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¿53 años sin Marilyn?


El 5 de agosto de 1962, la señora Murray, ama de llaves de Norma Jean, encontraba el cadáver de Marilyn Monroe tendido en la cama de su dormitorio en su casa de Brentwood




Marilyn en la conocida escena de La tentación vive arriba

Javier Irigaray / 05·08·2015

"Olvida su hermoso cuerpo, mira solo su rostro. No creo que nadie pueda expresar su alma mejor que el conjunto en movimiento de sus ojos, nariz y boca..... Yo la amé mucho, me necesitaba y siempre que pude me tuvo. Lo malo de ella fueron los políticos influyentes que le proporcionaban esa corte de hijos de puta que siempre la seguían a todas partes”.
                                                         Marlon Brando

Marilyn Monroe, vestida de Sugar Kane, recorría el andén con apenas un escueto equipaje y el maletín en que portaba el ukelele. El garbo de sus pasos, tan sólo alterado por el escape de una caldera de vapor que quiso acariciar sus tobillos, forzaba en los rostros de Tony Curtis y Jack Lemmon las expresiones más conseguidas, por espontáneas, de la historia de la interpretación cinematográfica, mas nuestra memoria repite una y otra vez la silueta de la actriz y el pequeño trote exigido por el aliento del tren. Así nos introdujo el dios Billy Wilder a Norma Jean en Con faldas y a lo loco (traducción de Some like it hot obligada por la censura de la época), una comedia que compartieron.

Billy Wilder ya había dirigido a Marilyn en La tentación vive arriba. No han sido, probablemente, las piernas más bonitas pero, con total seguridad, cuando cerramos los ojos y queremos recordar las extremidades inferiores de una mujer, no podemos evitar que nuestra memoria sea asaltada por aquellas descubiertas por un respiradero del metro de Nueva York en la puerta de un drugstore bajo el vuelo de una falda plisada blanca. Contaremos con los dedos de una mano a quienes recuerden, sin asomarse a ninguna biblioteca, que a su lado había un tipo, enorme actor, llamado Tom Ewell. Como mucho, los de la mano izquierda del gran Hound Dog Taylor.

En cambio, la última imagen tomada de Norma Jean no corresponde a una foto de Marilyn Monroe. En el retrato, la actriz da la espalda, definitivamente, al mundo y el foco de atención recae en el brazo de un agente de la policía cuyo dedo índice, al final de la oscura manga de la americana, señala un frasco vacío, sobre la mesilla, de Nembutal buscando, en un ejercicio propagandístico de manual, la complicidad de la imagen con el mensaje que interesaba difundir.

El juez de primera instancia Theodore Curphey encargó la autopsia de Marilyn Monroe al patólogo-ayudante Thomas Noguchi, que se sorprendió por la asignación debido a su, entonces, escasa experiencia. Noguchi encargó los preceptivos análisis de sangre, vísceras y fluidos corporales. El examen del cadáver descubrió la existencia de algunos pequeños hematomas que no revestían suficiente importancia como para poder hablar de violencia ni, mucho menos, causa de muerte. No se halló rastro de inyecciones. No se encontraron huellas del paso de Nembutal por su estómago, a pesar de que faltaban 40 pastillas de las 50 que contenía el frasco que había en la mesita y contrariamente a lo que cabía esperar de los 8,0 mg de hidrato de cloral hallados en la sangre y los 13,0 mg de pentobarbital (Nembutal) encontrados en el hígado, en ambos casos dosis ciertamente mortales. La sorpresa del forense fue mayor cuando, para verificar la hipótesis de la administración de los barbitúricos mediante un enema, que era la única compatible con su hallazgo en sangre e hígado y ausencia de rastro alguno en estómago, requirió al toxicólogo jefe, Raymond J. Abernathy, semanas después, la repetición de algunos análisis y la realización de los concernientes a algunas vísceras que no se habían hecho con anterioridad a pesar de ser obligadas por el protocolo forense, éste le confesó que se habían deshecho de ellas.

El médico forense se limitó a certificar su muerte y expresó su convencimiento de que se trataba de un suicidio, pero dejó constancia de que no existía rastro de Nembutal en el estómago de Norma Jean.

Tampoco está claro por qué la sra. Murray, ama de llaves de la actriz, unas veces declaró haber hallado el cadáver  pasada la medianoche y otras precisaba las 03:00 am del 5 de agosto de 1962; ni por qué la policía no llegó al dormitorio de la casa de Brentwood hasta las 04:25. Tampoco se sabe que fue del diario de Marilyn, cuya existencia en la habitación señala el informe policial y del que no se ha vuelto a saber más.  Nunca se conoció el contenido de las cintas aportadas por la compañía telefónica con la grabación de las últimas llamadas realizadas por Marilyn. Ni la agenda que llevó al entonces presidente John F. Kennedy a volar hasta Los Ángeles horas antes del fatal desenlace. Demasiados cabos sueltos en una investigación unidos a la voracidad de la prensa amarilla y la necesidad imperiosa de dinero por parte de un arruinado Norman Mailer, no tardaron en tejer la trama que urdió una teoría de la conspiración que, aún hoy, llena páginas en todo el mundo.

Norma Jean Mortenson, bautizada Norma Jean Baker, construyó a Marilyn Monroe, un personaje que la sobrepasó y trascendió, y en plena lucha para ser tomada en serio por un entorno y una industria que no veía, que no quería ver a la actriz, sino al juguete frívolo, al mito erótico puesto a la venta, su muerte, la de Norma Jean, fue un último sarcasmo, la broma postrera de su destino. Tres globos de oro pinchados por el afilado vértice de su icono.

Hoy, cuando se cumplen cincuenta y tres años de la muerte de Norma Jean, Marilyn Monroe nos pertenece, forma parte de nuestra memoria sentimental, de nuestra cultura, todavía está con nosotros, en concreto y en abstracto.

                                                                                                                      

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