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La eternidad en sábanas negras, de Jean-Pierre Duprey

El suicidio de Jean Pierre Duprey terminó con una de las carreras poéticas más profundas de nuestro siglo




Jean-Pierre Duprey

Versovia.com / 18·01·2015

La obra escrita por Jean Pierre Duprey en París abarca los años 1948 y 1959. En 1950 se publicó "Derriére son double" (Detrás de su doble), libro elogiado por Breton, quien ese mismo año lo incluyó en la segunda edición de su "Anthologie de l'humour noir" (Antología del humor negro). En 1951 abandonó la escritura para dedicarse a la escultura en hierro y a la pintura, repleta de seres fantásticos y amenazantes. Escribió una obra dramática, "La forêt sacrilege" (El bosque sacrílego) y volvió a la escritura con un ciclo de poemas en los que manifestó una magnética atracción por el vacío y la muerte. El 2 de octubre de 1959 envió por correo a Breton el manuscrito de su último libro de poemas, "La fin et la maniere" (El final y sus maneras), y ese mismo día se suicidó. En todo lo que escribió Duprey no hay nada que no lleve el signo de las fuerzas más oscuras que a veces invaden la mente humana, nada que no esté marcado por la aprehensión de la noche y de la muerte.

Quizás su mayor acto creativo, orinar hasta apagar en silencio la llama eterna que bajo el Arco del Triunfo parisino flameaba en honor al soldado desconocido, resultó ser su perdición. Detenido y golpeado en la cárcel por el acto, fue internado en un hospital psiquiátrico, volvió a casa, terminó su último libro, le pidió a su esposa que envieara el manuscrito a Breton. Cuando ella regresó de la oficina de correos, lo encontró muerto. Se había ahorcado en su estudio. Tres días antes le había dicho a un amigo: "Soy alérgico a este planeta”. Por suerte, su obra sobrevive.

Todo suicidio se proyecta hacia una solución que nunca acaece, frustrándose, por lo tanto, en su propio proyecto. La frustración es uno de los instrumentos que cavan el vacío y ya veremos cómo la obra de Duprey está llena de referencias hacia ese “lugar” que llegó a reclamar el fin de sus días. Que un poeta de la categoría de Duprey escoja el suicidio como solución parece ser el síntoma de una desesperanza radical.

Quien posee la palabra poética, sólo sintiendo el vacío en la palabra, puede elegir la muerte no como exterminio físico de su persona, sino como la extensión natural de una muerte que ya venía cumpliéndose en su ser. Jean Pierre Duprey fue de aquellos que parecían encontrarse frente al panorama de un mundo estéril, incapaces de configurar un sitio habitable, tanto en su sentido físico como metafísico. La poesía -como lo subrayara Heidegger- “hace de la habitación una habitación. La poesía es el auténtico “hacer habitar”... de suerte que si “buscamos en esa dirección el ser de la poesía, encontraremos el ser de la habitación”.

La búsqueda de Duprey no tuvo esa dirección. Parece que el poeta se detuvo en el instante que la poesía le reveló ese horizonte ontológico, seguramente por rechazo íntimo a las conclusiones que le obligaría a tomar.

Hoy invitamos a leer este poema en prosa de Jean-Pierre Duprey.


La eternidad en sábanas negras


La eternidad en sábanas negras. Mis funerales vestido de ceniza. ¡Aquí el gran trepanador de imbéciles!... Nos transformaron. Lo que somos nos produce un hermoso reflejo y yo siempre llevo conmigo la foto del supremo detergente. ¡Todos nuestros puertos naufragarán en alguna parte! Tengo un navío, una pala de recuerdos que flota, que flota. No se necesita el pez, vea usted, yo elimino. Lanzo un gran día al descubierto; ya tengo comisión por el día de los muertos. En otro lugar, cerré puertas y ventanas, bajé las cortinas, busqué los venenos posibles. Tengo la vela como el interior de la vista y nada me impedirá arrojarme al fuego de los proyectiles de recuerdos. Herrero, golpeé en la cabeza de piedra los fuegos de pólvora de un acero que no quería oírse decir. Instalado por mi cuenta, separé lo propio de lo que no era; instalado especialmente, me reemplazo por un sueño lleno de galpones que me alojan un seso convertido en esponja en una cama de arañas crudas. Y a mí me gustaban bien cocidas, patas peladas, espárragos de rabia. Por último, con mucho agrado, cabalgando siempre, escuché aullar a la rompiente de los jinetes marinos, observando el ladrillo, el mar siempre tranquilo, siempre solo, eterno pulpo sin el cual mis brazos ya no sirven para tomar. ¿Quién dará la paz, qué sol a eclipsar, pasando el vaso al interior del corazón? ¿Y qué visita hará niños? Yo tendría orificios ganados en la memoria, seguidos por el resto. Si el mar sólo era campo arbolado, siento hambre de perder la fuga... Niños en cada raíz. ¿Será lo peor comer animales? En la conejera la comida es demasiado viva. Y no es que los muertos me molesten; enseguida me acostumbro... La paz de esta clase de matrimonio depende de un nudo en la garganta o de la paralización de la tierra. Por último, en el calabozo, tengo juegos muy complicados. ¡Es un secreto placenteramente difundido pero no tiene lugar! Durante la ida, hice desbordar el norte, la gota perdida del océano. Sin comunicado, ¡hola! Todas las líneas ocupadas. Más azar en los rostros. Mi conciencia engendra niños y una semilla hipnótica siempre urgente. ¡Al fin estoy en mí! Lo que soy ya no está en mí. Vea usted el cambio. ¡Responsabilidad ilimitada!

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