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Corazón puro, de Attila József

La vida de Attila József reproduce el período más doloroso y mustio de la historia húngara y se desenvolvió entre un dramatismo y una pobreza extremos


Attila József

Javier Irigaray / 12·10·2014

Tal vez por ello aún resulte un enigma cómo la fatalidad, el abandono y la desprotección pudieron dejar versos tan bellos, que discurren entre la belleza y la esquizofrenia en un plano esencial en el que todo, hasta lo más amargo, adquiere inusitadas cuotas de dulzura.

En su obra se atisba al poeta comprometido y defensor de causas perdidas, en el que convergen exacerbados el fervor político, las pulsiones de creación y de muerte. Donde los estigmas de la primera gran guerra, la pobreza y el acecho del fascismo, marcarían su breve destino personal, como el símbolo más sensible de su generación trágica, en una Europa que enloquecería prontamente. A los 16 años publicó sus primeros poemas en la principal revista literaria de Hungría, Nyugat [Occidente].

Desde muy niño, Attila dio muestras de inusitada inteligencia. Ya a los 12 años había escrito sus primeros poemas, y pese a la pobreza, el infortunio y los trastornos de la pubertad, que habían afectado su mente llevándolo a intentar quitarse la vida en varias ocasiones –a los 9 años cometió su primer intento de suicidio ingiriendo una barra de parafina-, fue un estudiante brillante. En su Currículum vitae, escrito en febrero de 1937 para un banco en el que solicitara trabajo, relata: "Al terminar el sexto grado abandoné el liceo y el internado, pues en mi aislamiento me sentía desocupado, no estudiaba, pues me sabía la lección tan pronto el profesor la explicaba", había aprobado el examen de séptimo y octavo grado de una sola vez.

Nació el 11 de abril de 1905, en Ferencváros, un suburbio obrero y miserable de Budapest, lugar en cuya estación de niño robaba madera y carbón para calentarse y salvar del frío a su madre y dos hermanas. Su padre, un jabonero medio rumano medio székely –es decir húngaro habitante de Transilvania-, abandonó a su familia cuando József apenas contaba tres años. Fue declarado huérfano por la asistencia pública, que lo envió a Öcsöd, pueblo de las llanuras de Hungría donde fue criado por campesinos y trabajó cuidando cerdos hasta los 7 años, edad en la que su madre, Borbála Pöcze, lo rescata y lleva a estudiar a Budapest.

Borbála hacía trabajos domésticos para mantener a sus hijos, pero la pobreza y el cáncer le devoró el vientre y murió durante la navidad de 1919. “Mi madre era menuda y murió pronto / porque todas las lavanderas mueren pronto”. El orfanato elegiría como tutor a su cuñado. Más tarde partió a Makó, donde obtuvo una plaza de estudio gratuita. Tenía 17 años cuando apareció su primer libro, El mendigo de la belleza, “me consideraron un niño prodigio, pero yo sólo era un huérfano", escribió en su Currículum Vitae.

Fue perseguido y acusado de haber blasfemado contra Dios en un poema. El Tribunal Supremo lo absolvió, pero eso no pudo evitar que los versos de Corazón puro, escrito a los 17 años, le valieran el odio de Antal Horger, decano de la Facultad de Humanidades, Lengua e Historia de la Universidad Ferenc József de Szeged y profesor suyo, quien le dijera que, mientras él viviese, jamás sería profesor de liceo: “a un hombre que escribe tales cosas nosotros no le podemos confiar la educación de generaciones futuras”. Fue expulsado de la Universidad de Szeged, pero el público aclamará el poema, considerándolo una suerte de manifiesto de la generación de posguerra en Europa Central. El crítico Pál Ignotus -hijo del fundador de Nyugat, revista forjadora de la nueva literatura magyar-, lo presentará después como modelo para la nueva poesía.

Ni en sus visiones más sombrías y apocalípticas, Attila sacrifica la frescura, la pureza ni el lirismo salvaje o la aterradora retórica de algunos de sus poemas.

Pero, tras esa violencia profética hay un vacío existencial que lo acosa, una desolación que irá agudizándose con el paso de los años, y se concretará en la imagen glaciar de los versos de Sin esperanza: “Mi corazón sentado en la rama de la nada / su pequeño cuerpo estremece silencioso”.

A partir de 1925, año en el que aparece su segundo libro, No soy yo quien grita, pese a su miseria y constantes quiebres de salud –aunque la pobreza lo acompañará a lo largo de toda su vida-, Attila viaja a Viena, donde estudia, vende periódicos y trabaja como limpiador en una academia húngara del lugar para subsistir. Luego dará clases particulares y, gracias a una beca financiada por Lajos Hatvany, un mecenas de las letras húngaras, partirá a París, donde estudiará en la Sorbona y conocerá, entre otros, a Tristán Tzara. Regresó a Budapest y estudió en la facultad, evitando los exámenes de profesorado, debido a la amenaza de aquel profesor que le impedirían dedicarse a la docencia. En 1929 publicó No tengo padre ni madre, obra de tintes surrealistas heredados de su experiencia parisina.

Arthur Koestler, quien conociera a Attila y viera en él a un intelectual apasionado que discutía incansablemente hasta las tres o cuatro de la mañana, a "un perfecto acróbata de la dialéctica" que permanentemente estaba huyendo de la poesía para dar en lo cerebral y de lo cerebral para dar en la poesía, lo describe así en su Autobiografía: “rostro alargado, de frente amplia, ojos serenos y pardos y rasgos regulares, tranquilos (...) en su aspecto sereno nada indicaba que había estado varios meses en un manicomio, enfermo de desilusión y que se encaminaba a un fin trágico(...). A decir verdad, en la época de nuestra amistad era un hombre perfectamente normal, salvo sus obsesiones intelectuales. Entre éstas últimas las dominantes eran el psicoanálisis y la dialéctica hegelianomarxista”. Creía que lo que confería carácter a la poesía última de József, era esa milagrosa conjunción de lo intelectual y lo melancólico: “...sus poemas más complejos y cerebrales, sus poemas marxistas y freudianos, suenan como canciones folklóricas y a veces hasta como canciones de cuna; la ideología está completamente disuelta en la música. El ritmo de Attila casi siempre se traduce automáticamente en canto”.

Su estilo autobiográfico, intimista y políticamente comprometido, reside en una dulce originalidad para hacer de lo horroroso imágenes sublimes, envolviendo lo irrelevante, lo cotidiano, en fuertes dosis de ternura.

Trabajó en la traducción de una comedia de Lope de Vega que quedaría inconclusa, pero su poesía, como la de muchos otros poetas de su generación, tuvo resonancias de la Guerra Civil Española, directamente en los versos de Epitafio de un labriego español, que dicen: “Franco, el general, me enroló, feroz soldado, en sus filas. / Temí ser fusilado. No era posible huir. / Temí: luché con él contra la libertad, contra el derecho / tras los muros de Irún. Y así también me halló la muerte”.

Abate el capitalismo, no te quejes, un ensayo fechado en 1.931, fue censurado por su carácter político. Attila formó parte activa de aquella efervescencia política y revolucionaria que recorría la Europa de su tiempo, lo que hizo que él, un lector de Marx y Freud –aunque Koestler diría que murió víctima de ambos-, se afiliara al clandestino partido comunista húngaro, él, un socialista puro que "detestaba a Stalin con la pasión de un jacobino", un revolucionario con el corazón destrozado y más dolido aún por la miseria de su patria y la amenaza mundial del fascismo, nunca se alejará emocionalmente de sus antiguos camaradas, aunque abandonó el partido que, algunos días más tarde le expulsó por “su peligrosa tendencia trotskista".

En una Antología de la poesía húngara, publicada en 1981, Éva Tóth, desde una lectura afectada de visiones ideológicas y asonante con la canonización post morten que los comunistas húngaros hicieran de él; lo presenta como representante de rango mundial de la nueva clase obrera: “József recorre, pues, la escala entera de la ‘miseria nacional’, el hambre y la esquizofrenia (...) los conflictos y frustraciones de raíz individual y social, son analizados por él en poemas tan musicales que a veces presentan la sencillez de una canción popular. Su poesía de amor es única y novedosa por la pureza hímnica y la determinación biológica y social”, así, Éva identifica en su desafortunada vida, el origen de la genial obra de József y su poética, “que moviliza como consignas combativas, cual coro de recitadores obreros, y lo llevan a elaborar síntesis socio históricas que lo elevan a la cima de la poesía filosófica húngara”. Sin embargo, en vida fue mal visto e incomprendido por sus compañeros de partido.

Sus últimos libros serán Noche de arrabal (1932), Danza del oso (1934) y Duele mucho (1936). Attila ya había roto con la gente de Nyugat. La belleza extraordinaria de su última poesía surgía de la búsqueda de salvación en la palabra, que al final le fue insuficiente. Pero József no buscaba redención en la poesía, sino en la vida real: “Sí, soy poeta, ¿pero a mí qué puede interesarme la poesía en sí misma? No sería tan bello el río si su estela nocturna subiese al cielo...".

Su vida sentimental estuvo marcada por la desilusión, el desengaño y los amores no correspondidos. Había amado a Martha Vágo, pero su familia burguesa se opuso al matrimonio. En 1930 conoce a Judit Szántó, y con el amor de ella parece alcanzar el equilibrio emocional, pero todo se viene abajo al intentar envenenarse ésta, atormentándolo y afectando su frágil psicología. Dos seres así sólo pueden hacerse daño. Sus posteriores desencuentros amorosos tendrán una explicación indesligable de su estado mental ante el avance de la esquizofrenia: “¡amadme con vehemencia, ahuyentad mi enorme dolor!”,escribe.

Rechazado por sus camaradas, acorralado por la pobreza, el desamor, la soledad y la locura, buscará desesperadamente una razón para asirse a la lucidez, aferrarse a la cordura. Mas pese a las constantes adversidades Attila resistirá, tenía la piel dura por los constantes sacrificios, carencias y ausencias que tuvo que sufrir desde niño, pero todas las adversidades eran agentes detonantes: “En esta época, la suerte me golpeó de modo tan imprevisto que por más endurecido que yo estuviese, no lo pude soportar”. Sus fuertes depresiones, y el pavor a la locura harán que en 1935, fuera hospitalizado, experiencia que lo llevará a escribir: “Siento que mis ojos saltan de la cabeza. Si me vuelvo loco, por favor, no me hagan daño. Simplemente atráiganme con sus manos”.

Un acercamiento a su última poesía nos descubre sus batallas interiores, sus esfuerzos por escapar de aquel hoyo de angustia en el que se estaba sumiendo, donde los versos fluyen a manera de exorcismos lingüísticos. En la intensidad intimista de Duele mucho, podemos hallar algunos síntomas. Quizás esto explique por qué durante sus últimos años se enamoraba tan rápidamente de las mujeres que conocía. Durante su tratamiento con la doctora Edit Gyömrői, se enamora de ella, quien tras rechazarlo, interrumpirá las sesiones psicológicas a fines de 1936.

Esa exacerbada necesidad de cariño y protección, tal vez sea achacable a la temprana muerte de su madre, pero en él se percibe esa necesidad mayor de aferrarse a algo que le impida naufragar en el océano de la demencia, sentando sus esperanzas de ser purificado y redimido por el amor. De allí sus invocaciones desesperadas, de un tenebrismo conmovedor.

Durante el último año, sus crisis se harán más frecuentes. Y en febrero de 1937, en una de esas terapias psicológicas, conocerá a Flora Kozmutza, especialista en pedagogía rehabilitativa, de quien se enamorará inmediatamente, pero tampoco será correspondido. A ella le dedicará sus últimos poemas de amor afectados también por sus ansias de libertad y de un mundo nuevo.

Es probable que las ausencias, la pobreza y la mala alimentación, hayan ido mermando paulatinamente su cuerpo y salud mental, y lo arrastraran a terminarlo todo. Y quizás también porque esos deseos de evasión fueron recurrentes a lo largo de su vida, había intentado suicidarse desde muy niño. La primera vez fue a los nueve años, tragándose una barra de almidón que pensaba era venenosa. Luego, ya adolescente, se tendería en las vías de un tren que extrañamente no llegaba a la hora de siempre. Y al salirle al encuentro, caminando sobre las rieles, se enteraría de que a un kilómetro y medio del lugar, el tren que debía venir por él, había arrollado a otra persona: “El tren encendido de sol ha rodado / ante mi umbral indiferente. / Vete, / las huellas de tus pies / ya no hacen daño”.

Desde entonces, la idea de que alguien murió en su lugar lo acompañará como fogonazos recurrentes, convirtiendo la imagen de esos trenes de mercancías transitando a gran velocidad, en una de sus amargas obsesiones. Hasta que el 3 de diciembre de 1937, tras haber pasado algunas semanas en una clínica para enfermos mentales, fuedado de alta y puesto al cuidado de sus hermanas debido a una aparente mejoría. Aquella imagen fantasmal de vagones rugiendo a toda marcha se concretará, y será arrollado en una estación cercana al lago de Balatonszárszó. Y con ello nacerá la leyenda del poeta trágico y comprometido.

Arthur Koestler relata este penoso final con una imagen estremecedora –tal vez análoga a la del atormentado Vincent Van Gogh cortándose la oreja: “Al aproximarse a la estación, el tren comenzó a marchar lentamente. Attila corrió, pasó por debajo de la barrera, se arrodilló junto a las vías y mientras el tren aumentaba su velocidad, puso el brazo derecho sobre un riel en el intervalo del paso de dos vagones. Posteriormente hubo de encontrarse aquel brazo, limpiamente cercenado, a alguna distancia del destrozado cuerpo. Pocos días después de la muerte de Attila, su familia halló en una gaveta una camisa a la cual se le había cortado la manga derecha con unas tijeras. El complejo de culpa, por lo visto, le había inspirado la idea de que debía amputarse el brazo derecho; y cuando lo hizo, el tren ‘clamando por más presa’, arrastró el resto del cuerpo bajo las ruedas. Quien anunció la muerte del poeta a sus hermanas fue el idiota de la aldea, que lo hizo entre risitas y balbuceos».

Aquella última crisis acabó con Attila, suicida o no, arrastrado por la muerte.




Corazón puro



No tengo padre ni madre,

no tengo patria ni dios,

no tengo casa ni sudario,

ni ningún atisbo de amor.



Hace tres días que no como

ni siquiera un mendrugo de pan.

Aunque soy joven, fuerte y sano,

mis veinte años están en venta.



Mas si nadie quiere comprarlos,

al diablo se los venderé.

Robaré, con mi corazón puro,

y mataré si es necesario.



Me atraparán y seré ahorcado.

Yaceré en la bendita tierra

y crecerá la hierba emponzoñada

de mi corazón sencillo y puro.

___________________________

Bibliografía:

Attila József. Fayad Jamís, Universidad Nacional Autónoma de México. México, 2.009.
Attila József, o una lucidez desesperada. Rafael Ojeda, voltairenet.org. 2.005.
Attila József Poesías. Simon András, Eötvös Jözsef Könyvkiadó. Budapest, 1.999.
Curriculum vitae. Attila József. Budapest, 1.937.

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