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Oria: lugar sagrado desde el Neolítico

Al norte del Valle del Almanzora asoma una villa que mira al futuro desde sus 1.022 metros de altura, pero sin perder de vista las vicisitudes vividas durante su largo pasado


Fachada de la Basílica de Ntra. Sra. de la Merced. FOTO. Ginés Reche.

Javier Irigaray / 04·07·2016

Pero, además, forma parte de esa nomenclatura mágica que integra a algunos pueblos en los que ha acontecido algún prodigio de difícil explicación racional. 

Ya advertía el Padre Tapia que sus cerros “fueron lugares sagrados desde el Neolítico y en ellos sucedieron santuarios ibéricos, cristianos romano-visigodos y mozárabes en la Alta Edad Media”, pero poco podía imaginar que el 31 de julio de 1947, a eso de las nueve de la mañana, una niña de 14 años viera a la mujer más guapa que nunca pudo imaginar sentada sobre una roca. 

La niña quedó conmocionada por ese encuentro hasta el punto que decidió volver al mismo lugar del paraje de Los Cerricos para ver si aún estaba allí aquella señora tan hermosa. Sí que estaba, y algo tuvo que ver de zozobra en la actitud de la niña para que decidiera tranquilizarla con apenas siete palabras: “No tengas miedo, soy la Virgen María”. 

Ginesa, que así se llamaba la joven, sintió una serenidad y una paz sin límites y acudió todos los días a ese mismo lugar para encontrarse con la Virgen, hasta el 10 de agosto de ese mismo año de 1947, el día de la última aparición. 

Ese día se había concitado una verdadera multitud en el paraje y todos los congregados dieron fe de que la niña vio a Nuestra Señora, aunque ninguno más pudo disfrutar de su beatífica presencia. No todo el mundo, al parecer, puede resultar elegido para tales gracias. 

Si bien lo narrado es cosa, sin duda, prodigiosa, no fue tal el único contacto de la villa orialeña con la deidad y con la santidad, pues su Basílica Menor, rango que ostenta su Iglesia Parroquial dedicada a la advocación de Nuestra Señora de las Mercedes y construida entre los años 1767 y 1779 por el décimo Marqués de los Vélez, guarda como tesoros dos reliquias donadas por Don Ricardo Gutiérrez Roig, hijo adoptivo de la Villa que fue médico de cabecera de los reyes Alfonso XII y XIII. 

Para conocer el origen de estas reliquias, que son una parte del cráneo de san Gregorio, patrón de la localidad, y un ‘lignum crucis’, es decir, una astilla del madero en que fue crucificado el Hijo de Dios con su pertinente certificado papal, hemos de recurrir a la historia. 

En el año 1810, durante la guerra de la Independencia, el día 19 de junio entraron los franceses a Oria, incendiaron entre otras cosas la ermita de San Gregorio y la Iglesia, profanando esta última, que quedó muy indecente, caídas su tres capillas de la derecha, sus puertas, canceles, ventanas y el Altar Mayor, habiéndose reducido todo a cenizas. 

Después de toda esta catástrofe no se pudo hacer culto, hasta el día 19 de agosto en que se celebró la primera misa, y al día siguiente se celebró el primer bautismo, pero no quedaron las puertas tapiadas aún.

Más tarde, la Iglesia de Oria fue elevada a la categoría de Basílica Menor en el 1882 por Su Santidad el papa León XIII. Este título se guardaba en un pergamino dentro de un tubo de latón que desapareció durante la guerra del 36.

En el año 1889, el día 6 de octubre a las once y media de la noche, se avisó por el párroco de la Villa que había en la sacristía un incendio horroroso. Pero por más y denodados esfuerzos que el pueblo hizo para apagarlos, convocándose instantáneamente en el lugar del siniestro, todo lo que había en la sacristía fue destruido por las llamas y no se supo el motivo del incendio. 

Se destruyeron todos los ornamentos y cayó parte de la bóveda de la sacristía. En estas circunstancias, fue que don Ricardo Gutiérrez se preocupó de reponer con creces todo cuanto se había destruido con el referente incendio. 

Don Ricardo asumió dotar de varias ternas de ornamentos sagrados de telas riquísimas de oro con galones del mismo metal, dos cálices de plata, regalo de su Majestad
el Rey don Alfonso XII, juegos de candelabros de varios estilos, Cruz de Paz e infinidad de objetos litúrgicos de gran valor, una magnífica custodia de plata con rayos de oro y con todo el viril rodeado de piedras preciosas y con cuatro esmaltes con los evangelistas.
Era la mejor joya de la iglesia, pero desapareció en la Guerra Civil. 

Además, la Basílica posee, también por donación de Don Ricardo, la referida reliquia de la Vera Cruz, auténtica de la Cruz de Cristo, con relicario de plata calado, también regalo de su Majestad Alfonso XII, así como la mencionada reliquia de San Gregorio, patrón
del pueblo. Éstas son dos joyas que pocos municipios tienen la suerte de atesorar y que se salvaron milagrosamente durante la guerra del 36.

En este mismo año se destruyeron altares, retablos y esculturas de valor incalculable, sobre todo el magnífico retablo del Altar Mayor que cubría el frontispicio de fondo de la Nave. 

Y ésta es parte de la extraordinaria historia de una Villa que tiene sus orígenes 3000 años antes del nacimiento de Cristo, fundada por un grupo de emigrantes que hasta sus tierras llegaron en busca de un cobre que trabajar. 

Oria y su término son un remanso de paz y sosiego, como el que debió sentir la niña Ginesa en presencia de Nuestra Señora y, créanme, tiene motivos de sobra para atraer al viajero ávido de experiencias y de otras sensaciones.

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