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Alguien escucha un disco de John Lennon, de Domingo F. Failde

Domingo F. Faílde ha desaparecido, pero su obra estará ahí para siempre y estará vivo para todos lo que quieran acercarse hasta sus versos


Domingo F. Failde en una foto de El Callejón del Gato

Javier Irigaray / 19·10·2014

Domingo F. Faílde (Linares, 1948, Jerez de la Frontera, 2014) sacó las palabras a pasear en busca del hombre. Las sacó para buscarse a sí mismo, ejercicio de introspección, y a todos los hombres, porque, como dijo, “es el hombre quien ama y quien sufre”, examen de topografía humana.

Siempre supo que el poeta, verso a verso, va desnudando a su yo y, tal vez por eso, fue escribiendo a conciencia, hilando la memoria con lo consuetudinario, sin renunciar al equipaje que su voraz dedicación a la lectura había añadido a su idioma le pertrechó, a modo de adarga, para luchar contra “la creciente depauperación del lenguaje, que amenazan con reducirnos al silencio y al frío”.

La poesía de Failde descubre una belleza insólita y singular que hoy, a ocho meses de su muerte, sigue viva, como fiel guía para conocer su mundo, para conocerle a él y para conocer algo más, sin duda, al hombre.

Domingo F. Faílde dejó escrito que la realidad, sin duda, puede ser percibida por todos, pero es interiorizada por cada uno. La poesía, pues, añade a lo unívoco una luz humanizadora, en virtud de la cual el poeta recrea el universo. “La poesía es expresión de lo plural singularizado”, por eso es tan necesario leer su obra y ver el mundo a través de sus ojos, pues nos encontraremos con una belleza insólita y singularísima.

En una entrevista publicada en 2012 en El Callejón del Gato, Failde asumía que su poesía se dirigía "acaso a ninguna parte, a un viaje sin destino ni retorno posible, a una entrega al albur de la historia. Sigo escribiendo, que ya es bastante, y espero morir con la pluma en la mano. Soy consciente de estar creando una poesía en fase terminal".



ALGUIEN ESCUCHA UN DISCO DE JOHN LENNON


Viene del lado inmóvil del tiempo, suena

desde una cueva oscura esa voz que nadie localiza,

flota en el aire,

se empoza en la nostalgia, como un presagio líquido,

surcando la penumbra gris del atardecer.

He aquí, en un remolino de pájaros, la música;

el vértigo indomable de la voz, y John Lennon

sueña, imagina, eleva

la construcción del grito, la precisión insomne

de la luz insaciada.

John Lennon, a lo lejos,

trepa por el crepúsculo,

y reverdece el cauce del calendario,

como si un maremoto,

recorriendo el declive de la memoria,

el velo del origen descorriera.

He aquí la perfección de la tristeza

que mide la distancia de la noche, su indescifrable código,

sus ocultos designios, en tanto

dilapida sus pétalos la duda.



No es acaso John Lennon quien cruza la avenida,

sino una sombra dulce que no borró la lluvia,

anclada a un tocadiscos que, pese a todo, suena,

mientras entre los sauces se atrinchera el otoño.

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