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Macael, la piel del tiempo


A lo largo de los siglos, las entrañas de este pueblo que vive colgado en la Sierra de Los Filabres, han revestido todo aquello que las civilizaciones más avanzadas han querido legar en el tiempo


Las entrañas de Macael revisten el universo más bello

Javier Irigaray / 24·12·2015

A lo largo de los siglos, las entrañas de este pueblo que vive colgado en la Sierra de Los Filabres, han revestido todo aquello que las civilizaciones más avanzadas han querido legar en el tiempo. Así, los edificios más bellos construidos a lo largo de toda la historia tienen algo en común: su piel tiene denominación de origen Macael. 

André Maurois, en su novela ‘El pesador de almas’, aludía a que el alma pesa exactamente 21 gramos. Pero uno, cuando se asoma al mirador que domina el paraje de Las Canteras, en Macael, no puede alcanzar a calcular los millones de millones de toneladas que puede pesar el alma de este pueblo, que ha dejado tan inmensa oquedad en sus entrañas para revestir los más bellos edificios que la historia ha dejado a lo largo de los siglos. 

Así, desde los fenicios, que comenzaron a explotar su mármol para elaborar los sarcófagos más ricos, y los romanos, que no dudaron en usarlo en esculturas para que fuera carne de dioses y emperadores, hasta el día de hoy, el corazón de Macael es la piel de la Alhambra y la Catedral de Granada, la Mezquita de Córdoba, Medina Azahara, el Palacio de Carlos V, el patio renacentista del Castillo de Vélez-Blanco, hoy expuesto en el Metropolitam Museum de Nueva York, el Monasterio de El Escorial, el Palacio de Aranjuez o el Real de Madrid, el Kremlin, el Hotel Burj al Arab de Dubai, el Silver City de China o la Biblioteca Central de Kansas, y un largo etcétera que perdura en el tiempo. 

Y es que, a lo largo de la historia, todas las civilizaciones han coincidido en escoger su mármol, esta roca con alma para construir aquello que querían como legado para la posteridad. 

Pero esta piedra, capaz de dar forma a los dioses, también se ha encarnado en objetos sencillos y cotidianos, desde morteros para procesar el sustento hasta pesebres en que alimentar a las bestias; fregaderos y bañeras para la higiene del cuerpo y pilas bautismales para lavar el espíritu. 

Aún se cruza el viajero por las calles de Macael con el último arriero, hoy reconvertido en escultor artesano, o con la sabiduría humana de canteros que alcanzaban la excelencia en su trabajo con tan sólo el uso de las manos vigiladas por el cartabón de sus ojos. Son atletas de cuerpos cincelados a golpes de almaina. 

Hoy, Macael atrae al caminante desde el mar al mármol con el canto de la caracola, sirena antigua, como sólo lo hacen los pueblos con alma, y se reinventa. El pueblo parte con la ventaja de quien se sabe único y juega, disfruta su singularidad y la exhibe orgulloso en sus calles, plazas y rincones. 

El mayor fabricante de morteros no podía dejar de mostrar el más grande del mundo ni la réplica exacta, en una de sus recogidas y apacibles glorietas, de la fuente que adorna el Patio de los Leones, fabricada en mármol de sus entrañas y del que el poema que orla el manantial nazarí dice que es “amante cuyos párpados rebosan de lágrimas”. 

Macael es pasado y es historia viva, porque su secular industria antigua aún crea la epidermis de los edificios más bellos esculpida con la tecnología del mañana y ofrece al viajero emociones únicas, esas que sólo pueden percibirse cuando se acaricia la piel del tiempo.

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