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Poeta y medio

Cuentan que Valente solía decir que en su generación poética, la del cincuenta, había, escasamente, poeta y medio


José Ángel Valente

Javier Irigaray / 22·07·2015

Cuentan que Valente solía decir que en su generación poética, la del cincuenta, había, escasamente, poeta y medio. Los más de ellos pensaban que el medio debía ser Claudio Rodríguez, al que manifestaba público reconocimiento, pues todos daban por sentado que el poeta entero era el de Orense, mas hubo, también, quien estaba convencido de que Valente, solo, era el poeta y medio. 

Este chascarrillo, que circula por las veredas del mundo de la poesía, expone la soberbia que se imputa al poeta gallego y justifica el prejuicio que suele portar el lector no iniciado cuando se enfrenta, por primera vez, a la obra de Valente. 

Pero, tras una aproximación iniciática, se descubre una poesía ciertamente esteticista pero, al tiempo, ágil y directa, que trata los asuntos que han sido argumento persistente de la lírica de todos los tiempos: el amor, la vida, la muerte, el sentido de ambas… Una poesía que se deja seducir por la tradición mística de nuestra literatura, mas nunca pretende ser un catecismo ni, mucho menos, una religión, aunque debo admitir que la poesía nunca es fin en sí misma, sino que sufre una última y fundamental transformación siempre que alguien la procesa al otro lado del verso. 

Nos vamos acercando a Valente y, más allá del adusto profesor que contrató la Oxford University antes, incluso, de que terminara su licenciatura en Filología Románica, lo que, dicho sea de paso, contribuye, y no poco, a inflar algo los humos hasta del más modesto de los mortales; más allá del joven y circunspecto diplomático español ante la UNESCO, se nos revela, además, al poeta que quería ganarse a toda costa el reconocimiento de una María Zambrano que no dudaba en tratarlo con un desdén y una desconsideración difíciles de distinguir, en ocasiones, de la humillación, lo que no hacía mella en el fervor que sentía el de Orense por la anciana filósofa malagueña. 

Imagino, con ternura, a Valente, abrigado hasta las orejas, abriéndose paso a duras penas por el camino, atestado de nieve, de acceso a la casa que su vecina tenía junto al Jura con el propósito de dar de comer a sus gatos mientras ésta andaba de viaje en pos de alguno de los reconocimientos que por entonces le llovían a uno y otro lado del Atlántico, consciente, por supuesto, de que el eficiente resultado de tal empresa, hercúlea y descomunal para sus magras fuerzas, no comportaría, jamás, estímulo o satisfacción alguna. 

Tampoco suele referirse que escribió una obra de teatro en tres actos y un entremés. Como era su primera incursión en el mundo de la dramaturgia, Valente decidió acudir a su admirado Buero Vallejo a fin de que éste leyera sus piezas y le aconsejara al respecto. Un par de días más tarde, regresó al domicilio del dramaturgo y éste le aconsejó “dedíquese usted, mejor, a la poesía”. El poeta, tras agradecer a D. Antonio el tiempo dedicado, marchó hasta su domicilio y quemó su obra, aunque salvó el entremés. Siguió el consejo y se dedicó a la poesía. Nunca más escribió teatro. 

Valente llegó a Almería, con la salud maltrecha, huyendo de la humedad y del frío que le acompañaron toda su vida, desde el nacimiento en Orense, los estudios en Santiago, su periplo laboral por Madrid, Ginebra, París… No tardó en integrarse en la ciudad espejo del sol y, más concretamente, en La Chanca, barrio con el que mantuvo una mutua relación de amor. Gran amigo de Goytisolo, decía que “a mí y a Goytisolo nos quieren mucho en La Chanca. A Juan un poco más, porque él llego antes”.

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