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Teresa, un tesoro olvidado en Turre


En el corazón de Sierra Cabrera, los antiguos habitantes de una de las comunidades más prósperas que anidó en estas tierras, duermen el sueño eterno mientras sus huesos afloran en la ladera del antiguo cementerio musulmán




Imagen actual de la antigua iglesia/mezquita de Teresa
Javier Irigaray / 17·06·2016

En el corazón de Sierra Cabrera, los antiguos habitantes de una de las comunidades más prósperas que anidó en estas tierras, duermen el sueño eterno mientras sus huesos afloran en la ladera del antiguo cementerio musulmán. Una iglesia de principios del siglo XVI levantada sobre una mezquita erigida sobre un templo visigodo erigido encima de quién sabe qué, preside un valle tan ameno como olvidado. 

El despoblado de Teresa es una de las joyas del patrimonio histórico del Levante almeriense y fue uno de los más importantes y extensos municipios de Sierra Cabrera hasta su abandono por parte de la población morisca que lo habitaba y que impidió, aliada con los piratas de Berbería, su repoblación con nuevas familias cristianas, a las que apresaban en incursiones relámpago y vendían como esclavos en África. A pesar de que no ha sido objeto de importantes campañas de excavación, sabemos que sus cuevas fueron habitadas durante el paleolítico y el neolítico, que existió un poblado durante la edad de los metales que tuvo su continuidad a través de la historia hasta 1569, el año de su abandono. 

Podemos acceder hasta el recóndito valle en que se encuentra desde el paraje conocido como ‘Lugarico viejo’. Hoy quedan las ruinas de un cortijo en el que, en tiempos, los ‘arráez’ por la parte mora y los ‘egeas’ por la cristiana, se encontraban para intercambiar cautivos en esa tierra que largo tiempo fue frontera entre Al Andalus, Castilla y los reinos del norte de África. 

Desde allí parte un camino de reciente factura. Su construcción mordió la ladera de un cerro que mira hacia el oriente. Era la antigua ‘makbara’, el cementerio de los musulmanes que aún allí duermen el sueño eterno. Algunos huesos de sus huéspedes afloran desde el suelo, convertido en macabro jardín durante el movimiento de tierras que dibujó la pista. 

Por fin llegamos hasta la iglesia mandada construir en 1505 por Hernando de Talavera, obispo de la archidiócesis de Granada, sobre la antigua mezquita. Aunque no nos ha llegado noticia de ello, muy probablemente se consagrara a la Virgen de la Encarnación, como casi todas las que se erigieron por mandato del entonces titular de la sede granadina. 

El templo presenta unos muros en buen estado, la clave del arco de entrada groseramente reconstruida para paliar los daños sufridos en la piedra clave debido al robo y expolio del escudo que exhibía con las armas del obispo fundador. Al fondo está la sacristía, antes mihrab, que conserva su cubierta y bóveda de cañón, así como un sistema sencillo, pero eficaz, para captar el agua de lluvia. Podemos observar en la nave principal una zanja perimetral que permite contemplar el arranque de un muro más ancho y anterior en el tiempo, que correspondería a la mezquita preexistente, erigida también, sobre una primitiva iglesia visigótica. 

Son apreciables, además, los restos de las singulares obras de ingeniería hidráulica que sirvieron a sus habitantes durante la época de esplendor vivida en el Medievo musulmán, cuando el pueblo se dedicaba al cultivo de hortalizas, a la ganadería y, fundamentalmente, a la cría del gusano de seda. Entre ellas destaca ‘La Sima’, una gruta de colosales dimensiones en la que almacenaban el agua conducida por medio de un ingenioso sistema de acequias, azudes y tapes y la reservaban para los periodos de sequía. También se aprecian los restos de dos molinos y de dos pozos que servían de testigos de nivel y como registros para la limpieza y drenaje del gigantesco aljibe natural. 

Alrededor, cuevas excavadas en la roca hicieron las veces de silos y, posteriormente, fueron apriscos utilizados en la trashumancia por pastores que venían, en su mayoría, desde las sierras jiennenses de Cazorla, Segura y Las Villas. Frente a todas ellas, en alto y hoy sólo accesible mediante técnicas de escalada, la Cueva de las Palomas, en su día excavada por Luis Siret y Pedro Flores, quienes encontraron en ella la huella de hombres del Neolítico y del Paleolítico. 

Son visibles, además, los restos de las murallas del poblado, derruidas tras las capitulaciones de Vera y Mojácar al ser prohibido que los moriscos vivieran en ciudades o pueblos fortificados o amurallados y Teresa, como Turre, Antas o Cabrera, fue lugar al que enviaron a los habitantes musulmanes de Mojácar o de Vera cuando éstas fueron sometidas por los reyes cristianos del norte. También se aprecian decenas de cimentaciones de viviendas, el arranque de la torre y el cementerio musulmán. 

Las viviendas de Teresa han sido todas derruidas por la avaricia de los expoliadores, avivada por leyendas en torno a presuntos tesoros escondidos por los moriscos que la abandonaron, práctica que era costumbre entre aquellos que fueron expulsados y que, al ser embarcados hacia el destierro, habían de entregar una parte importante de lo que llevasen consigo, por lo que quienes albergaban la esperanza de un pronto retorno en el momento en que cambiase el rumbo político de la historia, solían esconder buena parte de sus pertenencias; pero los habitantes de Teresa huyeron a escondidas y por voluntad propia, conjurados con un barco que les esperaba en Carboneras y, al no tener que pagar ningún impuesto sobre los bienes que llevaban consigo, viajaron con todo aquello que tuviera algún valor y, algunos de ellos, volvieron enrolados como corsarios para saquear y apresar para vender como esclavos a aquellos que osaban repoblar su aldea. Lo hicieron en dos ocasiones. No hubo tercera, porque ya nadie quiso venir a vivir ante la más que posible certeza de acabar vendidos como esclavos en Berbería. 

También son visibles los restos de su pasado argárico, así como catas abiertas en la acrópolis por furtivos expoliadores que buscaron los ajuares de las tumbas de pobladores de la edad del Bronce. 

Teresa, una joya aún por descubrir, no ha gozado de campañas de excavación y de estudio, tan sólo una intervención sobre la iglesia/mezquita realizada por la Universidad de Granada y sufragada por su entonces propietario, John Polanski, un promotor norteamericano. Los visigodos solían enterrar a sus muertos dentro de las iglesias y, durante aquellas prospecciones, entre otros, se encontraron los restos de un fulano de más de dos metros de alto.

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