Anuncio superpuesto

Aviso Cookies

Botones

Agenda

La imagen de la amada, de Es Saheli

Abu Haq Es Saheli o Abu Isaq Es Saheli, el "Arquitecto de Tombuctú", el alarife del perfume, el sabio granadino, es otro de tantos hijos de Granada olvidado por la Historia y por los suyos



La Gran Mezquita de Djinguereiber, poema de barro y adobe, la obra más conocida de Es Saheli

Javier Irigaray / 14·09·2014

Su leyenda es la realidad de un artista sublime que triunfó a 3.500 kilómetros de distancia de su tierra y que fue recuperado para todos por El arquitecto de Tombuctú, la novela de Manuel Pimentel.

Cuando hablamos de cómo la cultura musulmana entró tras la reconquista en un periodo de decadencia de la que hoy día, cinco siglos después, no ha superado, nos es imposible entender que sin el yugo de la religión, el mundo de al-Andalus, el más liberal, tolerante y abierto de los pueblos islámicos de la historia, nunca podría haberse dado. El epílogo, el canto de cisne de toda esa cultura centenaria heredera de Grecia y Roma se concitó en la Granada refinada y culta de los nazaríes. Y en este contexto nació Es Saheli en el año 1290, durante el emirato de Muhammad II.

Era un controvertido poeta de versos encendidos, temáticas eróticas y propuestas muy avanzadas para el siglo XIII. Su padre ocupaba el cargo de alamín, una especie de árbitro encargado de dar el precio justo de las cosas, y formaba parte del gremio de los perfumeros, una de las corporaciones laborales más prestigiosas y elegantes del Reino de Granada. La delicadeza y distinción lograda en estos tiempos queda patente en la fuerza que tenían los perfumeros, un desempeño laboral que pone de manifiesto el elevado estatus que se le concedieron a detalles como éste, habida cuenta que en la Castilla del momento, el hedor corporal superaba lo creíble.

El niño Abu Haq sufrió en su juventud la salida de su padre de la casa familiar, ya que optó por buscar en los brazos de su segunda esposa y su nuevo suegro una mayor dosis de prestigio profesional. Le costó encontrarlo, mientras que su hijo se hacía un nombre en la ciudad a pasos agigantados.

Sin alcanzar la madurez, pero dando muestras de su capacidad, Es Saheli era ya trabajador de la notaría de la Alcaicería, el zoco de más renombre y prestigio donde se vendía el oro, las sedas y los tejidos más costosos y los tintes naturales prohibidos para casi cualquier economía doméstica. Su labor contable al frente del más distinguido comercio del sur peninsular y lugar de peregrinación de las caravanas comerciales más insólitas de todo el Islam le valió que el gobierno de la Alhambra lo llamara para ocupar nada menos que el puesto de secretario de la Chancillería Real. Es decir, estaría a su cargo el tesoro del Reino.

Su imparable vida laboral no le impidió disfrutar de los placeres de la noche granadina. El vino y el licor de anacardo le hacían perder horas de sueño y mermaban su fama como poeta de grandes versos.

Las intrigas en la Alhambra acabaron con Omán, el suegro de su padre, encarcelado, y con éste y su "otra familia" 'exiliados' en la casa de su propio hijo, quien, por otra parte, ya compartía vida con Afiya, su primera esposa. La reclusión de Omán se produjo tras las falsas acusaciones de un personaje celoso del propio Es Saheli que creía que éste mantenía relaciones con Abdalá, un efebo de la ciudad al que consideraba propiedad suya. Mas no era así, por más que en su infancia ambos llegaran a experimentar algo más que una simple amistad. Pero en aquel momento Es Saheli no correspondía a Abdalá, que sí seguía enamorado de él. Y como el amor es origen de necios y apasionados actos, el chico, sin el conocimiento de Es Saheli, atrajo al denunciante para que los dos fueran pillados fornicando. Yusuf, uno de los ulemas fundamentalistas de Granada, fue el encargado de tramitar la pertinente denuncia.

Como consencuencia, Abdalá y el traidor fueron sentenciados y ajusticiados a morir lapidados. Es Saheli fue testigo de ella y ajustició a su inolvidable amigo con una piedra colosal, evitándole así un mayor sufrimiento. A partir de ahí su vida cayó en picado. Afiya le dejó, consciente de que el potente licor de anacardo ejercía sobre él más poder que su propia esposa. En la decisión también influyeron, qué duda cabe, sus continuas infidelidades.

Lapidado el amante, abandonado por su mujer y con los sabios y los ulemas del hadiz y la sharia en su contra, a Es Saheli se le ponía difícil la vida en Granada. Para colmo, los intérpretes de la ley vieron en sus versos apostasía, blasfemia religiosa y críticas al Corán. Aquella misma Chancillería Palatina de la Alhambra que le había dado el prestigio y el honor laboral, lo condenó a diez años de destierro. Acompañado de su fiel Jawdar, el hijo ilegítimo del notario que le dio su primer trabajo, embarcó en Almuñécar rumbo a El Cairo. Allí contó con la protección del rico mercader Al Kuwayk. Visitó las ciudades de Damasco y Bagdad e incluso el desconocido Yemen, empapándose de todas las corrientes del Islam que de esos lugares emanaban. En su primera aventura en Egipto, una enfermedad de Jawdar le hizo adentrarse en los misterios de Luxor para requerir la ayuda de un mago. Su esclava Kohl, otros de sus amores, le animó a ello. Con el resultado pretendido, esto es, la sanación de su amigo, pero con el susto en el cuerpo de haber estado a punto de morir sepultado a los pies de una tumba faraónica, se nutrió de las corrientes culturales de los países por los que había pasado, bagaje suficiente para hacer de él una figura enigmática e intelectual. El éxito de su aventura no impidió que Kohl lo abandonara ya con un hijo suyo creciendo en su vientre.

En el año 1324 motivado por algún recelo moral y con la seguridad de que la religión le devolvería la paz, realiza una peregrinación a La Meca en la que comparte estancia y labra una amistad con Kanku Musa. Abu Haq el granadino no lo sabía, pero estaba delante de un mansa, es decir, el emperador de los negros que regentaba el Imperio de las doce tribus de Malí. Estaba delante de uno de los más poderosos africanos del momento que le insistía para que lo acompañara a los dominios del río Níger, por debajo del Sáhara. De hecho, su pueblo era conocido como el Sahel, de manera que nuestro paisano recibiría el sobrenombre de Abu el del Sáhara, como debemos traducir “Saheli”.

Se convirtió en favorito del Emperador. Sus versos animaban y sorprendía al soberano, su popularidad en la corte iba en aumento y su capacidad de ordenar era grande. Así fue como un día, el mandatario de Malí le encargó renovar y hacer de aquella triste y pequeña ciudad la gran capital que pretendía. A Kanku Musa le rondaba en la cabeza una cosa: hacer una mezquita que estuviera a la altura de la de Damasco, la de Bagdad o la de La Meca. Y cuando le confiaba ese deseo al granadino, nuestro paisano le espetó: "Poeta soy, y la arquitectura es la poesía del barro y la piedra. Al igual que recito, levantaré palacios y mezquitas".

Mezquitas, mausoleos, palacios y una ordenación urbana que recordaba la andalusí fueron naciendo de un material liviano, pobre, sobrio y sencillo, que le permitía hacer proezas pero a la vez, ser humilde y sencillo. El gobernante se despertó un día contemplando cómo el poeta y contable granadino Abu Haq, que ya todo el mundo conocía como Es Saheli, había hecho de Tombuctú la ciudad mágica que le serviría de tumba.

El genio granadino ya se había hecho un lugar en la historia, pero el futuro aún le aguardaba un par de sorpresas. Como embajador del rey de los negros en Fez se le encomendó la misión de paz en el norte de África. Y también cumplió con este propósito. No sin antes haber estado a punto de morir de nuevo como consecuencia de un envenenamiento culinario. Tras su recuperación, se hizo más firme aún la nunca abandonada intención de regresar a su añorada Granada. A su favor jugaba que la distancia que le separaba de la ciudad era escasa. Pero su inseparable Jawdar había caído enfermo en Tombuctú y Es Saheli regresó a Malí para presenciar las que creía que eran las últimas horas de su amigo. Y así atravesó de nuevo el desierto.

Cuando llegó, habiendo perdido a muchos acompañantes por deshidratación e inanición, Jawdar le recibió totalmente recuperado. Además, cuatro esposas y 16 hijos le esperaban como agua caída del cielo. Entonces comprendió que su figura pertenecía a Tombuctú y a su tierra, la que tanto reconocimiento le otorgó. Su oficio le permitió seguir construyendo obras para el recuerdo, siempre partiendo de la naturaleza como método de ejecución. Y fue en una de ellas donde le visitó la muerte. El 15 de octubre de 1346 encontraron el cuerpo de Es Saheli en el patio de la mezquita de Djinguereiber. El considerado padre del 'arte sudanés' había grabado para siempre su nombre en la historia. Pero en Granada, la ciudad que siempre amó, pocos se acordaron de él.

Hoy día se le conoce como el gran arquitecto del Níger y la ciudad de Tombuctú es Patrimonio Mundial, destino obligado de la cultura y el arte de la humanidad y sigue sorprendiendo, tanto como cuando fue saqueada y tomada por el rey rival de los Mossi, en el año 1337, que no se atrevió a tocar nada de su arquitectura de barro, de su grandiosidad y originalidad. Como sorprendió a Gaudí. Como sorprendió a Le Corbusier. Como sorprendió a Barceló.



La imagen de la amada


Cuando ella me venía a visitar, su figura seducía mi corazón; ¡pídele que vuelva o de celos moriré!

Se ocultaba en la noche hasta percibir que la alborada de mis sienes palidecía ante la claridad.

Sigue mirándome, pues tu mirada es como un volcán que lanzara fuego sobre mis guedejas,

y, temiendo extraviarse en medio de la oscuridad, una hoguera alzara sobre mi cabeza.

¿Se puede ignorar el brillo del fulgente relámpago en las nubes? Y las estrellas que relucen en la noche, ¿acaso no se ven?

Las flores de mis cabellos se están marchitando, aunque a mares las hayan regado mis lágrimas.

¡Cuántos relámpagos lucen en su rostro al haber fruncido ya las nubes su semblante macilento!

Diríase que su nube era una joven solitaria, a la que el destino le hubiera arrebatado amante y esposo,

que con su vestido se tapaba, lanzaba guiños, reía en privado y en público lloraba.

Era como si su resplandor fuese un afilado y pulido sable que con mano medrosa señalara.

Por su causa y la del iris, cuajó una escena, que a la joven de la nube recubrió de pura plata.

Si como cinturón ceñía el talle de alguno, como pulsera colgaba del brazo de otro.

Aún de noche se marchó y la mañana, abriéndose paso en la oscuridad, aparecía unas veces y otras se ocultaba.

El alba brotó en la palma pintada de su mano, que señalaba el estallido de la aurora.

Durante la noche recorrió un campo de batalla del que las estrellas se escondían, retirando, pudorosas, la mirada.

Una brisa perfumada espoleó el corcel de los vientos, que tropezaba con las espigas de la alhucema.

Era un aire suave y fresco que, estímulo y remedio para el cansancio,

adornaba la mañana con el discurso de los montes, revelándole los secretos del Nayd.

¡Cuéntamelos también a mí, sírvemelos como se escancia el vino!

Este lugar, el centro de la nobleza, eclipsa a las estrellas.

Hay un torrente, que discurre con mis lágrimas de perlas y de plata,

y que inunda de llanto un foso y un estanque en el que se ahogan la artemisa y al laurel,

y que da generosamente de beber a unos huéspedes, que abandonaron un amor inconmovible y un súbito agonizar.

Las patas, arcos, de los dromedarios, los arrojaron, como flechas, a los confines del desierto,

sobre el que el polvo levantaba una humareda, que ascendía del fuego prendido de sus destellos.

El viaje les transformó en un sueño que realzaba el misterio del corazón del arenal,

haciendo crecer madroños ante sus narices, y floreciendo granados en las patas de los camellos.

Espejismos surcaban, como barcos, la tierra y, como la brea, se revestían de la oscuridad de la noche.

Eran letras cuando unos a otros se sucedían; renglones, cuando en caravana partían.

Sobre la silla de montar inclinados, iban los jinetes ebrios de pasión, pero no borrachos.

se aferraban con las manos a los costillares, alzando las túnicas sobre sus cuerpos.

Suspiraban por su mal de amor, por su juramento lloraban, repartieron vino y derramaron carácter.

Bajo los velos encarnados, huríes de blancos cuellos tapaban sus bocas granas y descubrían sus encantos.

Las puntas de las lanzas, como seto, las rodeaban, y agudas espadas, cual cercado, las vallaron.

Con la mirada hilvanaban los desgarros y, por temor a ser descubiertos, miraban de soslayo.

¡Eh tú, la que desenvainaste la mirada de una funda dorada, como si fuese una puntiaguda y afilada espada!

¡Piedad!, que si no fuese por ti, no habría abandonado el desierto, ni echaría de menos tu visita,

ni mis pasos habrían abandonado su camino, ni el torrente de mis lágrimas estaría regando la aldea.


Se inclinó y una fuerte lluvia comenzó a caer sobre ella; los destellos de un relámpago hicieron pedazos su velo.

Y cuando los rayos golpearon sus costados, se puso a llorar y corrieron innumerables lágrimas.


De plata son los corvejones de los caballos al entrar en combate, mas, cuando vuelven, de oro son.

Las huellas que dejan sobre la tierra húmeda tienen forma de copa, y vino parece el rastro de sangre que en ellas se ve.

No hay comentarios :

Publicar un comentario

Noticias
 
© 2014 Comunicación Vera Levante, S.L. Todos los derechos reservados
Aviso legal | Privacidad | Diseño Oloblogger