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Ingrid Bergman, el sueño filmado

Ingrid Bergman, el rostro más bello y encantador del cine de todos los tiempos, interpretó a mujeres de carácter fuerte e independiente. Así era ella, y pagó un alto precio por no renunciar a su libertad y a la superación en el arte de la interpretación 



Ingrid Bergman en 'Encadenados'










Javier Irigaray / 03·09·2015 

François Truffaut dijo de su trabajo en ‘Encadenados’ que era “el sueño filmado”. Ingrid encarnaba a la perfección a la heroína romántica, pero dura y distante, y Alfred Hitchcock sacó lo mejor y lo más sexy de la sueca. 

Había rodado con éste ‘Recuerda’ (1945), ‘Encadenados’ (1946) y ‘Atormentada’ (1949), y el inglés la convirtió en una sus rubias peligrosas, enamoradas, de turbio pasado, dotadas de esa belleza que desarma y capaces de realizar grandes desafíos y sacrificios. 

La Bergman no se sentía cómoda en esos papeles. Amaba interpretar y los escenarios y las cámaras la amaban a ella, mas nunca cedió ni un ápice en lo concerniente a su libertad en lo profesional y en su vida privada. 

Fue el capricho de muchos, como Goebbels, que pretendió convertirla en la estrella del Tercer Reich, pero Ingrid optó por ser la amante y esposa de quien ella quiso. Trabajó con los mejores directores y fue acompañada por los más grandes actores del momento, como Cary Grant, Humphrey Bogart o Gary Cooper. 

Nació en Estocolmo hace hoy justo un siglo. Su madre murió cuando ella tenía tres años y su padre la dejó huérfana a los doce, mas no sin antes inocularle el virus de la escena. 


“Soy más yo cuando soy otra persona” 

Deseaba ser actriz sobre todas las cosas y se vaciaba en cada uno de los personajes. Más que interpretarlos, los vivía. Llegó a admitir “soy más yo cuando soy otra persona”. 

Su belleza etérea e hipnótica en ‘Intermezzo’ y su elegancia no pasaron inadvertidas para David O’Selznick, quien la llamó para dirigirla en la versión norteamericana. 

En 1942, y por azar, llegaría ‘Casablanca’, de Michael Curtiz. El papel de la protagonista había sido ofrecido a Hedy Lamarr, pero la estrella austriaca tenía otros compromisos. 

Ilsa fue el papel de su vida y el rostro iluminado de Ingrid, toda una revelación. Tuvo que trabajar sin un guión definitivo y sin saber, durante casi todo el rodaje, cuál de los dos galanes ganaría su corazón. 

‘Casablanca’ dejó los primeros planos más bellos de la historia del cine: ese en que Ilsa le pide a Sam que vuelva a tocar ‘As Time Goes By’, el inolvidable en que revive con Rick su historia de amor en París y aquél en que, con los ojos llenos de lágrimas, parte con su marido abandonando una vez más a Bogart, mientras le jura que “siempre nos quedará París”. Por un sentido del deber que no llegaba a comprender, no se quedó con quien amaba. Que les quedara París, no fue una solución convincente para ella ni, mucho menos, para Rick. 

En ‘Por quién doblan las campanas’ encarnó a una republicana española, María. Su primer Oscar lo obtuvo en 1944 por ‘Luz que agoniza’, de George Cukor, donde aparece radiante, suave y malherida a la vez, acosada por un hombre sin escrúpulos y por sus recuerdos. 

Bergman estaba casada y tenía una hija. Durante la II Guerra Mundial, como otras actrices, viajó a diversos frentes europeos. En uno de ellos conoció al reportero de guerra Robert Capa, con quien vivió una intensa historia de amor. 

Cuando estaba en la cima de su carrera, en 1947, una película le cambió la vida. Se la había recomendado Capa, la vio en Los Ángeles y quedó fascinada por una forma de hacer cine como nunca antes había visto, así como por la interpretación de Anna Magnani de la muerte más sobrecogedora jamás filmada. 

"Me enamoré de Roberto en cuanto vi 'Roma, ciudad abierta'. Ya no pude borrarlo de mi pensamiento", escribió en su autobiografía. 

Un año más tarde, tras ver otra película de Rossellini, ‘Paisá’, le escribió una carta en la que decía: "Si necesita una actriz sueca que habla inglés, que no ha olvidado el alemán, chapurrea el francés y en italiano sólo sabe decir 'ti amo', cuente conmigo". Rossellini no desaprovechó la oportunidad. 

Protagonizó ‘Stromboli’ en 1950 y se enamoró del director. Como en la película, su romance se mantuvo en un incierto equilibrio entre la esperanza, la pasión y la tragedia. 

Ingrid decidió dejarlo todo por amor y se trasladó a Europa para convertirse en musa y amante del director italiano, protagonizando uno de los grandes escándalos de la época. 

Eran los años de la caza de brujas de McCarthy, y las iras de los bienpensantes cargaron contra la pareja. Intentaron hundir la carrera de la actriz, bloquearon sus cuentas, difundieron rumores de todo tipo y se escribieron miles de artículos descalificadores. 

"Me llegaban cartas atroces, cada sobre iba lleno de odio. En algunas ponía que yo ardería en el infierno por toda la eternidad. Otras decían que mi pequeño era hijo del diablo, (…) nacería muerto o sería jorobado (…). Me llamaban puta y fulana. No podía creer que me odiara tanta gente (…). Roberto me preguntaba por qué las leía si me afectaban tanto (...). Yo le respondía que era el único modo de encontrar cartas de amigos que me animaban y me apoyaban" 

Se casaron y fue el principio del fin de su relación. Ganó su segundo Oscar al tiempo que se divorciaba del hombre por el que lo abandonó todo. La pasión entre Bergman y Rossellini, como llegó, se fue. 

Recién obtenido el divorcio, ganó su segunda estatuilla, en 1958, formando pareja con Cary Grant en ‘Indiscreta', una divertida comedia. 

En sus últimos años, el teatro le dio más satisfacciones que el cine, aunque en 1974 ganó un tercer Oscar, esta vez como actriz secundaria, por su interpretación en ‘Asesinato en el Orient Express', de Sidney Lumet. 

A finales de los setenta se le diagnosticó un cáncer que no la apartó de su pasión por la escena. Apareció en 1978 en ‘Sonata de Otoño' de Ingmar Bergman, su último trabajo en el cine. 

No tuvo tiempo de recoger el Emmy por interpretar a Golda Meir en ‘A Woman Called Golda'. 

El 29 de agosto de 1982 murió después de una fiesta íntima para celebrar su 67 cumpleaños ofrecida por la familia y unos pocos amigos. Fue, sin duda, la cara más dulce, bella y encantadora del dorado Hollywood de los cuarenta. Venció numerosos obstáculos a lo largo de toda su vida, pero no al cáncer de mama.

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