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Aquí el Patrimonio se destruye con barrenos cargados de dejadez

Al tiempo que nos escandaliza que en el otro extremo del Mediterráneo un grupo de fanáticos descerebrados se empeñe en volar monumentos del pasado a base de dinamita, permanecemos impasibles mientras el nuestro se desmorona a consecuencia de la dejadez de una administración que, si alza un dedo, es para acusar al contrincante político



Miembros de la Asociación de Amigos de la Alcazaba en un acto reivindicativo contra el abandono de Fuente Álamo

Versovia.com / 04·09·2015

Asistimos atónitos y horrorizados durante los últimos años a las atrocidades que sádicos terroristas de un autodenominado ‘Estado Islámico’ (EI) perpetran sobre mujeres, niños y ciudadanos occidentales que, simplemente, no comulgan con el credo que dicen defender. Hombres decapitados, mutilados, quemados vivos o volados con un cordón detonante, como si fueran la traca final de una feria perversa y depravada. Mujeres raptadas, violadas y asesinadas. Niñas secuestradas y enviadas con cinturones de dinamita y todo tipo de horrores que ni tan siquiera la mente del más retorcido guionista de cine ‘gore’ es capaz de imaginar. 

Sus objetivos son, además, centros de atracción turística, como los hoteles y ‘resorts’ a los que los ciudadanos occidentales acuden a descansar y dejar unas divisas que contribuyen, en buena medida, al producto interior bruto de esos países. O lo que es lo mismo, los asesinos de EI se están dedicando a volar con explosivos el presente y el futuro de sus propios países. 

Pero no contentos con hacer desaparecer el porvenir y la esperanza de sus naciones, se emplean con denodado entusiasmo en hacer desaparecer cualquier huella de un pasado que fue, sin lugar a dudas y, como dijo Manrique, mejor. 

A comienzos de 2015, el EI dinamitó las murallas reconstruidas de la antigua ciudad asiria de Nínive. El 27 de febrero, asistimos impotentes al espectáculo de la destrucción del Museo de las Civilizaciones de Mosul y los leones de la Puerta de Nergal en Nínive. Apenas una semana después, el 5 de marzo, emprendieron la demolición de la ciudadela asiria de Nimrud, la antigua Calaj; dos días más tarde, el 7 de marzo, le tocó el turno a la antigua ciudad parta de Hatra, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1985, y al día siguiente, el 8 de marzo, arrasaron el recinto arqueológico de la también ciudadela asiria de Jorsabad, la antigua Dur-Sharrukin. 

El año pasado, numerosas iglesias cristianas, mezquitas y santuarios religiosos cristianos e islámicos de las provincias de Nínive y Kirkuk ya habían sido demolidos por el EI. En septiembre de 2014 destruyeron la Iglesia Asiria Verde de Tikrit, datada en el siglo VII. 

Las últimas imágenes nos vinieron desde Siria. El templo de Baal, en Palmira. Tras haber mutilado, decapitado y colgado de un poste el cadáver del arqueólogo cuidador del conjunto, Khaled al-Asaad, tan sólo unos días después un pelotón de descerebrados del EI distribuyó barriles repletos de explosivos por todo el recinto y redujo a escombros y arena lo que quedaba de un templo con más de dos mil doscientos años de antigüedad. Veintitrés siglos de historia hechos ceniza en apenas unos segundos, desapareciendo detrás de una nube negra de pólvora. 

Todos los amantes de la historia, de la belleza y el conocimiento alzamos nuestras voces y nuestra ira, con razón, ante tamaño e irremediable disparate. 

Sabemos que no es exactamente lo mismo, pero cuado contemplamos esas imágenes en los telediarios o en las páginas de los periódicos, no podemos dejar de pensar en otros tantos vestigios del pasado que lenta, pero inexorablemente, se deshacen bajo los efectos de la desidia, el abandono, la abulia y la dejadez de un sistema que sólo sirve para mantenerse a sí mismo. 

Las palabras cansan cuando no sirven para generar acciones que redunden en asegurar la preservación de nuestro tesoro histórico, testigo mudo y, al mismo tiempo, tan locuaz, de un pasado que hemos de estudiar para conocernos mejor y evitar cometer los idénticos errores en que ya incurrieron nuestros antepasados y supusieron, en muchos casos, la desaparición de civilizaciones enteras. 

No es necesario viajar hasta Níjar, que aquí, en el Levante, tenemos ‘cortijos del fraile’ y ‘castillos de san pedro’ de sobra. 

Hablaba Juan Grima hace una semana de la mezquita-iglesia-almazara de Serena, un ejemplo fiel de cómo tratamos aquí a nuestra historia. Un edificio que en cualquier país civilizado sería un monumento cuidado, a nosotros se nos cae a pedazos sin tan siquiera una mísera protección burocrática. 

¿Ejemplos? Los que quieran. El Oficio, un poblado argárico arrasado. Fuente Álamo, otro yacimiento abandonado a su suerte tras haber sido excavado, puesto en valor y rehabilitado por el Instituto Arqueológico Alemán, institución a la que Julián Martínez, cuando era director general de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía, prohibió invertir cien millones de pesetas más del año 1990 con las que pretendían consolidar y poner en valor las excavaciones del nivel del bronce. 

Gran parte de la Baria fenicia y romana sepultada, con el consentimiento de la administración, bajo los cimientos de urbanizaciones, y los hipogeos de su necrópolis, hoy abiertos, no hace tanto cerrados y usados como aprisco para las cabras por un pastor, que así los usó durante un año entero tras haber sido limpiados y rehabilitados. 

El Acueducto de El Real derribado y el de las Monjas degradándose por días. 

El Argar disolviéndose cada vez que sale el río Antas. La única inversión en él es la que hace, cómo no, el Instituto Arqueológico Alemán, que tiene ordenado a sus integrantes que, cada vez que pasen cerca de él, lo fotografíen desde enfrente para hacer un seguimiento impotente a la erosión que, por efecto de las riadas, sufre la meseta de limos y arcilla que lo sustenta. 

Qurénima con su acrópolis coronada por una balsa de riego. Teresa, otra mezquita-iglesia sin protección alguna y con la cima del cerro, donde vivían sus habitantes, minado por los agujeros de los furtivos. 

Sólo son botones de muestra del presente de nuestro pasado. Es probable que estas palabras inflamen la ira de más de uno, que no dudará en insultar a VERSOVIA y ACTUALIDAD ALMANZORA por comparar el resultado de las acciones de los terroristas del Estado Islámico con la repercusión que sobre nuestro patrimonio está teniendo el ‘hacer’ de los responsables que lo gestionan en, al menos, esta comarca. 

Sabemos que no violan mujeres, que no decapitan paisanos, que no destruyen estatuas a golpes de martillo ni templos a barrenazos. Tampoco decimos ni diremos tales cosas. También sabemos que todas las comparaciones son odiosas. 

Pero, no nos negarán, ni siquiera aquéllos que se sientan ofendidos y/o aludidos, que, parafraseando a Maquiavelo, el fin, al cabo, es el mismo. La consecuencia es idéntica: el legado de nuestros antepasados convertido en polvo, desapareciendo entero tras una nube, si no de dinamita, sí de desidia y olvido mientras los políticos responsables, si acaso mueven un dedo, es sólo para acusar a su adversario.

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