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“Hay que acabar con la corrupción manteniendo el sistema”

En tres semanas saldrá a la venta Durero soñando, una obra de teatro publicada por Arpa editores que, desde la pugna entre Erasmo y Lutero, parece una reflexión sobre las diferentes posturas ante la realidad de los dos principales líderes de la izquierda española


José María Ridao
Javier Irigaray / 30·04·2016

Durero soñando, la última obra de José María Ridao, es una obra de teatro precedida por un breve ensayo en el que el autor plantea la misma dicotomía que hace quinientos años enfrentó a Lutero y Erasmo: ¿Hay que acabar con un sistema o, tal vez, es preferible acabar con la corrupción salvando el sistema? No es descabellado percibir cierta semejanza entre las posturas que enfrentaban a los dos principales líderes de las corriente cristianas del siglo XVI con las que hoy advertimos entre quienes encabezan las dos opciones referentes de la izquierda española. Ridao, uno de los más destacados pensadores contemporáneos, reflexiona acerca de esas dos formas de enfrentarse a la realidad y no duda en tomar partido.

- ¿Qué sueña Durero?

- El sueño de Durero alude a una acuarela que pinta en junio de 1525 después de una pesadilla. Es una acuarela muy singular por dos motivos. El primero es que por primera vez se representa, no a una persona soñando, sino el contenido de un sueño. En segundo lugar, se trata de una pintura que hace en su cuaderno de dibujos donde, además, debajo explica en qué ha consistido ese sueño.

La pesadilla tiene lugar justo después de que la Dieta de Nüremberg se reúna para decidir si siguen fieles al catolicismo o, por el contrario, apoyan la reforma de Lutero. Durero asistió a esa reunión y, cuando volvió a casa, tuvo una horrible pesadilla que plasmó en una acuarela muy moderna, un paisaje muy realista, con unas cataratas de agua que producen una sensación muy desconcertante.

Lo que he tratado en el libro es reflejar a Durero soñando y hacer, precisamente, lo que él no hizo con respecto a la tradición pictórica, es decir, dibujar el contenido de un sueño.

- Es tu segunda incursión en el mundo del teatro en un breve espacio de tiempo, ¿tanto te ha enganchado ese formato?

- Me parece un género extraordinariamente vigente. Es el único en que no hay posibilidad de que penetren las nuevas tecnologías, el mundo de internet. Una obra de teatro siempre exige un texto y unos actores. En ese sentido, es un género que aún conserva una mayor verdad y permite algo que en la novela de los últimos tiempos, incluso en el ensayo, ha quedado al margen: ilustrar un conflicto. Ahora, en el cine y en la novela, lo está acaparando todo el biopic. Todo son biografías de grandes personajes tratados desde una actitud casi religiosa ante sus vidas ejemplares. Da igual que sea la de Ana Arendt, Yves Saint Laurent o cualquiera de los que tienen su película. Es casi como un santoral medieval o de grandes figuras de la historia. Yo he querido jugar con eso, coger también un personaje pero a través de un conflicto, y me da la impresión que el teatro es el género que permite hacerlo mejor en estos momentos, el núcleo esencial de la literatura, de la creación.

Además, tengo la impresión de que el teatro es el género más verídico. Permite expresar los conflictos y obliga a expresarlos de una manera en la que no hay una reproducción automática. En este momento tiene una extraordinaria utilidad. No me sorprende nada que, ahora, haya dramaturgos en España que están consiguiendo una importante proyección y relevancia fuera, como Juan Mayorga, cuyo teatro me parece muy original y sus planteamientos escénicos muy novedosos, o Ignacio Amestoy y otros autores que están prolongando una tradición de una manera muy acertada. Son incursiones hechas más desde la reflexión y el pensamiento encarnado que desde una vocación teatral puramente escénica. Sí que he encontrado que ofrece muchas posibilidades. Creo que más que la novela.
- ¿Cómo trasladas esa reflexión y ese análisis tan exhaustivo que caracteriza tus obras a un formato como el del teatro para que el espectador pueda asimilar tu propuesta?

- Lo que hay que encontrar es la excusa. No se pueden representar ideas abstractas. Bueno, sí se pueden representar con talento, pero yo no me he planteado hacer eso. La excusa fundamental de la obra es que Durero siempre quiso pintar un retrato a Lutero, pero nunca lo consiguió. Por el contrario, pintó al menos dos retratos a Erasmo.

Lutero y Erasmo se enfrentaron por la cuestión del libre arbitrio, que ocasionó una ruptura irreparable entre esas dos grandes figuras intelectuales, esos dos grandes teólogos que, a su vez, representaban dos grandes corrientes que, hasta hoy, irreconciliables en el pensamiento cristiano. 

Lo interesante es que hay una parte de ese enfrentamiento en la que ambos están de acuerdo, como era la crítica de la corrupción en Roma. Erasmo, en su Elogio de la locura, afirma que resulta del todo inaceptable, y gran parte del impulso teológico de Lutero viene de la crítica del uso que hace la Iglesia de las indulgencias y su mercadeo.

Trato de demostrar que en esas dos posiciones hay, en el fondo, una dicotomía que se sigue produciendo hoy ante fenómenos de corrupción, si es el uso del sistema lo que es corrupto, de manera que el sistema sigue siendo útil o, por el contrario, la corrupción es inherente al sistema y hay que prescindir de él. La posición de Lutero era que el sistema no servía y había que acabar con ese concepto de cristiandad, con el papado. Según él, las iglesias tenían que ser nacionales, la corrupción había corroído hasta la última piedra del Vaticano y, por tanto, nada se podía hacer con eso.

Por el contrario, Erasmo sostenía que prescindir de la cristiandad y su concepto suponía dar pie a la guerra. Al final, quien tenía razón, y lo que ocurrió cuando se prescindió de las instituciones lo demostró, fue Erasmo. La reforma luterana y la reforma en general en Europa no dieron paso a la tolerancia como se defiende desde una posición sesgada y, a mi juicio, falsa de la historia, sino que dio lugar a las guerras de religión. La tolerancia no es un concepto religioso ni teológico, sino político, que significa que el súbdito no está obligado a tener el mismo credo religioso que el rey. Pero eso es una discusión política, no es que la teología se vuelva suave y tolerante. Todas las teologías y todas las ideas que se basan en la trascendencia son inflexibles, por tanto no hay vía para la tolerancia. La idea de la tolerancia tiene que ver con el vínculo. Uno puede ser holandés y no por eso profesar la misma religión que el monarca. En el caso de España, la tolerancia, que no tuvo espacio, hubiera significado que uno podía ser español y no ser católico. Ese concepto no es religioso sino político.

Durero soñando, a través de los ojos del pintor y su pretensión frustrada de pintar a Lutero, pone de manifiesto cómo la ruptura con las instituciones porque se han usado de manera corrupta dio paso a la guerra y cómo en el entorno de Lutero, un pintor como Lucas Cranach reproduce la corrupción que existía en Roma. Prescindir de las instituciones que se han usado de manera corrupta da paso a instituciones diferentes que acaban siendo usadas igualmente de manera corrupta.

La conclusión es que no se trata de construir sociedades gobernadas desde instituciones virtuosas, sino que sabiendo que el hombre es falible, lo importante es que todos pactemos instituciones comunes.

- ¿Existe una alegoría entre esa pugna y la que hemos vivido en las relaciones recientes de la izquierda en España? ¿Es Iglesias Lutero y Pedro Sánchez Erasmo? 

- Es una lectura posible de la obra. Al final hay que hacerse esa reflexión. Cuando se produce algo tan deslegitimador de un sistema político gangrenado por tantos casos de corrupción como ocurre en el momento que vivimos, la alternativa es siempre la misma. Esa corrupción debe conducir al fin del sistema en el que se ha producido o, por el contrario, hay que acabar con la corrupción manteniendo el sistema. Esa es la gran pregunta. La plantearon Lutero y Erasmo en el XVI y, a mi juicio, el tiempo dio la razón a Erasmo, pues prescindir del sistema condujo al enfrentamiento y hubo cien años de guerras civiles religiosas. Si prescindimos hoy de las instituciones, que cada cual saque sus propias consecuencias. 

- ¿Y quién sería Durero hoy en España?

- Esa es una buena pregunta. No sé quién podría tener ahora intención de pintar a Pablo Iglesias. En cualquier caso, dejemos que lo decidan el lector y el espectador.

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