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Autorretrato y Qué bueno que existas, de Nichita Stănescu

La vida y la obra de Nichita Stănescu vienen indisolublemente ligadas a los acontecimientos políticos e históricos de la Rumanía del siglo XX



Nichita Stănescu
Versovia.com / 09·08·2015

Es, por tanto, inevitable, hablar, al referirnos a este escritor, de la época dictatorial de Ceauşescu, del clima social e intelectual de esos tiempos y, sobre todo, de la censura. Es este último factor decisivo para el quehacer literario de un poeta cualquiera, en tanto en cuanto su mensaje y su deseo de expresar lo que no puede decirse de otra manera quedan fracturados, oprimidos, quebrados por una lógica que no admite dobles lecturas, interpretaciones ni comentarios en contra del régimen. Stănescu terminará también escribiendo algún verso de alabanza a la nación para subsistir en su patria, mientras que su verdadera producción literaria (obra ingente, además) yace en los cajones, bien escondida de las manos de la Securitate (la implacable policía secreta del gobierno).

Nichita Stănescu nació el 31 de marzo de 1933 en Ploiești y acabaría sus dias en Bucarest, el 13 de diciembre de 1983 y ya en su infancia descubre el placer de la literatura, la música y el folclore de su tierra. En su adolescencia comienza a escribir algunos versos, principalmente recogidos en el volumen Argóticos, textos que prefieren el tono burlesco, banal y sorprendente y que irá ordenando a lo largo de varios años. Cursa estudios de filología en Bucarest y pronto inicia su debut literario, con obras muy bien acogidas como El sentido del amor(1960) y Una visión de los sentimientos (1964). Dos años después, las 11 Elegías (1966) son las que realmente revelan sus preocupaciones poéticas y vitales y las que ofrecen una viva muestra de su manera más auténtica de escribir, alejada de prohibiciones y censuras. Su figura en la escena pública del país y en el extranjero es trascendental: se traducen sus obras a multitud de idiomas y su casa es lugar de peregrinaje para sus admiradores. 

Fue considerado, quizás, el mejor poeta rumano de la segunda mitad del siglo veinte, y nombrado post-mortem miembro de la Academia Rumana.

Nichita Stănescu pertenece temporal, estructural y formalmente a la poesia modernista o postmodernista, que tiene un periodo de apogeo en Rumania entre 1960-1970. Fue laureado con el Premio Herder , creado para reconocer la literatura que se hacía en el ámbito del ‘Telón de acero’, en 1975 y en 1981 decorado con la orden al Mérito Cultural.

También sería nominado al Premio Nobel de Literatura en dos ocasiones: en 1980 y en 1984. La crítica alabó su dominio del idioma y su faceta de lingüista. El mismo solía decir que su patria era la lengua rumana.

Su debut poetico seria en 1960, con su obra Sensul iubirii ("El sentido del amor"). Es conocido en Rumanía como el poeta de los sentimientos, pero fue, además, un intelectual comprometido.

Muy valorado y apreciado desde sus inicios como poeta, y considerado, a veces, por la crítica literaria como el más importante poeta de la generación de 1960 que representa, en Rumania, una verdadera resurrección del lirismo. Nichita Stănescu muestra a sus lectores “el censo del amor” y “una visión de los sentimientos”, como bien lo dicen los títulos de sus poemarios de 1960 y 1964. Después, estas expresiones de la edad temprana y de su confianza en el tiempo que parece perdonar y permitirle todo al ser humano, su escritura se transforma en una lírica más intelectual (11 elegí – 11 elegias, 1966), obsesionada con el símbolo de la esfera perfecta y sus formas sobre la tierra. El mundo es un espacio de objetos, que el poeta ve y percibe como testimonios-formas de la situación trágica del ser humano en la época moderna excesivamente tecnificada.

Ese éxito en vida (ya en la escuela los alumnos se aprendían sus versos y lo estudiaban) solo podría ser parangonable al de Mihai Eminescu, el poeta romántico más célebre de Rumanía. Es precisamente la admiración por Eminescu un factor que debe destacarse en la lírica stănesciana, al igual que las inquietudes ante el paso del tiempo, la muerte, la pervivencia mediante la palabra y, en menos medida, el amor. Por ejemplo, a través de otra obra esencial como Las no palabras (1969), Stănescu intenta ahondar en los sentidos ocultos del lenguaje, yendo mucho más allá de una definición propia del diccionario, llenando a las palabras de nuevos contenidos potentes, cifrados, simbólicos e impactantes.

Falleció Stănescu a la temprana edad de cincuenta años, en 1983 a causa de una hepatitis y de varios problemas de salud relacionados sobre todo con el consumo de alcohol y deja tras de sí una de las obras más fructíferas e intrigantes no ya solo de la literatura rumana del siglo XX, sino de la europea en general, dejando como herencia sus poemas.


Autorretrato


Yo no soy nada más que

una mancha de sangre

que habla.



Qué bueno que existas 

Me sucede en la vida,
entonces, la felicidad que me brota
es más fuerte que yo y que mis huesos
que haces estallar en un abrazo
de dolor y maravilla.
Hablemos, digámonos palabras
aguzadas como el cristal de un cincel
que separa al río helado de su cálido delta,
al día de la noche, al basalto del basalto.
Lánzame felicidad contra el cielo,
mi sien se golpee en las estrellas,
mi mundo prolongado e infinito
transforma en columna o algo
mucho más alto y más urgente.
¡Qué bueno que existas, qué asombro existir!
Dos canciones somos, que se entremezclan,
dos colores, somos, que nunca antes se vieran:
uno, lo profundo de la tierra
y el otro, lo celeste, casi en jirones,
trenzados ambos en una lucha sin cuartel:
lo maravilloso que eres, el azar que soy.
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* Traducción de Autorretrato por Alexandra Cherecheş

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