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"África no es un continente olvidado, es un continente silenciado"

Xavier Aldekoa viajó a África acunado por los cuentos de Julio Verne que su padre le leía por las noches antes de dormir. Reproducimos la entrevista que le hizo Estefanía de Antonio para RTVE.es

Xavier Aldekoa


Estefanía de Antonio para RTVE.es / 09·06·2014

Y ese sueño de mundos lejanos y misteriosos se despertó con una congoleña que llevaba bolsas de plástico atadas a los pies. Contar por qué esa niña no podía llevar zapatos se ha convertido en una década de crónicas, desde Mali hasta Sudáfrica, por el “continente silenciado”.
En Océano África (Península, 17,90€), este periodista amante de las maletas improvisadas nos sumerge en hambrunas, exilios, y guerras fraticidas, pero también en bodas sudafricanas, canoas de brea y sonrisas redentoras. Y lo hace dando voz a lo único cierto en ese océano-continente, los africanos, “personas que cuando el mundo se va al infierno eligen tener el valor de ser seres humanos”.

El peso de la colonización, los abusos a mujeres, el fanatismo religioso y la inversión china en África… De estas miserias humanas y otras muchas riquezas habló Aldekoa con RTVE.es:

Pregunta.- Comienzas tu libro diciendo que 'África no existe' recordando las palabras del maestro Ryszard Kapuściński. ¿Cuántas Áfricas distintas has conocido en estos diez años ?

Muchas. El continente es tan diverso que no se puede dividir sólo en país. Hay una variedad brutal de gentes, lugares, culturas. Me gusta volver porque los sitios y las personas cambian, y yo también a la hora de mirarlos.

P.- No todas esas Áfricas que tú retratas son conocidas aquí. Toca que los medios de comunicación hagamos autocrítica. El caso del Ébola lo ha puesto de relevancia, ¿qué pasa para que sólo miremos a África cuando hay occidentales afectados?

Los medios nos basamos más en lo influyente que en lo importante. No tiene tanta influencia que mueran 200 personas en Sudán del Sur, como que Merkel, Obama o Rajoy digan algo, lo que sea. Sabemos lo que ocurre pero se decide dar voz a otras situaciones. Por eso, no me gusta hablar de continente olvidado, prefiero decir silenciado.

P.- ¿Se puede decir que les hemos abandonado?

No es sólo que les hemos abandonado históricamente cuando había que ayudarles por una cuestión moral y humana, sino que no les hemos impedido avanzar a ellos solos. Occidente es responsable de muchas de las cosas que pasan en el continente. Partiendo de la esclavitud hasta la explotación de sus recursos naturales, o los tejemanejes para cambiar algunos gobernantes con los que es más fácil hacer negocios.

P.- “No hay lugar en el mundo que el pasado explique más el presente que en África”, dices en el libro. ¿Cuánto ha marcado esa herencia al continente?

Lo notamos en cualquier conflicto. Por dar un ejemplo, República Centroafricana ahora está en el caos. Pero si sólo nos quedamos en la fotografía de la matanza hacemos una especie de pornografía de la violencia. Nos tenemos que ir a tres siglos atrás, cuando Francia conquista ese territorio, ve que es muy caro de mantener y se lo cede, se lo alquila a empresas y a partir de ahí cierra los ojos. Esas empresas cometen barbaridades para sacar un rendimiento. Pero podría irme a Congo, y hablar de la esclavitud, el caucho, el uranio y el coltán que tenemos en nuestros móviles para explicar una historia similar.

P.- República Centroafricana lleva desangrándose desde mediados del año pasado. Allí hay desplegada una misión de la Unión Europa, hay fuerzas españolas también. Pero el miedo sigue apoderándose de la gente que, a diferencia de otros conflictos, ni siquiera busca auxilio en los campamentos de refugiados, sino que se esconde donde puede. ¿Cuál es la situación ahora?


En República Centroafricana estalló una violencia que llevaba enquistada bastante tiempo. La diferencia con otros conflictos es que la gente se dispersó por los bosques en unas condiciones terribles, sin nada para comer, sin agua, a merced de las enfermedades, y eso generó una situación de desamparo total. La razón es el miedo y la impunidad total. La gente mata sin ningún problema. El motín para los mercenarios es el pillaje (...) Y las fuerzas internacionales no lo han parado. El intento de poner una presidente nueva, de intentar calmar la situación, se desacredita cuando en su primer discurso se mata a palos a uno de los asistentes porque se declara que es de uno de los dos bandos.

P.- Nigeria, Somalia, Kenia, Mali… El yihadismo avanza en África. ¿Qué explica la expansión tan rápida de este virus fundamentalista?

La pobreza y la incultura. En Nigeria hay una diferencia brutal de educación, de infraestructuras, entre el norte y el sur. Y ahí creas un caldo de cultivo para el fanatismo. Algo similar pasa en Somalia tras 20 años de desgobierno. La gente se abraza a los yihadistas, que son los únicos que les dan una cierta esperanza, aunque sea muy nimia. Son los únicos que no les olvidan y esa es la fuente de este fanatismo.

P.- El reciente ganador del premio Sájarov, el ginecólogo congoleño Denis Mukwege ha denunciado que el cuerpo de la mujer se ha convertido en un campo de batalla en la República Democrática del Congo, donde se calcula que cada hora son violadas 48 mujeres. Él ha dicho que es el momento de actuar, ¿qué se puede hacer?, ¿hay realmente voluntad política para acabar con estas violaciones?

Hay voluntad política para poner la tirita a la cuestión. No hay voluntad política para acabar con todo el negocio alrededor del conflicto del Congo porque hay muchos intereses económicos, por los minerales. Y no hablo de minerales de manera etérea, es que nosotros los tenemos en los bolsillos, en los micrófonos, en los iPhones. Ruanda es un aliado clave para conseguir parte de esos minerales. Todo el mundo lo sabe. Las Naciones Unidas han publicado informes al respecto. No harían falta héroes como Mukwege si no apoyáramos a los gobiernos corruptos o a los que se aprovechan de ese conflicto.

P.- Además de los abusos que sufre, la mujer tiene muy difícil acudir a la escuela. En África hay 100 millones de mujeres analfabetas. Tú hablas de ellas como el pilar de las comunidades, como la red social. ¿Cuál es el papel de la mujer?

Para mí es el motor, su pieza más fiable. Cuando todo se colapsa la mujer es una herramienta de control de ese desastre. Si tú das de comer a una madre, sus hijos van a comer. Y no sólo son las madres, recuerdo en Sudán del Sur a una chica, Grace, de 16 años, que caminó durante siete u ocho días hasta Kenia porque tenía la oportunidad de estudiar con una familia en Barcelona. Esas ganas de aprender y de salir de las cenizas demuestran una fuerza admirable.

P.- Hay una frase en el libro que subraya eso: "La educación es un arma de construcción masiva". Está claro que tiene que estar en el centro del desarrollo del continente, pero ¿cuáles son los otros desafíos de la próxima década?

Hay una revolución demográfica de la que parece que no nos estamos dando cuenta. El continente tiene 1.300 millones de habitantes, en 2050 los va a duplicar, y al final del siglo serán tres veces más. Tendrá más población que China e India juntas. Eso va a provocar nuevos conflictos. Los recursos son limitados, de agua, de territorio para plantar... Eso va a provocar que la gente se mueva hasta sitios donde a lo mejor se le recibirá de manera hostil. Y los gobiernos deberán dar respuesta a toda esa gente que quiere trabajar y mejorar. Quien no consiga hacerlo tendrá problemas.

P.- El gigante asiático está comprando África. Hay 2.500 empresas chinas en suelo africano. Y opera prácticamente sin limitaciones y con escasos controles. ¿Se puede traducir en un desarrollo para el continente, es otra forma de colonialismo?


China tiene algo diferente. No sólo ve minerales y tierra para cultivar, también ve personas a las que vender sus productos, a esos 400 millones que tienen algo de dinero para gastar y que van a ser muchísimos más. Le dan igual los derechos humanos, no es que vaya a hacer obras de caridad, pero no tienen ese desdén y esos prejuicios de Occidente. Vamos a ver cómo relocalizan empresas chinas en los próximos años. Para los africanos el aspecto positivo, como me decía un amigo de Mali, es que ahora se puede comprar una moto por 20 dólares, y antes no.

P.- Tú vives en Johannesburgo. Hace justo un año de la muerte de Nelson Mandela. Con él parece que se fue el último héroe que le quedaba a África, ¿hay alguien que pueda ocupar su lugar?, ¿has visto movimientos sociales, ciudadanos, con capacidad para cambiar las cosas?

El cambio social no vendrá de una sola persona. Nelson Mandela fue la persona clave en un momento clave de Sudáfrica, pero tenía detrás a mucha gente. No habría conseguido nada sin toda la sociedad que se despertó. Sí veo cambios y sociedades que se despiertan. En Senegal, en Nigeria con el secuestro de las chicas de Chibok, en Burkina Faso... Y la educación va a ser clave. Cuánta más gente educada haya y más consciente sea de sus derechos, más podrá reclamarlos. No hay nada más fácil de controlar que una población que no está educada.

P.- El libro es un recorrido de la mano de esas personas que te mostraron el continente y muchas se han convertido en amigos. Cuentas muchas anécdotas ¿cuál es la gran lección que has aprendido en estos años?

La lección es que la mayoría de gente es buena. Y mira qué he visto situaciones horribles. Eso me hace preguntarme cómo actuaría si mataran a mi familia, si violaran a mi mujer o a mi madre. La mayoría de la gente quiere paz. Ponemos mucha atención en el rebelde, el asesino o el guerrillero, pero las víctimas y quienes deciden no convertirse en verdugos son muchos más.

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