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‘Suite francesa’, un paseo sonámbulo de Michelle Williams en tiempos de guerra

Esta adaptación de la excelente novela de Irène Némirovsky sobre la colaboración francesa con los nazis resulta fláccida, almibarada y desapasionada


Michelle Williams and Matthias Schoenaerts en 'Suite francesa'
Peter Bradshaw / 14·03·2015

Más parece un anuncio muy solemne, una odisea de oropel, este diario sobre la colaboración del pueblo francés con la Alemania de Hitler durante la II Guerra Mundial. Una adaptación extraña y horrible de la novela póstuma de Irène Némirovsky, cuya complejidad y sutileza de los diferentes puntos de vista narrativos que aporta son abandonados a favor de clichés almibarados, monótonas voces en off y una preocupantemente horrible actuación de los protagonistas. Tenemos jornaleros sobresalientes en el arte de robar gallinas, damas estiradas, ceñudos franceses en las polvorientas plazas de los pueblos, soldados alemanes buenos, soldados alemanes malos… de todo menos una radio escondida en los tubos de la cama.

Suite Francesa’ incluye dos de las cinco partes de una epopeya sobre la ocupación, que se inició en tiempos de la propia Némirovsky, una católica conversa en París, judía y rusa de origen, cuya carrera literaria fue aplastada por los nazis, y que murió víctima del Holocausto en 1942. El manuscrito de las dos primeras partes terminadas, Tormenta en junio y Dolce, sobrevivió en posesión de su hija y ambas se publicaron conjuntamente en 2004 con enorme éxito. La notable valentía de la autora, su talento y destino final le confieren una excepcional autoridad sobre su interpretación de la ocupación, y no hay misterio insondable e ironía en considerar si Suite Francesa era una premonición de lo que finalmente ocurrió. Las últimas palabras de la película señalan que la guerra continuaría cuatro años más. No es algo que Némirovsky pudiera haber sabido.

La película se centra en Dolce, y representa el escenario bucólico y tóxico de un pequeño pueblo en el que una unidad alemana acepta la servil sumisión y colaboración de las autoridades. Michelle Williams encarna el papel de Lucile Angellier, una mujer francesa infelizmente casada con un soldado desaparecido en acción, ahora aún más infeliz al vivir con su feroz suegra, Madame Angellier (Kristin Scott Thomas), que es odiada por sus arrendatarios debido a los altos alquileres que les obliga a pagar. Madame Angellier piensa que Lucile nunca fue una esposa digna de su amado hijo, y está, además, disgustada por tener que aceptar que un oficial alemán viva en su casa: Bruno von Falk, interpretado por Matthias Schoenaerts. Él resulta ser guapo y sensible. Es un amante de la música al que le gusta tocar el piano de Mme Angellier y está trabajando en una delicada composición. El solitario Von Falk se insinúa a la atractiva Lucile... y ella a él.

La película nos ofrece una profética imagen de la forma en que algunas mujeres francesas fueron tratadas después de la guerra. Aquellas que habían convivido con los alemanes fueron expuestas a la vergüenza con la cabeza rapada, una táctica de distracción misógina de los hombres que querían distraer la atención sobre su propia y mucho más grave actitud de colaboración con los nazis. Hay escenas nítidas y oportunas en las que Von Falk debe discernir mediante todas las cartas y denuncias anónimas, cómo la ocupación dio el pueblo conquistado una oportunidad a pesar de represalia masiva. Esta película, al igual que cualquier retrato de la época, es una buena ocasión para preguntarse cómo podríamos habernos comportado en una situación similar.

Pero esta película debe sostenerse o caer por su historia de amor entre la afectadamente romántica Lucile y el oficial de la Wehrmacht, en el fondo decente, Von Falk. El Führer, con mucho tacto, no es nunca mencionado. Esta historia de amor tiene toda la pasión de una cerilla mojada. Schoenaerts lo intenta, pero no muestra nada de la energía y la sexualidad que derrochó en películas anteriores. Y en lo que toca a Lucile... bueno, Williams parece que tiene acceso a cantidades masivas de tranquilizantes e inhibidores de la IMAO. Su personaje francés deambula sonámbulo y convierte cada escena en un sopor inexpresivo. No hay peligro de que esta historia de amor rivalice con el estridente Concierto de Varsovia de la película Escuadrón suicida, de 1941. Es más como Té para dos.

Kristin Scott Thomas está bien como Mme Angellier, y es capaz de vertebrar un poco escenas quede sin su aportación resultarían endebles, pero su personaje parece encerrado en un fastidioso disgusto, con ojos vidriosos a todo lo que está pasando a su alrededor. Lambert Wilson y Harriet Walter interpretan a dos snobs colaboradores: el alcalde y su aristocrática esposa, que, no obstante, encontrarán la redención de los suyos en una escena que debería ser de infarto, pero que es extrañamente decepcionante; el prólogo de un final aún más absurdo. Esta Suite francesa es un canto fúnebre, azucarado y superficial.

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