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Los maniquíes de Munich, de Sylvia Plath

En el momento en que se quitó la vida, con treinta años, Sylvia Plath ya contaba con seguidores que ávidamente alimentaban sus espíritus con sus versos cargados de desesperación, emoción violenta y la obsesión con la muerte

Sylvia Plath






















Javier Irigaray / 05·10·2014

Los poemas de Plath desnudan su vida al lector, su angustia vital, los problemas de su matrimonio con el poeta Ted Hughes, conflictos sin resolver con sus padres y su visión de sí misma. 

Sylvia nació en Boston en 1932, hija de un profesor, inmigrante alemán, de la universidad, Otto Plath, y de una de las alumnas de éste, Aurelia Schober. Los primeros años de la poeta trascurrieron junto al mar, pero su vida cambió abruptamente cuando su padre murió en 1940, algunos de sus poemas más conocidos de entonces, incluyendo el famoso Papá, muestran la turbulenta relación con su padre autoritario y sus sentimientos de traición cuando murió. Problemas económicos obligaron a la familia a trasladarse a Wellesley, Massachusetts, donde Aurelia Plath impartía clases de Secretariado avanzado en la Universidad de Boston. Sylvia era una estudiante talentosa que había ganado numerosos premios y publicado cuentos y poemas en revistas nacionales aun siendo adolescente. Asistió a la Universidad de Smith con una beca y continuó sobresaliendo. Durante sus años de estudiante empezó a sufrir los síntomas de la depresión severa que en última instancia conducir a su muerte. En una de las entradas de su diario, de fecha 20 de junio de 1958, escribió: "Es como si mi vida estuviera, por arte de magia, a cargo de dos corrientes eléctricas: alegre positiva y desesperada negativa, que es la que en este momento domina e inunda mi vida". Elocuente descripción del trastorno bipolar, también conocido como enfermedad maníaco-depresiva, una enfermedad muy grave para la que no había medicamentos eficaces disponibles durante la vida de Plath. En agosto de 1953, a la edad de diecinueve años, Plath intentó suicidarse ingiriendo pastillas para dormir. Sobrevivió al intento y fue hospitalizada, recibiendo tratamiento a base de electro-shock. Sus experiencias de ruptura y posterior recuperación se convirtieron en la trama de su única novela publicada, La campana de cristal. Después de su recuperación, Plath volvió a Smith para completar sus estudios. Obtuvo una beca Fulbright para estudiar en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, y allí conoció al poeta Ted Hughes. Se casaron en 1956. Plath publicó dos importantes obras en vida, La campana de cristal y un volumen de poesía titulado The Colossus. Ambas recibieron buenas críticas. Sin embargo, el fin de su matrimonio en 1962 dejó a Plath con dos niños pequeños y, después de un intenso estallido de creatividad que produjo los poemas que componen Ariel, se suicidó inhalando gas de un horno de la cocina.

Los poemas de Ariel, libro que incluye el poema de esta semana, según McClanahan "son testimonios personales de la soledad y la inseguridad que la atormentaba, y las imágenes desoladas sugieren su aparente fijación con la auto-aniquilación.... En Ariel, los incidentes cotidianos de la vida se transforman en horribles experiencias psicológicas de la poeta".



LOS MANIQUÍES DE MUNICH

La perfección es terrible: no puede tener hijos.
Fría como el aliento de la nieve, tapona la matriz

donde los tejos soplan como hidras,
el árbol de la vida y el árbol de la vida

liberando sus lunas, mes tras mes, sin ningún propósito.
El flujo sanguíneo es el flujo del amor,

el sacrificio absoluto.
Significa: no más ídolos salvo yo,

yo y tú.
Así, en su encanto sulfuroso, en sus sonrisas

estos maniquíes se apoyan esta noche
en Munich, morgue entre París y Roma,

desnudos y calvos entre pieles,
caramelos naranja en palo de plata,

intolerables, sin mente.
La nieve deja caer fragmentos de oscuridad,

nadie cerca. En los hoteles
manos abrirán puertas y dejarán

zapatos gastados para un lustre de carbono
en los que gruesos dedos encajarán mañana.

Oh, lo doméstico de estos escaparates,
los encajes de bebé, la confección de verde follaje,

los macizos alemanes dormitando en su Stolz sin fondo.
Y los teléfonos negros en las horquillas

brillando
brillando y digiriendo

la ausencia de voz. La nieve no tiene voz.

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