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Tres historias de piratas en las costas del Levante

Nuestro mar es una parte muy importante de la vida y, sin embargo, la gran cantidad de historias y sucesos que ha generado están poco presentes en nuestra historia. Desde estas páginas, vamos a sacar a la luz algunos de los acontecimientos sucedidos en nuestro mar, siempre a vista de farista


Londro

Mario Sanz Cruz. El último farista / 01·10·2015

Empezaremos a mediados del siglo XVIII, con el caso del londro (1) catalán “San Raimundo”, que iba para Cádiz cargado de vino y había estado fondeado frente a la torre de las Águilas (actual Águilas), esperando que el tiempo le permitiese seguir su travesía. El 22 de enero de 1741 se hizo a la mar para continuar su viaje, pero una saetía (2) de moros le salió al encuentro. Tratando de huir de sus perseguidores puso rumbo a tierra y acabó embarrancando en la playa de Bordonares, cerca de la torre de Macenas. El patrón Domingo Benapres y los tripulantes saltaron a tierra: “sin haber tenido lugar a poder reservar otra cosa que mi persona y las de los seis hombres y un muchacho que conducía de tripulación, tres fusiles, dos pasamuros, una lancha, cinco remos y las dos áncoras con alguna ropa de cama”

Los moros perseguidores lograron desencallar la embarcación y se la llevaron con su cargamento de vino incluido, pero dejándose en tierra a uno de los piratas. 

A la mañana siguiente, la tropa de Mojácar, que había salido de rebato al tener noticia de la presencia de piratas, se encontró al moro, apresándolo, y poco después hallaron a los ocho marineros del “San Raimundo”. 

Atendiendo a las estrictas órdenes para preservar las costas del contagio de la peste y otras enfermedades contagiosas, iniciaron una curiosa caravana hacia Vera, que relataba Diego Soler, uno de los soldados de la tropa de caballería: “encontrándose en Rambla de Macenas, la Compañía de Mojácar, que traía un moro en esta forma; a la distancia de un tiro de fusil, y un soldado de vista, de dicho moro, para enseñarle el camino; y después seguían los ocho marineros, a la misma distancia, y después la tropa ya con armas, sin que se llegasen a mezclar los unos con los otros, como se les había dado por orden de su jefe y según ha sabido, ninguno de los marineros y de la gente de la tropa, han comerciado con dicho moro”

El comandante de las Armas de Vera se echó las manos a la cabeza cuando vio llegar la caravana y les ordenó volver al sitio del encuentro, para sufrir allí la cuarentena. 

Por suerte, el patrón del londro pudo justificar su patente sanitaria, pidiendo copia al alcaide de la fortaleza de las Águilas y logró que les levantaran la cuarentena, quedando libres para continuar su viaje en el primer barco que les admitiera hacia Cataluña. 

El moro tendría que sufrir la cuarentena y, una vez superada, ser juzgado por piratería. 

Otra historia de piratería en nuestras costas nos sitúa entre el 19 y el 20 de septiembre de 1759. Varios jabeques (3) españoles combatían contra una galeota (4) de moros, logrando apresarla en las cercanías del Castillo de la Carbonera. Al día siguiente, aparecía en la playa del río Alías una lancha grande que con el temporal de esa noche se hizo pedazos. Pero como sus restos quedaron sobre la arena, la Junta de sanidad de Vera tuvo que mandar una comisión para evaluar el riesgo de contagio y tomar las medidas necesarias. Unos días después, el comisionado certificaba el hallazgo de los restos de un bastimento mediano, del que solo pudo recuperar un cabo de cáñamo del grueso de una maroma, y una pequeña ancla de cuatro uñas, dejando estos objetos en la casa cortijo de Bartolomé Alonso, en el Saltador [de Carboneras]; y haciendo quemar, como estaba prevenido, toda la madera y vestigios de la embarcación. 

Perro y gato ‘marineros’ 

Finalmente nos situamos en el 12 de octubre de 1767. Ese día, la Junta de Sanidad de Vera recibía noticias de haber dado al través un barco en las playas de San Juan de Terreros. Enseguida, salía para el lugar del suceso Antonio Sánchez Donoso, alcalde mayor de la ciudad de Vera, acompañado de Francisco García, comisionado perpetuo, los empleados de justicia y otros colaboradores, para reconocer la embarcación: “y habiéndose ésta divisado a un tiro de perdigones de tierra, encallada al través en las arenas de la playa, frente a Cañada de Huertos, comprehensión del Castillo de San Juan de los Terreros, no pudo comparecerse con la formalidad debida, a causa de entrar el mar bastantemente levantado, y con bastante fondo en las inmediaciones de la citada embarcación, y no haber lancha en todas las inmediaciones por lo apartado de dicho sitio, y además hallándose aquella dominada por la olas; Y solamente se advirtió por dicho señor ministro de Marina ser un jabeque pequeño de dos palos, que expresó podía cargar de 500 a 600 quintales, reconociéndose tener las velas aferradas, arriadas las entenas, con el timón amarrado a la banda, la lancha estribada entre la popa y vela mayor, al parecer marchante y cargada con alguna ropa de vestir de el avío de los marineros, sin que se descubriesen personas, ni cadáver alguno”. 

En el mismo lugar, comparecía ante la Junta de Sanidad, Alfonso de Zúñiga, ministro del Resguardo de Rentas del castillo de las Águilas, distante una legua, diciendo que había llegado al puerto del castillo de Águilas una embarcación catalana, dando noticia de que había descubierto un jabeque que venía sin gobierno y perdido el rumbo, por esta costa de Levante a Poniente. Salieron tras él el patrón Juan de Acosta y tres marineros, con orden del gobernador del castillo para que si lo alcanzaban lo llevasen a aquel puerto, creyendo que tuviese la intención de alijar tabaco de contrabando. Siguiendo a la embarcación, vieron que encallaba frente al castillo de San Juan de los Terreros, por lo que entraron en contacto con el resguardo y fueron con la guarnición a reconocerle, pero cuando pudieron hacerlo, dentro no había nadie y tampoco quedaban restos de un posible alijo, aunque algo sí había a bordo: “en el día de ayer estuvo sobre las aguas, y en su noche se enarenó más que anterior, y se llenó de aguas, sin haber tocado en él persona alguna, ni haber reconocido de él más que un perro pequeño, y un gato, por asomarse estos, y ladrar el primero, y maullar el segundo”. 
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Notas a pié de página:

(1) Londro: Embarcación latina mercante que desde el siglo XVII eran tan grandes como galeras, aunque más toscamente fabricados, llevando hasta veinticinco remos por banda y 150 hombres de dotación. Tenían empavesada de tablas con varias portas por donde asomaban algunas pequeñas piezas de artillería o pedreros. 

(2) Saetía: Embarcación latina de tres palos y una sola cubierta, menor que el jabeque y mayor que la galeota, que servía para corso y para mercancía. 

(3) Jabeque: Embarcación costanera de tres palos, con velas latinas, que también suele navegar a remo. 

(4) Galeota: Galera menor, que tenía 16 ó 20 remos por banda, y sólo un hombre a cada remo. Llevaba dos palos y algunos cañones pequeños.

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