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La huella de Celia Viñas en el Levante almeriense


Diez años bastaron a esta singular profesora de Lengua y Literatura Española, que el pasado 16 de junio hubiera cumplido 100 años, para dejar su impronta en una provincia aún dormida en el gris sopor de la posguerra


Celia Viñas y, a su izquierda, Tadea Fuentes

Versovia.com / 18·06·2015

Pero su personalidad trascendía en mucho a la capital y dejó una estela que aún perdura en nuestra comarca y habita rincones queridos en Antas y en los corazones de sus alumnos de Mojácar, Huércal, Vera y la capital del mundo argárico. 

El primer contacto con Almería lo tuvo Celia Viñas en nuestra comarca y lo describe en una carta a su familia en la que mostraba su sorpresa ante el paisaje, inédito para ella: 

“Huércal Overa ya es Almería y la Almería leyenda negra. Y más allá de Huércal… ¡Oh! Un verdadero paisaje lunar, montes y montes y más montes completamente pelones sin un arbolillo, sin una mísera yerba. Una acuarela sin el verde. Cielo y monte. Nada más… En Cuevas subió una avalancha de mendigos, mendigos de todas las clases, niños, ancianos, mujeres y pronunciando perricas con una elevación ya característica de la voz, muy de Almería. Aquí la gente no habla muy andaluzado, tan solo en las ‘s’ se nota el Sur de España… y abren mucho las ‘e’… pero lo característico es hablar en un tono elevadísimo, casi a gritos…” 

Inmortalizará en su obra el Levante almeriense. En la novela ‘Viento Levante’, el cadáver del protagonista, Pedro Duimovich, aparece precisamente en un paraje próximo a El Argar: 

“Cerca de un pueblecillo de la provincia de Almería, Antas, en un lugar conocido con el nombre de Cajete, se ha encontrado ya casi en descomposición …” 

Otra novela, inacabada, ‘La peregrinita’, transcurre entre Zurgena, Garrucha, Mojácar, Cuevas, Vera y, también, Antas. 

A las monjas de Antas dedica todo un capítulo, titulado ‘Santo, santito’, de su ‘Canción tonta en el sur’. A sor María Zurita brindará unos versos con motivo del 50º aniversario de su Consagración, también lo hará a sor Luisa y sor Manuela, al igual que a don Gonzalo, párroco de Antas. Numerosos son los dedicados a Gabriel Espìnar y Tadea Fuentes. 

En el convento antuso se alojaba para descansar y recuperarse del desasosiego y las tensiones que le producían sus numerosas actividades. Pasaba deliciosas veladas en medio de bromas y alegría. Se la podía ver montando en burro por la calle del Aire, o paseando con Tadea, sor Luisa o sor Manuela por los Llanos y el Camino de las Monjas, El Argar, La Pernera, río arriba y abajo o hasta Jauro y Lugarico Viejo. 

Cuando murió, la amortajaron esas mismas monjas. Sor Luisa la recordaba “siempre alegre, sonriente y dispuesta a dar la mano a cuantos la necesitaran, fue el paño de lágrimas de muchos pobres y ayudó económicamente a varias niñas de Antas para la compra de libros… El mismo día de su entierro muchos pobres del barrio lloraron a Celia como a una madre, pues yo bien sabía de las ayudas que les hacía sin ruidos, sin que la mano derecha se enterase de lo que hizo la izquierda”. 

La conexión de Celia Viñas con nuestra comarca se encarnó en sus alumnos, sobre todo en Tadea Fuentes y Gabriel Espinar, sus predilectos. 

Espinar, aunque nacido en Algeciras, desde 1952 hasta su muerte, en 1996, vivió en Huércal Overa, donde obtuvo plaza como profesor en el Instituto Laboral, que después lo sería de enseñanza media, y del que fue director durante los 25 últimos años de su carrera. 

“Celia Viñas era una fuera de serie -respondía Espinar a preguntas de José Carlos Villanueva-. Explicaba de maravilla y terminó cautivándome esa profesión. Nos dio a conocer autores como Machado, Lorca y en general a los del 27; y esto teniendo en cuenta que sólo se llegaba en la programación hasta el siglo XIX”. 

“Me gustaría subrayar algunas cualidades –abundaba el alumno-: la mirada franca y a los ojos, la voz, una maravillosa voz, levemente enronquecida, con ciertos contagios del habla materna. Luego estaba el entusiasmo”. 

Subrayaba Espinar el compromiso de la señorita Celia con sus discípulos: “Yo no he visto llorar por sus alumnos, como lloraba ella, cuando a algún alumno se le atropellaban sus derechos. La generosidad para ayudarnos en alguna necesidad. Yo tuve que negarme, un año en que mi padre se quedó sin recursos para que yo fuera a estudiar y tuve que quedarme en Almería para seguir los cursos tan lejanos de Madrid, y ella se ofreció a ayudarme”. 

Tadea Fuentes fue, más allá de una alumna destacada, su gran amiga y confidente. Compusieron juntas ‘Plaza de la Virgen del Mar’, una obra de teatro, y fue tal la fascinación mutua que sentían que Tadea cambió la profesión de farmaceútica a la que parecía predestinada, por la misma de su profesora. Fue precisamente Tadea quien sustituyó a Celia Viñas en las clases de Lengua y Literatura en el Instituto de Almería. 

Su amistad empujaba a la señorita Celia hasta Antas, muchas veces en el coche del padre del abogado José Caparrós. 

“Vi –recuerda Caparrós- ‘Sólo ante el peligro’ con ella y con Tadea en Almería. Alababan la excelente interpretación de Gary Cooper y el valor de un hombre contra todo un pueblo. Los viajes en el coche trabaron un especial afecto entre nosotros. No se cansaba de repetirme que leyera, que era importantísimo. Un día me sorprendió leyendo a Goethe y, junto con Tadea, me dio una lección que me dejó pasmado. Seguramente habrían hablado sobre el autor alemán, Tadea estaba ese año preparando oposiciones, pero la lección me la dieron a mí. Dejó un sello extraordinario en Almería. Yo estaba allí cuando murió y el entierro fue espectacular. Acudió la familia entera de sus alumnos. Fue todo un acontecimiento. La gente lloraba”. 

“Mi recuerdo de Celia –evocaba José Fuentes, hermano de Tadea- es el de una mujer vitalista cien por cien, muy amable con los alumnos pero muy exigente en cuanto a la asignatura. Recuerdo una conferencia de Gerardo Diego en la Biblioteca Villaespesa Era el poeta del momento y me dijo ‘tienes que hacer la crónica de la conferencia para el periódico de mañana’. Nunca olvidaré un día, la noche antes de san José. Me encontré una tarta en casa con una nota que decía ‘Para que no te vayas a la ciudad Inca. Celia’. La ciudad Inca era como llamábamos a una zona de las afueras. Me enteré de su muerte una tarde estando en el campamento Montejaque. Me senté en una piedra y allí estuve…”. 

Otro de sus alumnos, el veratense Ezequiel Navarrete, jamás olvidará una excursión. “Era el año 43 o 44. Yo tenía una bicicleta, algo que no abundaba en aquel tiempo. Se había organizado una excursión a El Alquián. Celia me pidió la bicicleta y se dio una vuelta. Ella era poeta y fue la ‘lírica de la bicicleta’ en un poema que le dediqué”. 

“Celia padecía fibroma uterino –explicaba Miguel Sáez, un mojaquero ya jubilado tras toda una vida como cirujano en Nueva York-, lo que le producía unos periodos muy dolorosos con hemorragias tremendas. Ella ansiaba tener hijos, pero los médicos le desaconsejaban quedarse embarazada por su enfermedad y porque ya era mayor para ello. Tenía 39 años”. 

D. Bernardo Ávila, actual párroco de Antas, recordaba que “el contacto que tuve con Celia fue el de examinarme varias veces con ella y saludarla aquí. Solía venir de retiro espiritual. Ella decía que en Antas se encontraba con sus pensamientos y con Dios y, de esa manera, era feliz”. 

Gabriel Espinar, Tadea y José Fuentes, Ezequiel Navarrete, José Caparrós, Miguel Sáez, Bernardo Ávila, junto a Beatriz Caparrós, Aurelia Sánchez y Eulogio Jerez, huellas de Celia Viñas en el Levante almeriense.


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