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La Almería de los piratas


El mar siempre ha llevado aparejado un equipaje legendario que, desde la perspectiva de los siglos, abre una puerta a la fantasía, pero que, vivido en su tiempo, fue auténtica tragedia para quienes poblaban, por entonces, nuestra costa

 

La Isleta del Moro debe su nombre a la frecuencia con la que los corsarios berberiscos la ocupaban
Javier Irigaray / 30·12·2015

La piratería no fue la aventura que nos mostró Salgari o el cine en Technicolor. Era un modo de vida y toda una industria que, si bien azotó desde el norte de África las costas de Almería, especialmente en los siglos XVI y XVII, tras la emigración, primero, y expulsión, después, de los moriscos, vivió mucho antes otra época de esplendor. 

Quien quiera conocer los lugares vinculados al oficio de la piratería habrá de empezar por Pechina, embrión de la taifa de Almería cuyos marinos hostigaban el tráfico comercial de los reinos cristianos del norte, hasta el punto que Aragón, Castilla, Génova y el Vaticano fletaron una flota que ocupó la zona durante más de diez años. La ensenada en que desembarcaron los marinos genoveses, junto a San José, debe su nombre, precisamente a ese episodio. 

Hoy, Pechina es manantial de sosiego donde el viajero puede abandonar su estrés en el monumental balneario de aguas bicarbonatadas. 

Pero el auge de la piratería vino de la mano de los moriscos que abandonaron estos lugares. Buenos conocedores del terreno, eran muy solicitados para tripular los barcos piratas, cuando no eran ellos mismos los capitanes de los mismos, como El Joraique, un monfí, guerrillero morisco oriundo de la vega baja del río Andarax. 

Dicen que su familia, por apellido Aguilar, tenía tierras en El Mamí, un barrio de la capital hoy dedicado al cultivo de hortalizas bajo plástico; Alhadra, conocida desde antiguo por sus fuentes; y Viator, aunque se le supone natural de Tahal, pueblo que abandona el desierto de Tabernas para adentrarse ya en la sierra de Los Filabres. De aquellos años data su castillo; fortaleza construida por la familia Estévez sobre la antigua alcazaba. 

El Joraique se encontraba el 24 de septiembre de 1566 en Tabernas, la ciudad coronada por su castillo árabe y en la que ya se levantaban la Iglesia parroquial mudéjar de la Encarnación y la ermita de San Sebastián, antigua sinagoga reparada y transformada en iglesia por los Reyes Católicos. 

Ese día, Tabernas fue tomada por los piratas de Berbería y El Joraique decidió sumarse a ellos y emprender una vida de correrías. Fue apresado en 1572 y huyó hasta Gádor, municipio que comparte el yacimiento más conocido de la Edad del Cobre, Los Millares, con Santa Fe de Mondújar. 

Después marchó a África y volvió para apoderarse en las playas de Vera, muy cerca de Garrucha, de una embarcación que usó para, poco después, desembarcar en Aguamarga y atacar Tahal y Sorbas, el pueblo asomado al Afa, un barranco tallado por las ramblas de Moras y del Cucador . El Joraique sembró el pánico en los cuatro días que transcurrieron entre el 16 y el 20 de septiembre de 1573, pero hoy, el visitante puede disfrutar de los paisajes labrados por el río Aguas y el Karst en Yesos, cuevas de gran belleza, como la del Agua, de 8 km de galerías. 

El Parque Natural de Cabo de Gata era el paraíso en cuyas calas recónditas desembarcaban los corsarios. Los Escullos, la cala de San Pedro, Las Negras o la Isleta del Moro, que debe su nombre a la frecuencia con que allí desembarcaban. en esas radas escondían sus ágiles y veloces naves y las cubrían con ramas de arbustos y vegetación propia de la zona para ocultarlas de la vista de los galeones que patrullaban la costa. 

Para prevenir las incursiones se fueron erigiendo torres de vigilancia, como el Castillo de San Felipe, el de San Ramón o la Torre de los Alumbres. 

Otras incursiones feroces fueron sufridas en Lucainena de las Torres y en Cuevas del Almanzora. La primera fue asaltada en 1555 y 1566. En ella podemos visitar su Iglesia parroquial del siglo XVIII, en cuya puerta principal se encuentra un hermoso mirador llamado Poyo de la Cruz, desde el que se divisa una bella panorámica del pueblo. En la plaza del pueblo, además del Ayuntamiento y la Fuente, se haya un árbol centenario que asombra el espacio. 

Al este de la población, en el barranco de Juagarí, nace una fuente de aguas sulfurosas en las que sanó un cerdo enfermo revolcándose en ellas, lo que dio lugar a su aplicación a personas enfermas que sanaban de sus dolencias y se construyeron unos baños públicos a tal efecto. Muy visitados son los hornos de calcinación, hoy recuerdo de un pasado esplendor minero. 

Esplendor minero vivió también Cuevas del Almanzora, que guarda en el recuerdo de su memoria más negra un aciago día del mes de noviembre de 1573, en el que toda una flota de piratas berberiscos desembarcó en Carboneras, saqueó la villa y se llevó a decenas de los que allí vivían para venderlos en el mercado de esclavos. 

Hoy, la ciudad muestra orgullosa su pasado, desde la Cultura Argárica de Fuente Álamo, vestigios fenicios y romanos de Baria, en Villaricos, la arqueología metalúrgica de Sierra Almagrera y un casco histórico trufado de palacios burgueses como el de Torcuato Soler Bolea, el de Álvarez de Sotomayor o el de García Alix, junto al parque de El Recreo. 

Mención aparte merece el despoblado de Teresa, hoy parte del municipio de Turre. Los habitantes de la próspera localidad, todos moriscos, fletaron un barco que les esperó en Carboneras y huyeron todos una noche de 1569. Muchos se enrolaron en barcos piratas y asaltaron dos veces el pueblo, una tras cada intento de repoblación. Al tercero no acudió ningún colono. Hoy, en el recóndito y ameno valle que ocupaba, aún pueden verse los restos de la iglesia erigida sobre la antigua mezquita, la makbara (cementerio musulmán) y las ingeniosas obras de ingeniería hidráulica que construyeron en su día.

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