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Trazos de Luz. La mirada detenida de Francis González Gallego

El músico y pintor presenta sus últimas aguadas y acuarelas en la sala de exposiciones La Tercia, en el Castillo de Cuevas del Almanzora, a partir del próximo sábado, 19 de marzo, a las 19:30 


El artista ante una de sus creaciones
Enrique Fernández Bolea / 17·03·2015

La muestra estará colgada en la fortaleza árabe hasta el 24 de abril y en el acto de inauguración, que tendrá lugar el sábado 19 de marzo de 2016, a las 19:30 horas, en el Salón de Actos del Museo Antonio Manuel Campoy, sito en el mismo Castillo del Marqués de los Vélez de Cuevas del Almanzora, intervendrán el concejal de Cultura y Turismo, Indalecio Modesto Alonso, Antonio Fernández Liria, alcalde de la ciudad, José Guerrero Rodríguez, fotógrafo y comisario de la exposición, Enrique Fernández Bolea, historiador, cronista oficial de Cuevas del Almanzora y comisario de la exposición, así como y Francis González Gallego, pintor, dibujante e ilustrador, autor de los cuadros expuestos.

No se trata de una exposición al uso de un artista plástico que exhibe su obra sin más aportación. En esta ocasión se ha tratado de ofrecer al visitante un conjunto de recursos, contenidos en paneles, cartelas y vitrinas ilustrativas para facilitar su interactuación y favorecer su conocimiento sobre el artista y su obra. No obstante, estos elementos se han dispuesto de manera equilibrada con el fin de evitar que le resten protagonismo a lo verdaderamente esencial de esta muestra que, como es obvio, no es otra cosa que la propia creación allí expuesta.

La exposición está dividida en dos espacios bien diferenciados, aunque evidentemente complementarios. El primero de ellos, con el que se encuentra el visitante nada más entrar, está dedicado a las 19 aguadas a tinta china que han ilustrado la reciente publicación del cronista e historiador Enrique Fernández Bolea, 'Historias para una historia. Cuevas del Almanzora y su provincia', obra editada por la Editorial Arráez. Cada dibujo, convenientemente enmarcado, cuenta con una cartela de amplio contenido en la que, además de ofrecer los aspectos técnicos y concretar la parte del libro que ilustra, se incluye un breve relato que lo contextualiza históricamente. En la parte central de esta sala se distribuyen paneles con información sobre el artista y una amplia explicación sobre la oportunidad de estas aguadas en relación a la ilustración del libro. En una vitrina central se exponen bocetos generados durante el proceso creativo de González Gallego, así como algunos ejemplares del mencionado libro abiertos por las páginas donde lucen algunas de las obras allí expuestas.

La segunda sala se llena de color y de luz a través de las fulgurantes acuarelas de Francis, que recogen motivos relacionados con rincones urbanos de la localidad y del término municipal, centrándose en edificios o conjunto de especial interés patrimonial o de gran fuerza plástica. Hay mucho de reivindicación en ellos, pero también de descubrimiento para quienes, familiarizados cotidianamente con este entorno, se nos hacen invisibles. También son motivos de inspiración del artista paisajes y lugares que se han apoderado de su retina durante sus viajes. En la parte central destacan tres paneles que tratan de acercar al visitante a los motivos de inspiración del artista. Además, una vitrina donde se custodian los objetos que emplea González Gallego en sus creaciones, busca la complicidad del visitante y una estrecha vinculación a su laboriosa y detenida tarea artística.

Todo se completa con la constante proyección de dos audiovisuales realizados ex profeso para esta muestra que enseñan procesos artísticos, sensibilidades y emociones.

Francisco J. González Gallego nació en 1972 en Cuevas del Almanzora.

Estudió bachillerato en el Instituto Jaroso de Cuevas y cursó Filología Inglesa en la Universidad de Sevilla. 

Desde muy pequeño el dibujo se convirtió en un compañero inseparable de viaje.

Aficionado a los cómics, disfrutaba dándole color a los que compraba editados en blanco y negro; también solía imitarlos y copiarlos.

Su principal inquietud siempre ha sido la música, habiendo grabado, como batería, varios discos, tocado en infinidad de bandas y realizado cientos de conciertos en sus 25 años de carrera musical.

Desde hace cuatro años compagina la música con la pintura, coincidiendo con la apertura de un negocio de Bellas Artes.

Elige la acuarela y la tinta china como medios, ya que le recuerdan a los libros que leía de pequeño y como homenaje a los grandes ilustradores que en ellos veía y que desbordaban su imaginación.

Actualmente, su obra se centra en recrear sobre el papel esos lugares y rincones que forman parte de sus recuerdos, por icónicos o por cuestiones simplemente personales.

Se inspira principalmente en rincones y parajes de su pueblo natal, sin perder la ocasión de plasmar aquellos lugares sugerentes por los que viaja, habiéndose aficionado de este modo a los sketches, que le aportan esa placentera diversión del dibujo rápido.

ESCENARIOS DE VIDA. MOTIVOS DE INSPIRACIÓN

El rico patrimonio urbano de Cuevas, sus casas burguesas decimonónicas, el castillo renacentista del Marqués de los Vélez, algunos rincones que aún guardan la esencia de tiempos vencidos, atrapan la mirada de Francis González y soliviantan su inspiración. Son edificios familiares, espacios ligados a mil y una vivencias, que, por cercanos, nos pasan desapercibidos, demasiado inmediatos para acaparar nuestra atención. Pero la retina atenta de nuestro creador los apresa, los arranca de esa perspectiva rutinaria y habitual para trasladarlos a su particular mundo de colores pasteles, de pinceladas radiantes, de luces acuareladas y rutilantes, en donde los que estamos al otro lado los redescubrimos, sorprendiéndonos de nuestro descuido ante lo que nos queda tan cerca. Las viejas fachadas de nuestra historia, las plazas y calles de nuestro trasiego vital, los perfiles casi aéreos de nuestro abigarrado centro urbano se deslizan hacia la memoria, hacia la nostalgia, hacia la rutinaria cotidianidad, y nos despiertan el alma, esa apelmazada sensibilidad que ha reposado oculta, eclipsada por visiones reiteradas, de soslayo, sin aprecio. Francis anda empeñado, empecinado más bien, en extraerle lo sublime a lo cotidiano. 

PAISAJES CON HISTORIA. VESTIGIOS QUE SUGIEREN 

La búsqueda de motivos, escenarios y paisajes que incentiven su creación es una constante. El municipio de Cuevas del Almanzora le ofrece un entorno del que nutrirse, del que arrancar volúmenes, contrastes y ese cromatismo que sólo la luz meridional otorga a los espacios abiertos. Los ocres de una tierra descarnada y árida contrastan con el prístino azul del cielo; los grises azulados de las montañas en el horizonte se enmarcan en una radiante luminosidad que todo lo envuelve; el mar, refulgente, rompe en espumas níveas y alteradas. Y en medio de ese festival de luz brotan recuerdos de la historia, ruinas de otro tiempo, cuando de las entrañas de la tierra se extrajeron metales, riquezas que encumbraron a unos y sumieron a otros en la miseria. Es el paisaje de nuestras sierras mineras, con sus castilletes silueteados en la lontananza, con los hornos de calcinación que fundieron plomos y esperanzas, con máquinas de vapor agazapadas como testigos de una revolución industrial que no pudo ser. Y el mar, resplandeciente, estallando en espumas detenidas, entre rocas ancestrales y escorias de un mundo que se fue. Paisaje con vestigios, historia de un paisaje que, por arte de Francis González, nos invita a rememorar. 

LUCES EN LA DISTANCIA. COLORES DE UN VIAJE

Hay veces que el viaje despierta el genio, la creatividad en quienes la poseen. En el viaje, en ese transcurrir de visiones y emociones, residen las juguetonas musas a la espera de que el talento las atrape. A menudo Francis González se deja embaucar por estas traviesas y etéreas intrigantes, lo dominan y le hacen parir retales de su estancia en este o aquel lugar; son fotogramas de su tránsito, momentos sumidos en la quietud, el eterno instante de un recuerdo feliz. Los ojos encandilados por el fulgurante brillo de los encalados alpujarreños; los perfiles abruptos y amenazantes que un buen día alteraron la retina del artista. Pero, en ocasiones, la nostalgia de los instantes transcurridos en otro lugar es lo que se apodera del artista; su viaje ya no es sólo espacial, también se desplaza en el tiempo, a los años de su niñez, cuando visitaba los Vélez, aquellos pueblos entre arrogantes montañas que tanta hermosura natural y tanto patrimonio encierran. Es un viaje casi iniciático, al que nos arrastra en medio de la luz y el color, haciéndonos partícipes de lo que golpea su alma de creador, de lo que esas otras geografías de antaño y de hogaño hacen brotar de sus pinceles. Paradójica quietud que mana del dinámico viaje.

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