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La importancia de la obra de Sotomayor

Gracias a títulos como ‘La faca’ podemos saber cómo vivían nuestros antepasados que se dedicaban a las faenas agrícolas, podemos reconstruir su vida entera



Portada de uno de los libros de Sotomayor

PEDRO PERALES LARIOS* / 22·02·2016 

Gracias a títulos como ‘La faca’ podemos saber cómo vivían nuestros antepasados que se dedicaban a las faenas agrícolas, podemos reconstruir su vida entera: sabemos cómo pensaban, cómo realizaban el trabajo diario, cómo labraban, cómo regaban, cómo trillaban, cómo limpiaban las casas, cómo se confesaban, cómo iban a la escuela, cómo se declaraba el novio a la novia, cómo le decía el hijo a la madre lo mucho que la quería, cómo jugaban los niños, cómo se les daba valor a objetos que ahora son para nosotros insignificantes, y lo que es más triste, la muerte, la muerte a todas las edades. 

SI ALGUIEN, POR excesivo amor a esta tierra y al poeta Álvarez de Sotomayor, afirma que su obra es tan importante o más que la de otros grandes escritores en lengua castellana normalizada, SE EQUIVOCA. Si, por el contrario, y por desconocimiento o falsos prejuicios, dice que es inferior y carece de importancia, TAMBIÉN SE EQUIVOCA. Es decir, la obra de Sotomayor es lo que es por sí misma, por la realidad en la que nace y de la que es fiel reflejo, y no por comparación con otras obras, ni siquiera con la vida del propio autor. 

Álvarez de Sotomayor
Si queremos valorar con justicia esta obra tenemos que ubicarla en el lugar que verdaderamente le corresponde. Y digamos por adelantado que no son sus principales méritos los estético-literarios (los que indudablemente también posee). 

El verdadero valor de la obra del poeta Sotomayor radica en ser la principal fuente y documento de valor lingüístico, histórico, social, etnográfico, etc. de que dispone esta comarca del Valle del Almanzora, como cualquiera puede comprobar leyendo muchos de sus poemas, como, por ejemplo "La faca", en el que nos narra una costumbre nuestra que ya no existe porque en la década de los años 20 del siglo pasado, durante la Dictadura de Primo de Rivera, se prohibió el uso de armas blancas, y como todos sabemos, las facas eran armas blancas. De no ser por la obra de nuestro poeta, ¿quién sabría ahora que existió en esta tierra nuestra una costumbre tan bonita como era el hecho de que un padre reconociera que su hijo se había hecho hombre entregándole su objeto más valioso, su faca? Y si además nos dicen que esa costumbre, que venía desde la edad media porque la trajeron los germanos a España, ya sólo existía en nuestra comarca, quizás entonces podamos empezar a darnos cuenta de lo que esta obra encierra. Porque no es solamente esa costumbre la que preservan sus páginas, es la vida entera de los campesinos y de las gentes que se dedicaban a los trabajos de la tierra la que permanece íntegra, aunque ya casi sepultada, en los versos y en los libros del poeta de Cuevas. Pero quizá lo más bonito sea que este poeta hacía estas cosas sabiendo lo que hacía. Sabía que cuando desapareciera esa casta de hombres que él elevó en sus libros al rango de caballeros del campo, también desaparecerían sus costumbres, y él no quiso que esto sucediera, él no quiso que tuviéramos que indagar en los archivos para conocer mejor nuestro pasado reciente y nuestras señas de identidad, él lo atesoró todo en sus libros y nos lo legó para nuestro deleite y para el mejor conocimiento de nuestro pasado reciente. Por eso los naturales de esta comarca tenemos la obligación de ser agradecidos, y apreciar esta obra por lo que vale, por lo que encierra, por lo que nos enriquece, y olvidar ya de una vez si cuadra o no cuadra con lo que creamos que fue -y digo creamos, que creer no es saber- la vida de su autor, o, lo que es peor, lo que nos han dicho que fue. 

Gracias a esta obra podemos sentirnos privilegiados porque muy pocos pueblos pueden conocer su pasado reciente como nosotros. Nosotros podemos saber cómo vivían nuestros antepasados que se dedicaban a las faenas agrícolas, podemos reconstruir su vida entera: sabemos cómo pensaban, cómo realizaban el trabajo diario, cómo labraban, cómo regaban, cómo trillaban, cómo limpiaban las casas, cómo se confesaban, cómo iban a la escuela, cómo se declaraba el novio a la novia, cómo le decía el hijo a la madre lo mucho que la quería, cómo jugaban los niños, cómo se les daba valor a objetos que ahora son para nosotros insignificantes, y lo que es más triste, la muerte, la muerte a todas las edades, pero también la alegría, el amor, en definitiva, la vida entera. 

Pero no se limita el mérito de esta obra a preservar esas costumbres y evitar que desaparezcan, al menos en la memoria. También tiene el mérito de hacerlo en la propia lengua de sus personajes, la lengua de nuestra tierra, la lengua que el campesino utiliza para hablar de su abnegada y humilde existencia, la que utiliza, por ejemplo, en los siguientes versos con los que empieza el poema "La seca": 



“Denda que tuvemos aquella derrota, 

dos años van secos; pero arremataos: 

sin que escurra el cielo maldecía la gota, 

sin que naza guierba ni pa los ganaos...” 



¿Qué persona que no tenga ya cierta edad y que no haya estado familiarizada con las faenas agrícolas sabe lo que es, por ejemplo, un esquimo o un cornijal, una hijuela o una boquera, que son palabras que, aunque raramente, aún podemos oír? ¿Y quién sabe lo que es un bordoño? ¿Y una chamá? Yo personalmente he sabido siempre su significado ya que parte de mi infancia ha estado relacionada con el mundo en el que se utilizan esas palabras. Pero de no haber sido por la obra de nuestro poeta nunca habría sabido que un bordoño es un caño grueso de agua y que una chamá es una enfermedad larga con fiebre, como tampoco habría sabido otras muchas palabras de nuestra historia y cultura si no hubiera leído la obra de Sotomayor, obra cuyo valor quizás entendamos mejor si decimos que no es sólo la de un poeta, sino también la de un historiador, la de nuestro mejor historiador. Lo que sucede es que no está escrita de la misma forma con la que se escriben los tratados tradicionales de historia, sino que está escrita en la forma de los libros de poesía y de teatro, y además recoge NO los grandes hechos históricos, sino los pequeños hechos cotidianos y sencillos de sus protagonistas, porque esos protagonistas son ellos mismos sencillos y cotidianos, son las personas que a diario se dedicaban con humildad y sacrificio al trabajo diario de la tierra. 

Los habitantes del Valle del Almanzora no podemos ser los principales enemigos de nuestra riqueza histórica y cultural, de nuestro patrimonio. Otros pueblos quisieran... 

Por todo ello, miremos la obra del poeta Sotomayor como lo que es, y si es necesario porque no somos capaces de librarnos de algunos prejuicios, no tengamos en cuenta quién la escribió, porque lo que nos queda es la obra y no el autor. 

Hay pueblos que apenas tienen algo importante en su patrimonio, pero saben sacarle partido a ese algo, lo engrandecen, y –aunque nos parezca absurdo– yo creo que hacen muy bien porque así ellos mismos se hacen grandes. Estos pueblos no son estúpidos, son inteligentes. En cambio nosotros no tenemos necesidad de inventarnos nada, porque afortunadamente ya poseemos algo grande y muy valioso, pero a diferencia de esos otros pueblos, somos nosotros mismos nuestros principales enemigos. Seamos también inteligentes... Si ni siquiera tenemos que investigar..., ya lo hizo por nosotros nuestro poeta. Aprovechemos su trabajo, concedámosle el valor que merece. No podemos continuar despreciando o ignorando una obra tan importante. Seamos generosos y ofrezcamos a lo nuestro –y nuestra es la obra del mejor poeta y el mejor historiador del Valle del Almanzora– el cariño y el amor que somos capaces de dar. 

*Doctor en Filología Románica.

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