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El Expreso de Oriente, una ruta en tren cargada de historia


El 26 de julio de 1895 supuso un hito en la historia de Almería: al fin, tras una lucha que comenzó dos décadas atrás, llegaba el ferrocarril hasta la ciudad celeste



Castillo de Gérgal
Versovia.com / 20·11·2015

El 26 de julio de 1895 supuso un hito en la historia de Almería: al fin, tras una lucha que comenzó dos décadas atrás, llegaba el ferrocarril hasta la ciudad celeste. Lo hacía a un edificio monumental, muestra atribuida a John La Farge de la arquitectura de hierro y cristal imperante en la época que haría las veces de estación. 

La línea Linares-Almería surgió vinculada y al servicio de la minería. Su fin primordial era llevar hasta el puerto de Almería los minerales extraídos de las entrañas del distrito minero linarense y, sobre todo, el hierro de Alquife, pero también daría servicio al transporte de todo tipo de mercancías y, ¡cómo no!, de pasajeros. 

Los viajeros que llegaban a nuestra provincia, lo hacían en primer lugar a la estación de Fiñana, ubicada al norte del pueblo y alejada de su núcleo urbano. 

La localidad es tierra de nieves. Se erige en un paisaje abrupto y escarpado al pie de El Almirez, en la umbría de Sierra Nevada. El pueblo aparece dominado por los restos de su Alcazaba construida antes del siglo X y de la que aún quedan tres torreones y restos de sus murallas. Las casas que la circundan son herencia del arrabal musulmán y muestra el trazado del urbanismo medieval, así como antiguos aljibes. 

Pero, hoy, es la Iglesia mudéjar de la Anunciación, construida en 1570, el edificio señero del pueblo, sin menoscabo de la Mezquita almohade del siglo XIII, ahora Ermita de Ntro. Padre Jesús Nazareno desprovista del minarete y patio original. 

Tras Fiñana, toca parar en la estación de Abla y Abrucena. Abla, cuyos orígenes se remontan hasta la Edad del Cobre, ya era lugar de paso en la época romana, cuando figuraba como la quinta ‘mansio’ de la vía entre Castulo, actual Linares, y Malaca. De por entonces data su más emblemático monumento: el Mausoleo, una torre funeraria con una cripta destinada a sepultura y la cámara ritual dedicada al culto religioso. 

Esta parada comparte estación con Abrucena, un bellísimo pueblo serrano rodeado de preciosos parajes que son encuentros con la naturaleza. Sus pintorescas calles blancas pasan de ser bañadas por el cegador sol de mediodía a los atardeceres exageradamente sombríos cuando nuestra estrella se oculta de repente tras la imponente fachada de Sierra Nevada. 

Más adelante, haremos escala en Doña María-Ocaña, estación que nombra a dos de Las Tres Villas que dan nombre a este municipio, cuyo término fue habitado desde la noche de los tiempos, como atestiguan las pinturas y grabados rupestres hallados en la Piedra Escrita o los abrigos de la Majada de las Vacas, así como la necrópolis argárica de La Ventanilla. 

A Nacimiento, nuestra próxima parada, le da nombre el río que la atraviesa, afluente del Andarax. Cobró gran protagonismo durante las revueltas moriscas y cierto esplendor en el siglo XIX vinculado, sobre todo, a la uva de mesa. Hay que visitar las fuentes origen del río, pasear por las calles en torno a la iglesia de san Miguel y acercarse hasta las ermitas de las Ánimas y de los Difuntos. 

Gérgal, en cambio, tomó su nombre de la estratégica fortaleza erigida en el cruce de los caminos que unían Fiñana con Tabernas y Almería. El castillo, de estilo lombardo, impresiona por su excepcional estado de conservación, algo plausible por inusual en estos lares. 

La siguiente estación, Fuente Santa, aún es término de Gérgal. El topónimo deriva, como es de prever, de su agua, que mana a 23º desde la tierra y contiene hidrógeno sulfurado. Es muy concurrida por su poder curativo para toda clase de enfermedades de la piel. Además, tiene una ermita dedicada a la Virgen de Fátima. 

Santa Fé y Alhama es lugar de parada y fonda. La primera de las localidades que dan nombre a la estación, vio nacer en su término a toda una cultura, la de Los Millares, que ha servido para identificar el modo de vida en el sudeste ibérico en la Edad del Cobre. El poblado, situado en la confluencia de los ríos Huécija y Andarax, fue investigado por el ingeniero y arqueólogo belga Louis Siret gracias a su descubrimiento con motivo de las obras del tren. La entrada a Santa Fe no puede ser más espectacular. Atravesamos un gran puente de hierro a gran altura sobre la rambla, para descender más tarde al fondo de ella. 

Alhama es la puerta de la Alpujarra e imperdible lugar para perderse. Su Balneario proporciona al viajero el relax de sus aguas termales a 45º, con un caudal de 50.000 litros por hora. No podemos irnos sin contemplar su puente romano ni dar un paseo entre las casas y palacios que erigieron los burgueses que la poblaron en el siglo XIX al amparo de la minería y la uva de mesa. 

Y llegamos hasta Gádor, un pueblo blanco en la falda de la sierra que le da nombre. El pueblo, como toda la zona, está íntimamente vinculado a Los Millares, quedando en su término varios de los fortines que defendían el poblado central. Contiene una muestra interesante de arquitectura troglodita y sus calles están conformadas por luminosas casas encaladas en torno a su espléndida Iglesia Parroquial. 

La siguiente parada nos deja entre Benehadux y Pechina. El primero de los términos contiene el yacimiento arqueológico de El Chuche, una zona que muestra vestigios de ocupación desde la Edad del Cobre hasta el Imperio Tardorromano. 

Pechina rezuma historia por todos sus costados. Fue la Urci romana y la Bayyana, tercera cora del emirato de Córdoba, y cuenta la leyenda que cuando san Indalecio desembarcó en la rambla que lleva su nombre, su huello indeleble quedó grabada en una piedra como testimonio de su grandeza. Junto a ella yacen sepultados sus restos, en el lugar donde se erige una ermita. 

La visigótica y árabe Huércal de Almería hoy es ya casi Almería. Su iglesia contiene, en el camarín del altar mayor, una imagen de la Virgen de las Angustias tallada por el maestro Salzillo. Además, los huercalenses se enorgullecen de mostrar al visitante Villa María, un palacete de la burguesía decimonónica, así como sus árboles monumentales: la araucaria del Cortijo Moreno, los árboles de la Casa del Médico o el pino centenario del Cortijo de Juan Díaz. 

Viator, la otra pata de la estación, como su propio nombre indica, es lugar de tránsito desde siempre. Así lo llamaron los romanos, como hito de la ya mencionada vía entre Cástulo y Malaca, que cruzaba su terreno, en gran parte montuoso y quebrado, pero que guarda también, en la ribera del río Andarax, una huerta frondosa y feraz. 

Y, así, llegamos hasta Almería. El camino mereció la pena. Nuestros sentidos y nuestra alma se siente complacidos.

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