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La Feria de Antas según la señorita Celia


La mujer que más ha influido en Almería desde los años 40 en que vino y en apenas la década que la vivió, describe en una carta a su familia las fiestas que vivió en honor a la Virgen de la Cabeza en 1949


Celia Viñas y Tadea Fuentes vestidas de gitanas en la Feria de Antas de 1949
Javier Irigaray / 19·09·2015

Este año, Celia Viñas hubiera cumplido cien. Entre las actividades que se le han dedicado, ocupa un lugar señero la publicación de ‘Cartas de Celia Viñas a su familia’, una meticulosa recopilación y estudio del profesor Francisco Galera Noguera, el más denodado investigador de su vida y obra, editada por el Instituto de Estudios Almerienses. 

La obra de Galera es mucho más que una colección de cartas. El autor ha recabado un ingente archivo de fotografías, a cuál más curiosa y singular, y ha precedido el volumen con un prólogo de Celia Riba Viñas, sobrina de la escritora, y un breve estudio, a modo de introducción, más que útil, necesario para situarnos en el contexto en que Celia Viñas escribió las cartas. 

Muchas de ellas son cuadros costumbristas de una época, y en ellas retrata la vida de esos años en lugares como nuestra comarca, que tanto visitó y disfrutó, y en donde tantos amigos tuvo. 

A modo de ejemplo, hoy les ofrecemos esta deliciosa descripción de la feria de Antas, que vivió, como verán ustedes, a fondo, en su edición de1949, como una antusa más. Una feria que tampoco es tan distinta de las que hoy se celebran en los pueblos del Levante almeriense. Si acaso, hemos ganado algo, con los años, en luces y en ruido. 

Antas, martes y trece de septiembre de 1949 

Queridísima familia: 

La señorita Celia en burro por Mojácar
Sí, aún estoy aquí. Los exámenes se pasaron del doce al quince y yo prolongo mis vacaciones en Antas ya sin fiestas. ¡Y qué fiestas más graciosas! Os escribo desde la terraza de las monjas con sillones de mimbre y plantas verdes sobre una mesa de la escuela. En la mesa tengo unos cuantos kilos de minerales para Gaby (hermana pequeña de Celia) que hemos recogido los alumnos del Instituto, la novicia, el seminarista, yo y Arturo por el cerro de María y el Argar. Sor Manuela me da también unas pequeñas muestras de plomo argentífero de Herrerías. Con los minerales tengo unos trocitos de cerámica que fijarían un poblado en el cerro de María. Ya veis, arqueología y geología. También aquí como en Tramacastilla. Es una lástima que Gaby no se venga por aquí unos días. Todos los cerros son un museo de Ciencias vivo. Va un programa de las Fiestas. Desde luego la antigua feria de ganado ha desaparecido completamente. Aquí no había más animalillo que un mico en una barraca que anunciaban como un gorila. Era un monillo muy triste que hacía lo que hacen los monos: sentarse con las piernas cruzadas, ponerse su sombrero, beber en un vaso, comer melón, etc. etc. En la misma barraca, un niño jugaba con un perro amaestrado y hacía “cristobicas” = “marietas” = “titelles” = “marionetas”. La feria tenía columpios, voladoras, tiros al blanco, puestos de muñecos, barracas de turrón y dulces, y muchos bares con sillitas, mesas y botellas de manzanilla. En una esquina se hacía el baile popular con guitarras y castañuelas. Un baile de “puja” a beneficio de la Virgen que está en la era todo el tiempo de las Fiestas. Porque la feria se monta en la explanada donde trillan el grano. Y en el centro, la Banda de Vera, sobre un tabladillo, tocaba pasodobles y el “Sitio de Zaragoza”. Yo llegué a tiempo de verlo todo. Hasta un entierro de tifus melodramático como una tragedia de Lorca. Una mujer de 20 años con un hijo de seis o siete meses y cinco hermanos varones que hacían el “plancto”, morenos y desmelenados, hermosísimos como gitanos. Fue el mismo sábado. Tuve suerte. Salté del barco sin pasarela con los soldados y pillé un taxi. Me planté en la estación diez minutos antes de la salida del tren. Llegamos casi tarde por culpa del práctico y la faena del amarre, sin gente en el muelle. ¡Qué viaje! No había donde poner los pies. La gente durmió una encima de otra. En Ibiza fue respirar. Encontré un amigo de viajes que se llama Vicente que fue habilitado y sancionado y que es alicantino y con él fui a comprar unos botellines de palo (bebida de quina muy popular en Mallorca) y a tomar un refresquito. Charlé en el barco con unos estudiantes de Farmacia y leí unos libros. Bien. Continúo. El viaje en tren fue más cómodo. En segunda. Mucha gente y toda de tercera, pero pude dormir tranquila, comer y mirar el paisaje. Bajé en Zurgena y esperé tres horas en un ventorro junto a la estación a que saliera el coche del Caito, y con soldados, gitanas, recién operados, emigrantes que tornaban y “sevillanos” que iban a la Feria, llegamos a la Venta de la Leonarda. Con el factor de la estación, un muchacho amigo de Antas, fui al pueblo y llegué justo en el momento del entierro. Dan ganas de morirse en este pueblo. Aquí hay arte para la muerte. Alta escuela de morirse y de que lo entierren a uno. ¿Recordáis lo que contaba Dª Bienvenida? Después del entierro se movilizó todo el pueblo a saludar a la señorita Celia. El alcalde, el cura, los seminaristas, las niñas estudiantes, el médico, su hermana –novia de un auxiliar del Instituto desde nuestra excursión-, etc. etc. Casualmente Tadea y su madre bajaban dos días a Almería de modistas y les encargué pusieran un telegrama. Las monjas esperaban al obispo y éste no pudo ir. Me encontré la habitación con cortinas y mesilla de noche. Y ocupé su lugar y me comí los dulces que habían hecho para él. Y por poco tengo una indigestión. Llegué a tener fiebre. Las fiestas comenzaban el día siete. Nos dedicamos a pasear por los alrededores la novicia, los seminaristas, las niñas y una sobrina de la superiora muy simpática, de Miranda de Ebro, más castellana que el Cid y que se reía de todas las andaluzadas. Llegó después una hermana de sor Teresa y el convento era ya un casino. Bailes flamencos, conciertos de piano, visiteos, chismorreos... y más cuando comenzó el desfile de novios. Santiago Navarro pasó día y medio de Feria. Después subieron Paco Guil –de Física-, novio de Josefina, y Arturo. También estuvieron un día. Félix, el médico, paseó públicamente con la hija del Confitero dando legitimidad al escándalo familiar. Que en su casa, muy señoritos, no quieren a la hija del Confitero. Catalina rompió con su señorito y paseaba con su labrador, etc., etc. Llaman a la Feria del 49 la Feria de los novios. El novio que se llevó al pueblo arrastrado fue Arturo. Las monjas ya consienten que abandone a san Vicente de Paúl. Él estuvo simpatiquísimo con ellas. Llegó a cantar en la Escuela a coro mientras sor Manuela tocaba aires populares en el piano y sor Teresa como premio le cantó “La cieguita”, cosa que sólo hace en momentos de máxima intimidad. Don Simón y Doña Juanita, los padres de Tadea, nos invitaron a cenar y fue una delicia de noche. Don Simón conocía a Arturo de Almería y estaba más contento que yo de tener un contertulio con el que hablar de política. Doña Juanita me dijo que tenía una cara de bueno que se caía y la niña Angelina que se parecía a T. Power que debe ser ya el colmo de guapeza para una niña que vive en un pueblo. Hubo también invitación en la caseta del Confitero y en casa del médico. Nosotros hemos prometido que, si hay boda, armaremos un baile flamenco en Antas con gitanos, monjas, seminaristas y labradores rudos. Nos sentaron en el jurado de “sevillanas” porque, sin la llegada del obispo, fuimos los visitantes más ilustres y adjudicamos el premio por unanimidad, boticario, alcalde, Tadea, Arturo y yo... Esto fue lo más sonado de la Feria: “¿Quién es aquél mozo tan alto y tan guapo?”. “El novio de la señorita Celia”. Y a mí me gustó por primera vez que Arturo fuera guapo y se llevara el premio de novios en Antas. Ahora resulta que soy vanidosa. ¡Qué barbaridad! Bueno, contaré ordenadamente. 

Todas las mañanas te despertaba la diana con unos pasodobles la mar de marchosos, algunas veces soltaban cada cohete... que la Guardia Civil metió al pirotécnico en la cárcel y el cura tuvo que ir a Vera a sacarlo. Después ibas a misa, más o menos gorda, con más o menos curas, sermón, etc., etc. Por la tarde soltaban globos, tocaba la música, bailaban sólo matrimonios y chicas con chicas –Tadea bailó con Santiago, yo no bailé con Arturo-, encendían las luces, se comía turrón, se bebía incansablemente cerveza o manzanilla o anisete pegajoso, se visitaban las barracas, se rezaba una salve a la Virgen, llena de billetes de banco colgados con alfileres del manto y túnica y acabábamos en el baile popular que a mí me tenía loca. Peteneras, soleares, boleros –el de Mallorca-, sevillanas ¡cómo bailan! Y la puja es divertida. Como en “El Niño de la Bola”. El cura pasea muy complacido por la Feria y nadie se desmanda. Y también invita a dulces y a manzanilla. Saladísimas son las corridas de cintas que antes se hacían a caballo y que ahora se hacen a bicicleta. Las niñas del pueblo bordan las cintas –o las pinta sor Manuela que lo hace todo-, cada cinta lleva el nombre de la niña y la música recorre la población buscando a todas las chiquillas bordadoras. Angelina Fuentes tenía una y fue la más disputada. Cuando un ciclista consigue una cinta, se la tiene que colocar cruzada en el pecho con alfileres la muchacha. Hay verdaderas batallas. Después los mozos convidan a las chicas y ya pasean juntos aquella noche. Cuando una tiene novio se arma la gorda porque el novio se rompe los morros con el que le dispute la cinta de tal color que es la de su novia. Lástima que la Feria terminó con una tempestad por todo lo alto y la Procesión final se precipitó mucho. Comenzó a llover de madrugada y los viejos siguen asombrados. ¡Sequía en todo el mundo y en Antas lluvia y el campo como un jardín! 

Ahora ya os escribo desde Almería y es ya día 16. Llegué en Alsina y llegué bien y pronto. Voy organizando mi vida de este curso y estoy de despedidas. Gabriel y Leopardo se han ido ya. He tenido el tiempo justo de decirles adiós y desearles buena suerte. Ya tenemos exámenes en el Instituto y hago algunas visitas y los encargos del pueblo... viceconsulado de la Argentina y visado de partidas de nacimiento, búsqueda de medicamentos en farmacias de la capital, compra de impresos de altas de industriales, encargo para la Inspección de las monjas, etc., etc. Encontré en el Instituto unas cartas retransmitidas, pero ninguna vuestra. Espero escribiréis pronto y yo contestaré contando cosas de estos primeros días en Almería. Arturo me encarga os dé muchísimos recuerdos. Yo ni quito ni pongo rey... 

Abrazos entrañables de 

Celia 

Me dejé el vestido calabaza. ¡Que no me lo quite Gaby! Que en Navidades me lo traeré... ¿Tenéis el giro?

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