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“El enorme fósil de Cirera se lo llevó a las profundidades del mar un levante de dimensiones desproporcionadas”

Los cuevanos saben que su Cronista OFICIAL, Enrique Fernández Bolea, se dedica a arañar en el pasado y sacar a relucir aspectos de décadas y siglos pretéritos, algunos de ellos a caballo entre la leyenda y la realidad



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Miguel Ángel Sánchez / 06·04·2016

El último trabajo de Enrique Fernández Bolea, ‘Historias para la historia: Cuevas del Almanzora y su provincia’, es una miscelánea de 13 relatos históricos. Los cuevanos saben que su Cronista se dedica a arañar en el pasado y sacar a relucir aspectos de décadas y siglos pretéritos, algunos de ellos a caballo entre la leyenda y la realidad. La ‘Catedral’ que Gaudí diseñó para Villaricos, el interminable terremoto de 1863 o el hallazgo y fatal destino del fósil encontrado en la Rambla de Cirera son sólo algunos de los acontecimientos más curiosos que recoge el libro. 


- ¿Por qué lo de “Cuevas del Almanzora y su provincia”? 

- Es una osadía que me he tomado, porque esta provincia que habitamos no lo es sólo de la capital, sino que todos los pueblos que la componen tienen su provincia, a la que llamamos Almería. Como algunos artículos sobrepasan los límites del término de Cuevas, me he permitido esa licencia. 

- Llama poderosamente la atención saber que Villaricos pudo tener una ‘catedral’ de dimensiones monumentales. 

- El relato que hace referencia al proyecto de Gaudí para construir una magna iglesia en Villaricos es apasionante pero, además, el libro contiene otros no menos interesantes, como el del enorme fósil aparecido en Cirera, ese animal antediluviano que se descubrió allá por 1875, que estuvo a punto de ser exhibido en la Exposición Universal de París en 1879 y que dio lugar a la creación de uno de los primeros círculos geológicos y paleontológicos de España, presidido por Juan Vilanova y Piera, el primer catedrático de paleontología de España. Ese fósil, que fue recuperado y tenía un interés científico importantísimo, hasta el punto de que se hicieron todos los preparativos para llevarlo a la Exposición de París, se seccionó, preparó, empaquetó y se transportó desde Cuevas en carretas tiradas por recuas de bueyes hasta la playa de Villajarapa, en Garrucha, una ensenada en la que entonces se desembarcaba el carbón que venía de fuera y se embarcaba el plomo que se enviaba a puertos como el de Marsella o los de Gran Bretaña. Allí aguardó el fósil a que llegara el flete de un barco para cargar plomo con destino a Marsella y, así, aprovechar para que el porte resultara más barato. Pero ese flete nunca llegaba y el fósil, empaquetado, aguardaba depositado en la arena de la playa hasta que en lugar del barco llegó un levante de dimensiones desproporcionadas, como los que a veces nos sorprenden en nuestra costa, arrastró las cajas y se las llevó a las profundidades, al mismo lugar del que salió 4,5 millones de años antes, sólo que, ahora, embalado en cajones de madera. 

- ¿Qué dimensiones tenía? 

- 13 metros. No está la cosa muy clara, pero por las descripciones que hacen Vilanova y Clemente Roswag, el ingeniero de minas encargado de desenterrar ese fósil y de estudiarlo inicialmente, parece que pertenecía a un gran cetáceo. Hace 4,5 millones de años, toda la depresión de Vera estaba cubierta por un mar de escasa profundidad, por lo que es una cuenca de primera importancia en cuanto a los fósiles marinos que contiene. 

- Habla usted en su libro un mar comarcal desaparecido y también de bosques ¿dónde estaban? 

- El título de este capítulo, ‘Los Bosques y plantíos de la Villa de las Cuevas en siglo XVIII’, puede resultar llamativo. Efectivamente hubo un aprovechamiento intensivo de, más que bosques, manchas forestales que se encontraban distribuidas tanto en el término municipal de Cuevas como en Vera o Sierra Cabrera, muy rica en especies de vegetación. En el caso de Cuevas estaban la Sierra de los Pinos y Almagro, en la vertiente norte, donde se conservaban pinos autóctonos de cierta entidad. Lo importante era que, en aquel momento, ante la tradicional escasez de recursos madereros en toda la zona, las pocas manchas boscosas que existían estaban muy demandadas por las administraciones locales y sometidas a rígidas ordenanzas. Eran las alcaldías mayores las que gestionaban la madera, que se utilizaba para la construcción de viviendas. Los herreros la necesitaban en forma de carbón vegetal para alcanzar las temperaturas que necesitaba la fabricación de útiles y herramientas. Los molinos también necesitaban ese recurso y había que regularlo, lo que se hizo enfrentándose a los intereses de los ganaderos. Recordemos que el Cerro de los Pinos se llamaba con anterioridad Cerro Cabrero porque los ganaderos de la época usaban aquella parte como zona de invernada. Hay que tener en cuenta que no había rediles artificiales y aprovechaban las zonas boscosas para que los ganados de ovejas y cabras, durante el invierno, pudiesen protegerse de la intemperie debajo de los árboles. Después, a mediados de siglo, a partir de la ordenanza de 1742, llegó la Armada y catalogó todas esas manchas boscosas como de interés para la construcción de bajeles. Y no sólo se aprovechaban esos bosques para extraer madera, sino también, ya lo hemos apuntado, como provisión de combustible tras su transformación en carbón vegetal. 

- Volvamos al apasionante asunto de la ‘Catedral’ de Villaricos ¿La ilustración que de ella aparece en el libro y que fue portada de ACTUALIDAD ALMANZORA, se basa en los planos que diseñó el arquitecto Gaudí? 

- No, eso es imposible porque casi todos los planos realizados por Gaudí desaparecieron a consecuencia de una bomba que destruyó su estudio durante la Guerra Civil. Para hacer ese dibujo nos hemos fundamentado en Rafóls, el primer biógrafo de Gaudí, que contempló ese proyecto. Rafóls le oyó referirse a él como la ‘Catedral’ de Villaricos. A la hora de describir el proyecto dijo que se asemejaba mucho a la iglesia de las Salesas del Paseo de San Juan de Barcelona, templo en el que se inspira el dibujo realizado por Francis González. Tiene su lógica. Cuando se le encargó a Gaudí este proyecto, era el discípulo aventajado de Joan Martorell, que dirigía la construcción de la iglesia de las Salesas, de ahí que optamos por recrear ese templo. 

- Las ilustraciones del libro son una maravilla. 

- Son aguadas a tinta china, una técnica que Francis González domina bien. El elemento excepcional de esta obra es el ingente trabajo de ilustración realizado por Francis. Ingente por ese derroche de talento para adecuarse a lo que yo le pedía. Le solicité un pórtico para cada uno de los trece artículos que componen esta miscelánea para que el lector, antes de introducirse en la lectura, se situase con tan sólo un vistazo al dibujo, y lo ha conseguido sobradamente. 

- El conjunto de historias que ha recopilado en este trabajo, tan diversas como interesantes, despiertan la curiosidad y el deseo de leer: epidemias, los distintos nombres que ha tenido Cuevas, la fauna que pobló nuestra comarca o la descripción de los efectos del terrible e interminable terremoto que se sufrió en 1863. 

- Y del que lo peor no fueron los daños materiales, que los hubo, sino la psicosis que se desató y prolongó desde junio hasta septiembre de 1863 y llevó a los veratenses, cuevanos y huercalenses a desplazarse y ocupar los campamentos levantados en los alrededores de los núcleos urbanos, porque la gente no se atrevía a volver a sus casas. En el libro hablo de lo que aconteció y de esa psicosis que produjo un hecho natural tan sumamente atípico como una prolongación sísmica a lo largo de más de cuatro meses.

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