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Sumisión, de Michel Houellebecq. Reseña

Llama la atención Houellebecq sobre el importante papel de la educación como reproductora de la cultura, la estructura social y la económica 




Michel Houellebecq

Javier Irigaray / 23·05·2015

Sumisión más allá del Islam


Aquellos cambios que se producen a lo largo de la historia y que la distancia en el tiempo nos hace ver como extremadamente excitantes, suelen ser asumidos con una naturalidad pasmosa por quienes los viven en directo.

Me contaba José María Ridao que, durante su vida en Angola, le llamaba poderosamente la atención cómo en la Luanda azotada por la guerrilla de Savimbi, las mujeres se detenían en las esquinas a charlar, entre el fragor de los disparos de mortero de la artillería rebelde, sobre las travesuras de sus hijos, los precios de la cesta de la compra o intercambiar sus trucos para guisar el pollo moamba.

También vivió Ridao en su destino en Moscú la descomposición de la Unión Soviética, sorprendido de que la gente siguiera a lo suyo. 300 millones de individuos cambiaron el comunismo de estado por el capitalismo más extremo como si la cosa no fuera con ellos.

Michel Houellebecq es francés y sabe de sobra que no todos sus compatriotas estuvieron levantando adoquines buscando la playa de París hace exactamente 47 años y lo eficaces que fueron adscribiéndose en tiempo récord al tercer reich. Son cosas que pasan y han pasado en todas partes. También aquí.

El tránsito de la socialdemocracia al islamismo en la Francia de 2022 sirve al autor de ‘La partículas elementales’ en su última ficción para llamar la atención sobre ésta y otras cuestiones.

No es extraño que el protagonista de la novela, ese nihilista tan frecuente en las historias de Houellebecq, viva ese tránsito más preocupado por el adecuado funcionamiento de su polla que por lo que sucede en un país que cambia radicalmente de usos, costumbres y guías ideológicos.

No es casual que el escritor base el argumentario de la Hermandad Musulmana en fervorosos católicos como Chesterton ni que François, el profesor de la Sorbona cuyas peripecias son el hilo conductor de la obra, sea un especialista en Huysmans, el pesimista y decadente escritor que acabó convirtiéndose a un misticismo católico extremo.

Cuando todo hace prever una inevitable guerra civil, lo único que ocurre es la desaparición de faldas y escotes y un cambio de costumbres e, incluso, de dieta, que toda la comunidad acepta con naturalidad.

Llama la atención Houellebecq sobre el importante papel de la educación y rescata el concepto de ‘reproducción’, sobre el que ya alertaba la izquierda francesa de los 70 y los pedagogos Bordieu y Passeron en particular. Se refiere al papel de la educación como reproductora de la cultura, la estructura social y la económica a través de estrategias de clase, de ahí que sea la última trinchera que el Partido Socialista acaba por ceder para apoyar a la Hermandad Musulmana, “quien controla a los niños controla el futuro. Punto y final”.

El protagonista es despedido de su puesto de profesor en la Universidad de la Sorbona-París III cuando ésta pasa a ser un centro de enseñanza islámico. No le importa. Cuando se descubre reflexionando acerca de Dios recurre a tomarse una botella de ron y decide convertirse tras recibir una oferta para reincorporarse tras descubrir que la nueva situación le permite disfrutar de, al menos, un par de mujeres sumisas a su servicio. Una para la cocina y otra para el sexo.

No creo que sea baladí el que Houellebecq haya titulado la novela con el significado de la palabra con que los musulmanes nombran su religión en todos los idiomas conocidos: ‘Sumisión’. Y es que Michel Houellebecq, fiel a su estilo, muestra realidades que nunca queremos ver. En el caso que nos ocupa, el de la dejación de responsabilidades por parte del hombre. Su pasividad ante los acontecimientos que inexorablemente conlleva al triunfo de quienes actúan. Habla de sumisión más allá del Islam.

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