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Entrevista a Rafael Micó, arqueólogo

“Una revolución social y el agotamiento ecológico del entorno podrían explicar la desaparición de las sociedades argáricas”


Rafael Micó muestra una urna funeraria con los restos de un niño hallada en La Bastida (Totana)

Javier Irigaray / 04·11·2014

Uno de los investigadores que han formulado la teoría de que la Cultura Argárica supone el comienzo de la civilización en Occidente, se inició, recién terminada la carrera en 1988, en el yacimiento de Gatas, en Turre, formando parte de un equipo de la Universidad Autónoma de Barcelona que encabezaba el profesor Vicente Lull, otro primera espada en ‘materia argárica’. Rafael Micó es hoy uno de los cuatro codirectores de las excavaciones que se llevan a cabo en La Bastida y La Almoloya, dos auténticas joyas de la Edad del Bronce localizadas junto a Totana.

- ¿Es la Cultura Argárica el origen del estado en esta parte del Mediterráneo? 

- Sí, a partir de una serie de análisis y estudios hemos propuesto la hipótesis de que aquí surgieron las primeras sociedades estatales que institucionalizan la división en clases y ejercen medidas de coacción, de violencia pública, para mantener esos privilegios.

- ¿Qué tienen de común todos los poblados argáricos? 

- El sudeste estuvo habitado durante milenios. Existió una sociedad, la de Los Millares, que entró en crisis hace unos 4.000 años y desapareció. Poco después, surgió la argárica, cuyo nacimiento constituye un importante interrogante. Las excavaciones muestran una sociedad con una relación de desigualdad muy grande. Una pequeña parte disfrutaba de mejores condiciones de vida, era enterrada con armas y joyas en la parte más alta de los poblados, en casas más grandes que podríamos llamar palacios, mientras que otra parte vivía en unas condiciones de vida mucho peores, rayando la esclavitud. De otro lado encontramos los mismos objetos a lo largo de un territorio muy amplio. Las mismas vasijas, objetos de cobre, de bronce o de plata aparecen en el alto Guadalquivir, en Jaén y en Almería, en el sur de Alicante y en Murcia. Es decir, existían idénticos sistemas de producción y organización.

- ¿Cuál es la importancia de La Bastida, el yacimiento que ahora les ocupa? 

- La Bastida presenta una serie de particularidades que lo hacen especial. En primer lugar su tamaño, es uno de los asentamientos argáricos más grandes -llegó a alcanzar las 5 Has- habitado por un millar de personas de forma permanente, que, en aquella época, era muchísimo.
Además, pese a ser tan grande, ocupa un cerro muy bien defendido y escondido. A diferencia de otros asentamientos argáricos que buscan el control de la población campesina que estaba bajo su dominio, La Bastida está alejada varios kilómetros de las principales rutas. Es una especie de capital escondida, un lugar donde, posiblemente, habitó un sector muy importante de la élite argárica que dominaba este estado. Una unidad política de las más grandes. No quiero decir que fuese una capital, sino que fue uno de las ‘ciudades estado’ más importantes que ocuparon el sudeste de la península.

- ¿Por qué desaparecieron las sociedades argáricas? 

- La mayor parte de los asentamientos argáricos fueron abandonados, aproximadamente, al mismo tiempo y de forma violenta, tras incendios. Creemos que parte de la población dijo basta, no quiso continuar con un sistema en el que era explotada. Es significativo que algunos de los asentamientos que perduran o se fundan tras el colapso argárico parecen más libres, más autónomos y la gente comía mejor. Mientras que al final de la era argárica la gente tenía una dieta basada en gachas de cebada y alimentos de baja calidad, después vemos que la gente accede a la caza, alimentos cárnicos, a una dieta más variada desde el punto de vista vegetal y se sitúan más cerca de los campos de cultivo, no tiene que subirse al monte para defender los bienes que atesoraba la élite, lo que indica que esa sociedad decide más libremente qué le conviene. El sistema de convivencia de El Argar era como un corsé que beneficiaba a unos pocos en detrimento de muchos. Una revolución social y el agotamiento ecológico del entorno, propiciado por la agresividad de la economía argárica, que ponía en cultivo grandes extensiones y hacía un uso devastador de los combustibles, podrían explicar la desaparición de las sociedades argáricas. Un palinólogo (científico que se dedica al estudio del polen) de la Universidad de Murcia, el profesor Carrión, ha demostrado que incendiaban periódicamente los bosques en busca de pastos. Eso ocasionó un agotamiento de los recursos y, en ese momento, la élite argárica fue incapaz de mantener su dominio.

- Usted estuvo excavando en Gatas, en Turre ¿cuál es la importancia de ese yacimiento? 

- Para mí tuvo una especial importancia porque fue el primer equipo en el que trabajé. Era el año 88, acabada de terminar la carrera y, por tanto, contribuyó a mi formación.
Gatas permite documentar ocupaciones de la época del cobre, la argárica y otras postargáricas. Eso le confiere el valor de documentar toda una secuencia de dos mil años de ocupación ininterrumpida de un único lugar, además de una última en la época andalusí.
En la depresión de Vera, Gatas es uno de los poblados principales, donde El Argar de Antas ocupa un lugar central, la capitalidad de todo este mundo en la comarca. Sus habitantes controlaban lo que producían otras comunidades que vivían en el llano y se apropiaban de buena parte de su trabajo y de sus productos. Gatas, que fue excavado a finales del siglo XIX por los hermanos Siret, ha proporcionado una de las tumbas femeninas con mayor riqueza, que se conserva en Bruselas y corresponde a una mujer con joyas de plata y un rico ajuar. Es decir, era un lugar importante desde el que se ejercía ese control.

- Vemos el trabajo que se realiza en Murcia, Jaén o Granada y, en cambio, en Almería se hace más bien poco ¿se puede hablar de diferentes modelos de gestión? 

- Es difícil establecer un patrón unitario. La investigación y, sobre todo, la musealización y difusión del conjunto arqueológico involucra a equipos de investigación que, normalmente, procedemos de universidades o trabajamos para comunidades autónomas o gobiernos locales que pueden y quieren potenciar una difusión de la arqueología. A veces se suman iniciativas ciudadanas privadas y fundaciones. Poner de acuerdo a entidades diversas con intereses que pueden ser diferentes, y sobre todo hacer que esta sintonía perdure en el tiempo, es muy difícil. No creo que sea cuestión de modelos de gestión. Las cosas pueden depender del entusiasmo de un municipio, un equipo de investigación, una comunidad autónoma, de dos entusiasmos, pero es muy difícil establecer una fórmula. Hay que analizar por qué han pasado estas cosas y en qué han quedado. En cada caso podremos obtener respuestas muy diversas.

- Ustedes han incorporado colaboradores privados ¿es ese el futuro de la arqueología? 

- La clave es la continuidad, que las cosas no se paren, no se cierren y no se abandonen. Hay que obtener recursos, porque la continuidad la garantizan las personas que abren la puerta de un museo o de un laboratorio; las personas que atienden a quien viene o inventarian lo que se ha descubierto, y esas personas viven de un sueldo. Nosotros hemos tenido durante unos años financiación pública de diferentes ministerios, universidades y autonomías, pero llegó un punto en que esas instituciones públicas, debido a la coyuntura económica, no podían ni pueden llegar más allá, y en ese momento decidimos apostar por la captación de recursos privados. Volkswagen y Cefusa o la empresa El Pozo asumieron esa posibilidad de mecenazgo y de colaboración privada. Nuestro objetivo es la continuidad y, de momento, la cosa está funcionando.

- ¿Qué le parece la iniciativa de promover la Cultura Argárica como Patrimonio de la Humanidad? 

- Todo aquello que contribuya a descubrir, investigar y a difundir el conocimiento de que disponemos de una sociedad prehistórica como la Cultura Argárica me parece fantástico, y que las cosas salgan de la gente y no de la academia o de una voluntad política particular es la mejor garantía para que tengan continuidad. Porque un político, un profesor o un equipo pasan o se disgregan, pero que una comunidad, un pueblo o una asociación numerosa de gente asuma la labor de dar auge o difundir el conocimiento de un patrimonio arqueológico es la mejor garantía para que perviva, perdure y tenga éxito.

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