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El solitario inglés, de Ismael Urdaneta

Alistado en la Legión extranjera francesa, recorrió Grecia, Rusia, Los Dardanelos, Francia, España... y acabó descerrajándose un tiro



Ismael Urdaneta

Eduardo Montes / 22·02·2015

El 29 de septiembre de 1928, como dejándose llevar la mano por alguna de sus muchas predicciones poéticas sobre la muerte, Ismael Urdaneta, el poeta legionario, el poeta vagabundo, se disparó un balazo al corazón. Dejaba dos cartas, una para su hermano, otra para Pedro Rivero, escritas horas antes. Todo su testamento estaba escrito de hacía tiempo, un tiempo por él vivido y comentado. Urdaneta fue el poeta de la Legión Extranjera y uno de los primeros ‒junto con Udón Pérez, pero con más profundidad y sistema que éste‒ en consignar la aparición del petróleo en Venezuela, imprimiéndole al verso un ritmo de prosa dura y agresiva.

Eso con sabor a muerte: La Legión Extranjera

En 1921 Ismael Urdaneta ‒nacido en 1885, viajero impenitente‒ estaba de paso en Caracas. En esa oportunidad dio una conferencia, a la que llamó Mi vida en la Legión, título asimismo de un libro de memorias que ofreció publicar, pero que nunca se llegó a conocer, tal vez ni a escribir.

La Legión Extranjera, tan popularizada en los films anteriores a la II Guerra, ha sido un depósito de lo desconocido. Allí han crecido hongos del pasado, flores del olvido. Allí ha habido valor sin límite y disciplina férrea. Y tras la Legión Extranjera ha marchado más de una intervención en tierras extrañas a la francesa.

Louis Saurel, en L’Histoire pour tous, album semestral Nº 6, noviembre de 1962, ha contado la vida de la Legión Extranjera y suministrado selecta bibliografía sobre el tema. Fue creada la Legión en 1831 por orden de Luis Felipe y sólo podía ser utilizada fuera del territorio francés. Sus primeras intervenciones fueron en Argelia y España, en esta última contra los carlistas: entraron cuatro mil hombres en 1835 a España. Tres años después quedaban sólo quinientos. Luego participó la Legión en la Guerra de Crimea, en la de Italia y en la infeliz intervención francesa en México, decretada por Napoleón el Pequeño y que culminó con las más extrañas de las combinaciones, Maximiliano, cantos de colibríes y Carlota reducida bajo la coraza erótica. En la historia de la Legión la aventura mexicana tiene un nombre, por cierto casi nunca mencionado por los mexicanos: Le combat de Camerone (30 de abril de 1863). Allí fueron cercados los legionarios y según los cálculos más exagerados el combate fue de 60 contra 500, habiendo perecido los 60 legionarios mientras que los mexicanos habrían tenido unas 240 bajas. Algo heroico, un sordo sacrificio.

Más tarde la Legión interviene en empresas coloniales como Dahomey, Madagascar, Marruecos. Y finalmente ‒un final escogido por nosotros, porque corresponde a la incorporación de Ismael Urdaneta en la Legión‒ la Primera Guerra Mundial. Después vendría una etapa sucia: la guerra de Indochina y la de Argelia.

No hubo colonia, ni teatro de guerra, ni fondo de mar, donde no quedará el cadáver de un legionario.

Es la misma Legión de Blaise Cendrars, de Alan Seeger

La guerra del 19 despertó sentimientos de “causa noble”. En la Legión, afiliada esta vez al bando bueno, ingresan escritores y artistas y hasta industriales “artistas como Kisling y Albert Erlande, escritores como Blaise Cendrars que perdió un ojo y un brazo en combate, y el americano Alan Seeger, cuyo poema, aquel que comienza por este verso.

I have a rendez-vous with Death

(Tengo una cita con la Muerte),

que él escribió poco antes de ser muerto, se hizo célebre” (Saurel). Y ya veremos como el rendez-vous tiene mucho parentesco con el legionario y poeta Urdaneta, tantas veces citado con la Muerte.

En el poema que él leyó para finalizar su conferencia de 1921 (Oropeles) y que en 1927 aparecerá en Cantos de Gloria y de Martirio con el nombre de He sido uno de tantos, Ismael Urdaneta, dándole a la palabra poética un matiz confesional que en 1928 acentuará terriblemente, con voracidad de infinito, se autorretrata. Todavía es un poeta con destellos de una épica que echa a perder los mejores versos, sonoridad de tambor y de mayúsculas que muy joven había manejado con destreza en los alejandrinos de Los Libertadores o en el Canto Heroico a Venancio Pulgar. En la primera estrofa, confiesa Urdaneta que fueron cinco los años de Legión, pero trata de eludir la verdad (su pierna amputada) diciendo: … “La muerte / no quiere de mi piel, y ni siquiera de un brazo”…

En la segunda estrofa, la más sobria, alude al rendez-vous de Seeger:

Y mi curiosidad negra y maldita

dada a todos los diablos y a los cielos,

insatisfecha fue en los Dardanelos,

y Servia y Macedonia y Rusia. Cita

me dio el destino en varios puntos, pero

‒fuera por elegancia o por capricho‒

el rendez-vous quedóse en lo ya dicho

aunque siempre llegara yo el primero.

Esta obsesión de muerte ‒eludida o aludida‒ podrá encontrarse en uno y otro poema suyos. Antes de localizar esa muerte intuida, buscada por propia mano, dejemos que Ismael Urdaneta relate su vida en la Legión.

“Mi Vida en la Legión” (1921)

Durante la noche del 12 de noviembre de 1921, en el Teatro Nacional reinaba curiosidad. Urdaneta iba a leer su conferencia sobre la vida en la Legión Extranjera, entonces una de las leyendas más amadas por el público. La Legión era el misterio, la aventura, la vida entre criminales que huían del pasado, el alcohol. Era una tentación para las correrías imaginarias de aquellos venezolanos encerrados en una Caracas pequeña y rutinaria.

Comenzó su conferencia Urdaneta recordando que ese día hacían tres años justos del telegrama del Mariscal Foch en que ordenaba el cese de las hostilidades. Luego aclaraba que no iba a contar una historia tartarinesca ni rodeada de idealismo como la de Don Quijote: que quería ser franco antes que engañar a los oyentes con “la impunidad del mentir de las estrellas, puesto que vengo de muy lejos como Simbad el Marino”.

Al estallar la guerra, Urdaneta se encontraba en las filas del 1er. Regimiento Extranjero, Bel-Abbes, Argelia. Era agosto del 14 y en cuatro meses “aún no podía considerarme como soldado”. Fue trasladado al poco tiempo al Hospital debido a un ataque de reumatismo. Pasó un mes de convalecencia en Arzew, balneario de Orán.

Los primeros tiempos fueron de buena cocina, sin trabajos. La monotonía lo aburre y los Dardanelos lo seducen. Es la imantación de la guerra, el deseo que crece y crece. Urdaneta recurre a una treta para que lo incorporen a la pelea. Aborda directamente al Coronel, le dice que es de la Compañía 25 y que está dispuesto a sufrir el castigo que supone el tratar directamente sin pasar por la “vía jerárquica”. Al Coronel le simpatiza la audacia del poeta. Y en este punto Urdaneta introduce otro elemento destinista, otra alusión a la muerte. Un pobre legionario austríaco le pide:

Urdaneta, puesto que quieres partir dile al Coronel que me borre de la lista, y te envíe en mi lugar. Yo nunca he sido soldado. Hazlo por mis dos hijos

“Le cumplí el encargo pero no lo borraron, acaso por el contraste de la actitud. A los pocos días de llegado a los Dardanelos un obús le llevó las dos piernas. El pobre; su corazón no le había engañado. En Galípoli duerme el último sueño, en la paz de aquella lúgubre fosa en que yacen confundidos 100.000 hombres muertos en la flor de la vida…”.

De Orán a Bizerta, el vino, el estallido de los obuses

Orán tiene sus playas, dice Camus; un mar que ruge poco, en contrabajo, sepultado en azul crudo de cielo. Al embarcarse en Orán lo que vio el poeta fue “el rojo lejano de la lucha” y un vapor que depositaba un cargamento de heridos. Más que el Orán de Camus, el del lápiz de Boris a Taslitzky.

Zarpó el trasatlántico Paúl Lecat, “después de haber recogido un contingente de zuavos en Argel, y uno de tiradores argelinos en Bizerta”, en cuyo hospital, en 1915, escribiría su poema Galípoli:

Aquellas trincheras, por el mes de agosto,

‒¡a cinco y diez metros!‒ se miraban frente

a frente, en el frente lejano de Oriente…

donde la repetición de palabras cumple una función fuera de la retórica, de la preceptiva.

Zuavos y legionarios vivían en pique. Una canción de moda reflejaba la viva admiración de Francia por los zuavos: “Para ser bravo hay que ser zuavo”, y tal gloria exasperaba a los legionarios que se creían los mejores soldados del mundo. Urdaneta, al narrar los combates en los Dardanelos, alaba al soldado francés, no así al inglés, al que considera mediocre. Los legionarios, entre ellos Urdaneta, habían tomado Galípoli; fue una decepción dejarle el puesto a los ingleses:

“Recuerdo que en noviembre de mil novecientos quince, en la frontera servio-bulgara, antes de la retirada famosa, el enemigo nos envió una granizada de obuses, en la corrección de un tiro que hacía a un picacho vecino, ocupado por los ingleses, porque éstos habían señalado su presencia poniéndose a jugar el foot-ball”.

Aquí surge una aclaratoria interesante y salta una chispa en el ingenio del poeta legionario. Antes que misterio, voz popular es la de que en la Legión se refugia toda la gama de marginados sociales y que en ella el alcohol corre a chorros. Urdaneta asegura que nada hay como un cuarto de vino en campaña, pero aclara que es mentira lo de que los legionarios iban al ataque enloquecidos por el alcohol.

“El medio litro de vino diario que tenía como ración en el frente el soldado francés no llegó a faltarle nunca, así cayera nieve o granizo o llovieran centellas como en las bocas del Catatumbo”. Y si en Galípoli la carne se descomponía y el pan verdeaba por el moho, allí estaban los dos cuartos de vino que ponían al legionario de pie “como al moro un puñado de dátiles y una sardina al español; mientras que con una cerveza no se va a ninguna parte”. Alusión ésta no solo favorable al vino, sino antialemana, pues una de las causas de la derrota de los alemanes se debió “a su gusto desenfrenado por la cerveza”.

Luego de una larga descripción del asalto del 21 de junio a Galípoli, donde los turcos hicieron famoso su “Barranco de la Muerte”, Urdaneta cuenta el segundo ataque, el intento de tomar la segunda trinchera:

“Ante ésta fui menos afortunado: el turco que me tocara en suerte, anduvo más vivo, al verme llegar, y disparó él primero. El balazo me atravesó la raíz de la oreja izquierda y me tendió a lo largo por tierra.

“Es esta misma oreja que conservo, un tantico defectuosa en la parte posterior, pero no mucho, gracias a la habilidad plástica de la cirugía moderna. Sí, una oreja agujereada, pero auténtica y no de caucho como creyeron en Maracaibo”.

Siguieron cayendo obuses y cuando recobró el sentido se guareció por miedo, intuición, instinto. Caminó sobre un montón de cadáveres y “a paso gimnástico gané la línea de partida”.

Fue entonces a dar al Hospital Sili-Abdallah, en Bizerta, y al mes “paseaba alegremente por los bulevares de París”, con una semana de permiso. Fue en aquel hospital donde escribió su poema Galípoli, en parte citado y que en otro verso dice:

"Dardanelos! cuba siniestra de un mosto".

Salónica, de minaretes en el Vardar, y la herida segunda

Hubo que evacuar la península, “sarcófago de tanto heroísmo inútil”. Partieron los convoyes. Mientras los camaradas de lucha dormían, el poeta, sin sueño, miraba el espectáculo de la noche. Y llegaron a Salónica, ciudad de minaretes a la desembocadura del Vardar, mujeres de ojos negros, “judíos que hablan el castellano del siglo de oro”. Del soldado griego dice: “Es un buen soldado, pero rapaz y holgazán". Y añade el refrán inglés: “Cuando un griego te de la mano, obsérvate, que puede que te falte un dedo”. En Servia los franceses hacen los primeros contactos con los búlgaros. Tiempo de marchar. Hay “vagones de carga a cuyos costados se lee: “Hombres, 32; caballos, 8”. Son embarcados allí, como mucho tiempo atrás Miranda cruzó aguas en barco que transportaba caballos.

Bajo recia lluvia llegan a Estroumitza. En estas mismas trincheras, como en los otros lugares donde estuvo Urdaneta, alzó su cuarto de vino el singular Bringolf, ese personaje extraordinario, medio autobiográfico, vagabundo, diplomático y legionario que Cendrars presentó como Feu le lieutenant Bringolf.

…”Comienza entonces una guerra de guerrillas. El Regimiento se disgrega a lo largo de la frontera servio-búlgara. Dispersos desde Estroumitza hasta Valandwo, un puñado de hombres en cada cresta, no pudimos conjurar el fracaso”.

Pelea furiosa y retirada “gemela de la otra de Rusia”. Con “ínclita locura suicida” batallaba el ejército servio. Urdaneta, los pies convertidos en hielo después de soportar la inclemencia de 28 grados bajo cero, va a un Hospital y de allí otra vez a Salónica. De aquí el embarque para Tolón. Los enfermeros cuchicheaban:

“Anoche, deslizaron tres

“Ya sabíamos en qué consistía el deslizar a nuestros camaradas, misteriosamente, por la popa del buque, para no impresionarnos con el sepulcro anónimo del Mediterráneo”.

Está ahora en el Hospital No. 225, en Menton, donde “el bisturí me abrevia el dedo gordo del pie izquierdo, con la amputación de la primera falange.

“Menos mal: millón y medio de muertos cuesta a la Francia el retorno de la Alsacia-Lorena”.

De estas y otras aventuras dejó Urdaneta memoria poética. En Cantos de Gloria y de Martirio reunió algunos de esos testimonios. No tienen la locura revolucionaria de la palabra de Apollinaire, también combatiente, ni ese goce de mundo, intrépidamente moderno, del mismo Cendrars; pero constituyen una poesía hasta entonces no escrita en Venezuela, experiencial, espesa, casi aliteraria, narrativa. Si Urdaneta no hubiese puesto fin a su vida, qué de innovaciones y avances no habría logrado en nuestra poesía, cantándole a una guerra vivida por él y en un idioma que ya estaba creando, o alzando esos sus últimos extraños versos antipetroleros o de adiós a la existencia.

Las noches de Odessa, París, las cartas confidenciales

Dos poetas y críticos de la época, Paz Castillo y Diego Córdoba, recuerdan un opúsculo de Urdaneta denominado Noche en Odessa. Aunque no lo hemos podido localizar, damos como cierto el dato pues el poeta legionario se dispersó mucho en conferencias, anécdotas y breves publicaciones. En “El adiós definitivo del poeta legionario” que El Heraldo publicó el 1º de octubre de 1928 como homenaje a Urdaneta, el biógrafo recuerda que Urdaneta exaltó a Odessa así: “bella ciudad para un bombardeo”.

Y en uno de sus poemas ‒tres sonetos continuos‒, fechado en Odessa, en diciembre de 1918, da imagen negadora de esa muerte que tanto lo asedió:

¡No ha querido la muerte darme el brusco

remedio de mis males, no ha querido!



En fuga temerosa de molusco

‒a través del ayer‒ marcho sin ruido.

Un año antes ‒y su vida en la Legión sigue contada en la poesía, fenómeno singular en Venezuela donde el poeta se pega a la forma, no a la existencia‒ desde su puesto en la Armée d’ Orient, había clamado.

Hubo un momento en que dijimos

hartos de tanto maldecir:

¿hasta cuándo vivir

y porque, de una vez, no morimos?

De esa muerte no podremos evitar su toque, su deslizar, antes de terminar esta visión del poeta. Pero Urdaneta captó y transfiguró también la soledad, la barbarie, los varios soles que lo alumbraron. En 1916:

El pueblecito macedónico

parecía una flor deshojada:

el molino, en ruinas, afónico;

desierto, piedras, polvo, nada…

En Al borde del estrecho reúne más corrientes de gloria con otras de martirio. Y no olvida las cartas, de las que era buen escritor. Ya en 1952 Caracciolo Parra Pérez desempolvó algunas a él dirigidas. Y en una carta, como otras suyas inesperada, recibida por César Carrizo, quien fue su entrañable amigo en Buenos Aires, y escrita en Side-Bel Abbés, resucita ante el mundo que lo creía muerto. Cuenta su primera herida, la de la “bala otomana que casi me destrozó el temporal”. Y sigue, en cuidado estilo de verdad vital:

…“Ya ves, el proyectil no hizo blanco, para bien o mal ‒vaya uno a saberlo‒ de éste tu peregrino hermano, cansado de buscar la gloria o la tumba.

“Vivo y hay fortaleza en el músculo y en el alma. Estoy, por un milagro, en esta tierra africana del norte, cálida, misteriosa y antigua, donde flota no sé qué sugestión de paraíso o infierno. Una hermosa mujer ‒que ama y perdona‒ me sigue. La conocí en el hospital donde me amputaron la pierna izquierda”… “Le conté mi vida. Era yo un andrajo, una añoranza de hombre. Y a pesar de todo me amó, me ama. Arroja su toca de novicia y nos casamos. ¿No crees tú, hermano, que a veces desciende Dios hasta el corazón de las mujeres?

(Otro soldado fue herido en esta misma guerra, por esos mismos días. Sentía los pies como bolsas de agua caliente y algo extrañísimo en sus rótulas. Le iban a amputar una pierna. Se negó. “No me asusta la muerte, pero sí verme obligado a andar sobre una pierna de madera”. Cuando diez años más tarde‒1929‒ escribe una novela que causó impacto, ese soldado se ve a sí mismo en el Hospital, se enamora de su enfermera y huye, desertando, con ella. El soldado no es un desconocido: es el Hemingway de Adiós a las armas. Para 1929 Ismael Urdaneta, con la pierna amputada, casi paralítico, no quería vivir. Había escogido su muerte).

“Aquí me tienes ‒continúa. Vivo. Escribo. Doy algunas clases de idioma castellano. Ella, en tanto, enseña idiomas, música; y trata de no aburrirme, temerosa quizá de que un día, siguiendo este impulso de pájaro que me lleva por el mundo, cometa el crimen de dejarla. No lo haré ¡es tan buena y hay tanta feminidad y sabiduría en ella! Y después de todo; ¿cómo volar, si en vez de las antiguas alas, hoy arrastro muletas?”. (Carta a César Carrizo, revista Nosotros, Buenos Aires, marzo 1942).

Solo que la equivocación nos guiña por doquier: saca su mano y desordena todo. El poeta si dejó a la amada y volvió a la tierra que él creía nunca más volvería a ver. Antes, tributo del siglo, pasó por París.

De cómo conoció a Su Santidad Benedicto XV

El 7 de julio de 1921 debía volver a Venezuela, desde Francia. Un día se tropezó con varios compatriotas; uno de ellos le propone que lo acompañe a Roma en calidad de secretario para una visita a Su Santidad, “una de esas secretarias inesperadas y fantásticas que tanto me placen y que siempre me han salido al encuentro”. Urdaneta, por breve tiempo, había sido Secretario de Régulo Olivares, antes de su partida para Buenos Aires.

A quien acompañaba Urdaneta era a J. V. Matos, de Maracaibo. En Roma se encuentran con el Dr. Dagnino, Ministro de Venezuela ante la Santa Sede. Como observara Urdaneta la melosidad italiana y el afán desmedido de dar propinas de Matos, le dijo:

‒Doctor, aquí termina mi poesía. El único poeta ahora es usted.

‒¿Cómo así, Secretario?

‒Porque es usted en adelante el que va a pulsar la lira.

El doctor Matos hablaba en maracucho, también Urdaneta, también Dagnino y el estudiante Criollo Rivas. Usaban el vos lacustre y “un desenfadado color local” al punto de que cuando él regresó a Francia y empezó a hablar con Pedro París y Gustavo Escobar Llamozas, París le dijo:

“Chico, no se diría que vienes del país del arte; cualquier creería que acabas de abandonar el Saladillo. Y Escobar Llamozas no salía de su asombro. Y en todo ese día me la pasé hablando francés para perder el acento de la parroquia de Chiquinquirá”. (De mis viajes, El Universal, 24 de enero de 1922).

Desde luego, vieron al Papa Benedicto XV, tan famoso en Venezuela por la ocurrencia de Ramón Hurtado. Color cetrino, pequeña estatura. “Yo no sé qué defectos le noto en los ojos, tras los lentes de oro. Llevaba unas pantuflas color carmesí bordadas en hilo dorado, y este áureo bordado dibuja la cruz. Era la única nota de color en toda aquella albura”. Pero aquel Papa hablaba poco. La única frase que le oyó Urdaneta fue cuando preguntó a Dagnino si Urdaneta era su hijo y éste le contestó que no, que era su Secretario.

Fue en julio esta visita a la ciudad santa; si Urdaneta la recuerda en enero de 1922 se debió a que entonces moría Benedicto XV.

La eterna migración, la caída y la resurrección

Cuatro días después de esta reseña, se publicada otra de despedida a Urdaneta, quien salía en el vapor La Navarre para Colombia y las repúblicas americanas del Pacífico. Cuándo regresó, cuánto tiempo trabajó en la redacción de El Heraldo, en qué días pasó de San Juan a Macuto, de Macuto a Las Trincheras, buscando reposo, cómo volvió a París y desde qué momento se quedó en Maracaibo para siempre, son huellas de un itinerario difíciles de precisar.

Pero su lamentable Perfil de Jefe, dedicado a Gómez, apareció en Caracas en 1925, y su poema Los yanquis, a menos que sea un error editorial, se da como escrito en París en 1926. De que en 1928 vivía en Maracaibo, no cabe ninguna duda.

Hemos calificado de lamentable, y no sólo poéticamente, el canto a Gómez. Nosotros le perdonamos ese instante de caída, no porque creamos muchos que hubiese temido en 1910 un encarcelamiento en La Rotunda por sus poemas Los Libertadores, ni porque su vida aventurera en Argentina, Uruguay, España, Grecia, Francia, equivaliese a más dignidad frente a quienes aquí se quedaron en la adulación, o en el exterior en el consulado. No; se lo perdonamos, piedad contra piedad. No era su oficio y, además, con los poemas postreros de la Musa Libre quedó reivindicado de toda debilidad. Es un libro que no debió sellar la muerte: un libro futuro, visiblemente abierto a lo nuevo, con mezcla de juego y sátira, de dolor, misticismo, crítica. Él lo dividió en dos partes, Poemas de la Musa Libre y Croquis del Lago y de la Nube. Entre los de la primera parte está el poema A Sandino, de poco valor estético, sin embargo revelador de la conciencia que entre 1926 y 1928 se estaba consolidando en Urdaneta, es un poema con epígrafe, no epígrafe de San Juan de la Cruz, ni de Darío, ni de los franceses que él llegó a leer: epígrafe de una carta de Sandino, aquella que comienza: “Tengo cinco toneladas de dinamita en mi arsenal que haré estallar con mis propias manos cuando llegue el momento supremo en que no pueda pelear más”.

El anunciador de la muerte y el renunciante a la vida

Los versos de algunos poemas citados no son los únicos que prevén una muerte singular. ¡Cuánto y con cuánta razón vidente no se ha citado el “moriré en París” de Vallejo, y qué poco y con qué poca excusa desconocemos este camino doloroso de Ismael Urdaneta! En El Surtidor Confidencial, soneto dúplice incluido en El Universal del 25 de enero de 1922, el título queda sobrante: todo es confidencia de muerte, surtidor de huidas.

No moriré de tarde, socorrido,

por la cristiana unción de un viejo cura



Ni moriré tampoco en el olvido

de un suelo extraño a toda desventura.

Estaba agarrado por la ataxia locomotriz o tabes dorsal. Mientras otros moraban en la muerte abstracta, él iba germinando en la suya, progresiva, inevitablemente propia. En Au revoir hay casi la amenaza, en Mi Cristo una penúltima esperanza (¡Déjame crecer los cabello! / Impide que me devoren los leones como a Daniel) y en El Navío, al que se le ha buscado ascendencia horaciana, un intento de rebelión. En “El Solitario” Inglés, pasatiempo que le enseñó un griego en una taberna de Salónica (tal dicen los primeros versos) confiesa de una vez el mal.

Al fin se suicida, no podía más. El navío había zozobrado.

Piruetas con el Ávila y La Guaira, asombrosos petroleros

De brazos con los poemas confidenciales de la Musa Libre, 1928, como Mi Cristo, La Nave, Au revoir!, El Solitario Inglés, Urdaneta ensaya el vanguardismo y cierta poesía errabunda, cosmopolita, tal vez ligada a lecturas francesas. Estas muestras se acercan a la prosa sin disgusto, con alegría y fogosidad.

Tiene un poema que comienza por el título y sigue en minúsculas con el segundo verso:

ÁVILA ERES UN PREJUICIO

nacional. Eres también

un prejuicio orográfico.

Otro, La Guaira, es gimnasia verbal:

El flanco del monte la empuja

hacia el mar, pero el Caribe

se la devuelve al Ávila

con un puntapié magistral.

En los poemas petroleros mezcla el rechazo a la invasión con un lenguaje duro o juguetón, según el caso. La Agonía del Alcatraz tiene versos destellantes; otros de doliente humorismo, como esa salsa con que ahora le dan de comer los bagres a los alcatraces, “mayonesa homicida en agua de Tofana petrolera”. El Poema del motor en marcha, onomatopéyico, deportivo, ronroneante, es un canto a la draga que ciega a la Bahía a toda hora. En El Monitor petrolero, El Lago Petrolizado, Calle del Oriente, desfilan los barcos cargados de aceite, el azul lacustre bituminoso, el Maracaibo destruído en su tradición. Para un extenso estudio de este último Urdaneta, poeta de índole social en que el vanguardismo juega pelota con la ironía destrozada.

Las cartas póstumas: Hermano, zozobró el navío

El Heraldo publicó el 11 de octubre de 1928 la carta póstuma del poeta legionario, dirigida a Pedro Rivero, su amigo. Después se conoció otra carta, a su hermano Arístides. Este mismo explica los momentos finales de Ismael. Dice que en la misma mañana del suicidio, Ismael “escribió una hora antes dos cartas: una para usted (Pedro Rivero) y la otra para mí. El se mató a las 7 en punto, y esas cartas fueron escritas a las seis”…

…”En la carta que me escribió a mí no se advierte la menor indicación de flaqueza para el instante supremo que era ya, media hora después; tal como si me diera instrucciones de diligencias a su ausencia para un viaje cualquiera. Usted recordará su reciente poema publicado, “El Navío”. Su carta empieza “Hermano mío, zozobró el navío”…

…”Su agonía fue corta, cinco o seis minutos, y sin poder hablar una palabra por la enorme hemorragia que le vino por la boca. Las últimas palabras que mi mamá le oyó decir saliendo ella de su cuarto, fueron: son las siete, como diciendo es la hora”…

…“En fin, amigo, diré como él mismo repetía: Meck tucck ‒estaba escrito”.

La segunda carta es una recomendación privada a Rivero de cómo debía editar su libro, a quiénes debía encargar para la colocación del libro, etcétera. Repite lo del naufragio del navío. Le recomienda que, evitando el aire mendicante, el producto de la venta se lo envíe a su señora y sus dos hijos. La dirección:

Madame Veuve Urdaneta, 5.Rue Margueritte, 5. Side Bel Abbés, Algerie.

A los pocos días de abierta la suscripción se habían vendido diez mil bolívares en libros, ¡libros de poemas! Entre tanto, en Side Bel Abbes, la mujer que amó y que él confesó nunca dejaría, la viuda, la enfermera y profesora de idiomas quedaba como testigo de un mundo absurdo, de una existencia al revés.


Yo juego un "solitario" inglés


Yo juego un “solitario” inglés

en la baraja francesa,

pasatiempo que me enseñó un griego

en una taberna Salónica.

El internacionalismo de tales circunstancias

-además, yo era entonces legionario de Francia-

me han hecho simpático, entre los muchos

existentes, este “solitario” inglés.

Su combinación seria y metódica,

como el carácter británico,

a base de la salida

de los ases y de los reyes,

entremezclando el rojo y el negro,

me distrae enormemente.

Lo juego cuando estoy solo,

desde luego, y no me dan ganas

de leer, ni quiero escribir

y, sobre todo, cuando me sobrecoge

el pavor de que me asalte el recuerdo,

bandolero de la Sierra Morena

de mi lirismo,

armado de aventura hasta los dientes…

Pánico de evocar aquellos tiempos

en que de prisa

por los caminos del mundo

corría más que la imaginación;

cuando todo en la vida

-salvo el amor y la gloria-

me importaba un comino,

y me bebía los horizontes,

porque llevaba en las piernas

y en el espíritu

las botas de las siete leguas

del cuento de Perrault…

Y porque ahora no puedo improvisar andanzas

como antes, esclavo de mi lecho,

de un sillón, o del auto,

-¡maldito “tabes dorsal”!-

este “solitario” inglés

me ofrece frecuentes ocasiones

de enfrentarme al azar.

Es este adversario maligno y burlesco

el que por burlarse de las santísimas veces

que le salí al encuentro, desafiándolo

o mofándome de su enigma;

es este Merlín bufón y trágico

el que me oculta los ases

o impides la salida de los reyes,

para envenenarme el pasatiempo.

Entonces me empeño en vencer al azar,

y vuelvo a barajar, nervioso,

irritado contra el albur…

Al salirme de nuevo la carta adversa,

la tiro con la violencia sobre el fracaso

del juego. Y termino por enviar a paseo

naipes franceses y “solitario” inglés,

exactamente como hago en los “solitarios”

de mis luchas contra la suerte,

cuando la vida me niega una carta de triunfo.



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