del orbe. La inmediata creación de la sociedad Carmen y Consortes para la explotación de aquella riqueza inauguró una nueva etapa económica que trascendió los límites de Cuevas y tuvo repercusiones provinciales, nacionales y hasta internacionales. 

Aquel hallazgo desató una fiebre minera sin parangón, unas ansias incontroladas por hacerse con una porción de aquella potencial riqueza, de ahí que toda la geografía serrana fuese conquistada por una legión de exploradores, de topos humanos, que abrieron más de 1.700 pozos con muy desigual suerte. En los primeros años sólo unas pocas sociedades ―Observación, Esperanza, Rescatada, Estrella, etc.― que siguieron la afortunada estela de Carmen y Consortes, y se situaron sobre el mismo filón que ésta había comenzado a explotar con éxito, obtuvieron ingentes beneficios que convirtieron a sus interesados en opulentos capitalistas. Luego, la lotería minera favoreció a otros que habían demarcado minas en barrancos colindantes de la misma sierra como Hospital de Tierra, Francés, Chaparral, Chico de la Torre, etc., transformando aquella geografía en un emporio del que se extrajeron descomunales cantidades de plata y plomo. 

Algunas prohibiciones gubernamentales de exportar el mineral en bruto y la necesidad de rentabilizar al máximo las producciones propiciaron el surgimiento de una industria metalúrgica encargada de transformar aquellas galenas en lingotes y «galápagos» de plata y plomo antes de su embarque hacia Marsella. Desde que en 1839 se instalase la primera fábrica de fundición titulada Contra Viento y Marea, su expansión no cesó: los establecimientos metalúrgicos circundaron Almagrera, desde Los Lobos y Las Herrerías, en su vertiente de tierra, hasta Palomares y Villaricos, en su franja costera. Míticos nombres como Carmelita, Araucana, Atrevida, Madrileña, Purísima Concepción o San Francisco Javier evocan una época en la que se vislumbró una industrialización que el devenir se encargó de frustrar. 

Y mientras tanto, en 1869, otro hallazgo excepcional vendrá a revitalizar unas explotaciones que acusaban una crisis coyuntural afianzada desde que en las profundidades de las minas de Almagrera se presentase el agua, que obstaculizó la extracción y obligó a los partícipes de las sociedades explotadoras a dedicar a las labores de desagüe buena parte de unos beneficios que ya no eran tan abundantes como antaño. Así fue, en el mencionado año la demarcación de la mina Unión de Tres, sita en la próxima Herrerías, sorprendió por contener en sus entrañas un nuevo y pródigo elemento de riqueza: esta vez no era galena argentífera, sino plata nativa, es decir, un mineral que contenía una mayor proporción del metal precioso. El lánguido y decadente estado de la minería local mutó de nuevo en prosperidad gracias a este inesperado revulsivo. Otra vez resurgió la especulación, reapareció la fiebre demarcadora en torno a la afortunada mina, se animó la creación de sociedades mineras, aumentaron los beneficios, y la metalurgia, que no pasaba por su mejor momento debido a la crisis de Almagrera, vivió una segunda edad de esplendor con la apertura de nuevos establecimientos. 

A raíz de estos procesos económicos nació una sociedad flamante. Aquella Cuevas de vocación agrícola diversificará unas bases productivas y económicas inalteradas a lo largo de siglos y, como consecuencia, se generará una sociedad inédita, más rica, pero también más desigual. Surgirá ese contingente obrero de nuevo cuño que padecerá jornadas inacabables a cambio de jornales miserables, que soportará el abuso, el deterioro físico y moral, el riesgo acechante y la enfermedad intratable, que sacrificará a sus niños y jóvenes en las crueles gavias, que enfrentará una vida injusta y una muerte casi siempre prematura. 

Arriba, los privilegiados, los ganadores de aquella ruleta de la fortuna que fue la explotación minera de Almagrera y Herrerías, aquellos accionistas de minas que obtuvieron, a cambio de una corta y arriesgada inversión inicial, un aluvión de riqueza, millones de reales con los que encauzaron una vida de opulencia. Se entregaron a la mejora de su morada y, para ello, levantaron soberbias casonas que ornaron con lujo y ostentación, haciendo venir a artistas de mérito como el pintor Andrea Giuliani, convertido en aquella década de 1840 en un pintor de cámara de la incipiente burguesía cuevana. Y pretendieron que estos palacetes lucieran en un entorno urbano que les otorgase esplendor, por lo que afrontaron reformas como la alineación de calles, el ensanche de plazas, la apertura de paseos para el esparcimiento y el flirteo social. Pronto adquirieron conciencia de clase y no quisieron desperdiciar el poder que les concedía la asociación para velar por sus intereses, de ahí que, como terratenientes que no cesaban en el incremento de su patrimonio rústico, se implicaran desde muy pronto en la revalorización de estos predios mediante la dotación de riegos; tampoco dudarán en afrontar proyectos que mejoren sus condiciones de vida y que el Ayuntamiento, por su incapacidad económica, no podía asumir, como la dotación de aguas potables, la creación de centros educativos o la promoción de establecimientos de ocio y cultura como casinos, círculos y teatros. Incluso llegaron a promover en 1880 un Proyecto de Ensanche y Mejora de la Ciudad de Cuevas, el primero en su género en la provincia de Almería. De esta efervescencia económica y social, como suele ocurrir, surgió una élite ilustrada que cultivó las letras y las artes, auspiciando la publicación de un abultado número de periódicos, entre los que brilló El Minero de Almagrera. 

Pues bien, todo ello se trata de ilustrar a través de Tiempos de plata y plomo. Economía y sociedad en la Cuevas del siglo XIX, un libro-catálogo que recoge los contenidos y los elementos originales de la exposición homónima mostrada por primera vez al público en Cuevas del Almanzora entre el 20 de diciembre de 2014 y el 28 de febrero de 2015. Luego, con el fin de divulgar esta etapa tan fascinante de nuestra trayectoria histórica, la acercamos hasta la capital de la provincia donde pudo contemplarse entre el 6 de mayo y el 16 de junio de 2016. 

Se cerró de este modo un ciclo del que hemos pretendido dejar constancia por medio de esta obra dirigida a la consulta, pero sobre todo a la contemplación, de ahí que no se haya escatimado a la hora de reproducir toda la riqueza gráfica que ha ilustrado la muestra, un patrimonio fotográfico y documental que otorga vida al relato expositivo, que lo dota de un dinamismo del que no fue ajeno el visitante ni ahora, a buen seguro, lo será el lector. Por tanto, relato e imágenes constituyen la amplia primera parte de este libro-catálogo en la que, a su vez, quien se adentre no tardará en distinguir las dos extensas secciones temáticas que en su día estructuraron las exposiciones: por un lado, el surgimiento de la minería argentífera de Almagrera y las consecuencias humanas que acarreó su explotación; y por otro, la sociedad surgida de los nuevos procesos económicos derivados, con especial atención a esa burguesía que se consolidará a lo largo de la segunda mitad del XIX. La última parte está ocupada por un exhaustivo catálogo que detalla la colección de piezas originales que han servido igualmente de apoyo argumental, impregnando de didactismo un relato histórico en ocasiones complejo: útiles mineros, planos, publicaciones, documentos, pinturas, colecciones de minerales y objetos relacionados con la cotidianidad de aquella clase burguesa se reproducen para quien quiera interpretarlos o simplemente contemplarlos.

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