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"Existe una alternativa a la banalidad"

Nuestra cultura está cimentada sobre la tradición socrática de la negación escondida de lo absoluto. Frente a eso, José María Ridao habla, en su nuevo ensayo, de la responsabilidad propuesta por la tradición pitagórica


José María Ridao
Versovia.com / 31·01·2015

En su obra más reciente, Filosofía accidental, un ensayo sobre el hombre y lo absoluto, que saldrá a la venta en quince días, el diplomático y escritor José María Ridao, uno de los más lúcidos pensadores de hoy, se entrega a un ejercicio de reflexión sobre las posiciones que ha adoptado durante los últimos veinte años de su vida, al tiempo que cuestiona las bases que sustentan la tradición del pensamiento dominante. El libro obtuvo el premio que la Fundación Palau i Fabre otorga anualmente al mejor ensayo.

- Después de bucear en el origen de las cosas con Radicales libres y con la forma en que el hombre es agredido con La estrategia del malestar, Filosofía accidental ¿supone una vuelta a plantearte el principio de todo?

- Este ensayo pretende buscar respuesta a la pregunta de por qué he creído lo que he creído durante todos estos años de presencia en los medios que he decidido restringir severamente. Escribir los libros a que te has referido me ha llevado a una reflexión de naturaleza casi filosófica y me he dado cuenta de que, una de las razones por las que tomaba todas y cada una de las posiciones que he adoptado ante la literatura o problemas de nuestro tiempo, políticos, sociales o de otra índole, era siempre una cierta resistencia a la aceptación de lo absoluto, una cierta insensibilidad a lo absoluto. Y, una vez descubierta esta fuente originaria de las posiciones mantenidas, he intentado descubrir dónde aparecen diversos ámbitos del pensamiento filosófico, teológico, científico, incluso del psicoanálisis o del arte.

- Y formularte esa pregunta te lleva a cuestionar los cimientos de las ideologías que subyacen en nuestra cultura.

- Sí. La tesis que sostiene el libro es que el absoluto siempre se define como una afirmación cuando, en realidad, esconde una negación. Cuando Sócrates afirma que la sabiduría consiste en saber que no se sabe nada, lo que deja como alternativa es saber que no se sabe todo. Está despreciando todo conocimiento que pueda adquirir el hombre. Por amplio, profundo y extenso que sea ese conocimiento, para Sócrates, siempre será igual a nada y, por tanto, la operación que Sócrates lleva a cabo convierte en conceptos contradictorios sabiduría y conocimiento. A través del conocimiento, según él, nunca se llegará a la sabiduría pues, por más conocimientos que se acumulen, siempre serán igual a nada. Este esquema de establecer una afirmación que esconde una negación, ‘sólo sé que no sé nada’, se reproduce también en la teología. El argumento ontológico de san Anselmo dice que ‘Dios es el Ser por encima del cual no se puede imaginar nada mayor’. Efectivamente hay una afirmación, pero ese mismo argumento ocurre en el estado de la naturaleza en el discurso de Hobbes y aparece en la concepción del inconsciente de Freud: el inconsciente es aquello que siempre está más allá de lo consciente y, en tanto llegas a conocerlo, deja de ser lo inconsciente. Lo que el libro hace es un recorrido por todas estas manifestaciones y esta caracterización de lo absoluto.

- ¿Nos permite, también, vislumbrar otros puntos de vista que han ido negando esta construcción teórica?

- Sí. Lo que me ha sorprendido ha sido la existencia de una tradición paralela, como es la pitagórica. Con los fragmentos que nos han llegado de la obra de Pitágoras no se puede elaborar una hipótesis bien fundamentada sobre en qué consistía básicamente su pensamiento, pero es legítimo multiplicar las conjeturas sobre esos fragmentos. Una de las hipótesis que yo aventuro sobre el pensamiento que hubiera fundamentado la tradición pitagórica en lugar de la socrática es una tradición que hubiera puesto en valor no el absoluto sino la armonía, es decir, la relación entre los elementos que el hombre conoce y entre el hombre mismo. No es necesario pasar siempre por algo que está más allá de nosotros, sino que basta con mirarnos a nosotros y, a partir de ahí, establecer los acuerdos, los pactos y los remedios a nuestra condición.

- Claro, porque la gran aportación de Pitágoras fue intentar explicar el mundo de una manera racional y mensurable, mientras que Sócrates siempre buscaba un recodo que pudiera evitar u ocultar esa racionalidad.

- La conclusión de la elección entre ambas tradiciones, la socrática, que es conocida y explotada por Platón, y una hipotética tradición pitagórica, es que da la vuelta a la idea que se extrae de la mezcla entre Nietzsche y Dostoyevski. Utilizando a ambos, se suele citar una frase que, al parecer, ninguno pronunció pero que podría asignarse a cualquiera de ellos: ‘si Dios ha muerto, todo está permitido’. Pero si se mira desde la perspectiva de la tradición pitagórica, la formulación sería que si Dios existe, o si existe el absoluto o cualquiera de sus máscaras, bien sea la de Dios, la de la sabiduría, la del inconsciente o cualquier otra, entonces es cuando todo está permitido, porque en la tradición pitagórica, el hombre debe responder ante el hombre. Hay una anécdota en la vida de Pitágoras que me sirvió de estímulo para escribir el libro. Cuando Pitágoras descubre una de las armonías que estaba buscando entre los elementos del mundo, le sugieren que lleve a cabo la ofrenda de un buey ante los dioses y Pitágoras rechaza hacerlo con el argumento de que no se puede manchar el altar de sangre. A mí me parece muy ilustrativo de que en la tradición pitagórica, si Dios existe es cuando todo está permitido. Por supuesto, Dios en el sentido de lo absoluto. Si cualquier absoluto existe es cuando todo está permitido, porque el hombre se convierte en instrumento de ese absoluto que nunca llega a conocer pero que parece ser que le dicta su comportamiento, impone sus reglas y le organiza el mundo y, claro, en el momento en que es el absoluto el que pone las reglas, el hombre no es responsable de aplicarlas. En la tradición socrática, el hombre no es responsable de las reglas porque es el absoluto el que las establece y él es un mero instrumento, mientras que en la tradición pitagórica, el hombre es responsable tanto de las reglas como de su aplicación y, por tanto, lo que no hará nunca es manchar el altar de sangre.

- ¿Qué curiosidades ha suscitado este libro que despierten tu necesidad de escribir el próximo?

- Supongo que todo escritor piensa que el último libro que escribe marca una inflexión en su trabajo. Yo, en este libro sí que la tengo. Los anteriores eran más comprometidos, respondían a estímulos muy agudos de la realidad intelectual, social o internacional. Para mí marca una inflexión por varias razones. Una por el contexto: la decisión de tomar distancia de los medios de comunicación. Otra fue mi propio trabajo en este texto, que ha sido una labor radical de ir hasta los orígenes de posiciones que he ido manteniendo durante estos veinte años de participación en la vida pública, en los medios de comunicación. Es algo sobre lo que quiero reflexionar y sobre lo que este libro me ha permitido poner en claro íntima y metafísicamente y, a partir de ahí, se abren nuevos caminos. Uno primero fue que, al redactarlo, pude releer algunas obras que confieso abiertamente haber admirado profundamente, pero creo no haber entendido en toda su dimensión, por ejemplo El mito de Sísifo, de Camus. La relectura de este libro sobre esta concepción de lo absoluto que desarrollo en Filosofía accidental dio lugar a otro ensayo que saldrá después y trata, precisamente, sobre la relación de Camus con cuestiones como la contemplación y otras vinculadas a lo que he llamado en éste la tradición pitagórica.

- Me llama la atención que hables de punto de inflexión y digas que abandonas una actitud de compromiso agudo cuando este ensayo parece un compromiso, tal vez sobre lo crónico, pero bastante fuerte. Estás planteando tesis que socavan los cimientos de todo lo que nos rodea o, al menos, del pretexto de las relaciones de dominación existentes hoy día.
- Me alegra mucho que hayas visto ese asunto, porque yo no es que haya abdicado de mi compromiso con nuestro tiempo, sino que he tratado de dar a ese compromiso una dimensión más profunda. El libro comienza con una reflexión sobre la banalidad. Me ha llamado la atención que la denuncia de la banalidad se haya convertido en la banalidad de moda. Todo el mundo comparece en los medios de comunicación para denunciar la banalidad y, por tanto, incurrir en ella, pero nadie asume la tarea profunda y comprometida de explicar cuál es la alternativa a esa banalidad que estamos viviendo. En Filosofía accidental asumo ese reto y no me limito a señalarla, sino que planteo que existe una alternativa en esa hipotética tradición pitagórica.

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