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Ciudadanos de Buenos Aires recurren a los juzgados para salvar su patrimonio histórico

Hace un siglo, las abundantes exportaciones de cereales y carne, hicieron de Argentina la octava nación más rica de la Tierra


'Basta de demoler' ha conseguido paralizar la construcción de un hotel de 18 pisos junto a la iglesia de Sta. Catalina
Versovia.com / 28·09·2014

Su renta per cápita superaba en un 50% la de varios países europeos, como Italia, y triplicaba la de Japón. Una ola imparable de emigrantes cruzó el Atlántico hacia su puerto principal y capital, Buenos Aires, donde abundaban el trabajo y las buenas condiciones de vida. Llegaron por millones desde Italia y España y cientos de miles de Francia, Alemania, Austria y Polonia.

La esperanza de llegar a ser "tan rico como un argentino" actuó como un poderoso imán, de manera que, en 1914, la mitad de los 1,6 millones de habitantes de Buenos Aires habían nacido fuera de la Argentina, la mayoría de ellos en Europa. La ciudad se embarcó en una reforma arquitectónica que la transformó de antigua factoría colonial del imperio español a una metrópoli moderna y bulliciosa, un legado cuya conservación es ahora objeto de lucha.

"Buenos Aires era entonces tan rica como hoy lo puede ser Abu Dhabi", dice Teresa Anchorena, ex diputada de la ciudad por la Coalición Cívica, galerista y actual miembro de la comisión de patrimonio nacional de Argentina. "Podía darse el lujo de contratar a los mejores arquitectos del mundo para diseñar edificios propios de una nación líder."

Esos arquitectos europeos hicieron de Buenos Aires la París de América del Sur, una ciudad multicultural con elegantes y anchas avenidas que rivalizaban con las principales capitales del planeta en refinamiento cultural y comodidades modernas. Los nuevos inventos, como las líneas telefónicas, el alumbrado eléctrico y las líneas de metro, llegaron a Buenos Aires simultáneamente con las principales ciudades de los EE.UU. y Europa.

Pero Argentina, desgraciadamente, no cumplió con las expectativas iniciales. Bien por la adopción de decisiones económicas inadecuadas o porque la dirección del viento de los mercados internacionales se volvió contra sus productos de exportación, allá por la década de los 50, el país se estrelló contra un muro y se hundió hasta la posición 55 ª a nivel mundial en renta per cápita, y se sumió durante décadas en una inflación crónica y en una serie de crisis económicas que parecen no tener fin.

La convulsión volvió a golperla de nuevo el mes pasado, cuando Argentina fue declarada en quiebra por las agencias internacionales de calificación crediticia, después de que un tribunal de EE.UU. dictaminara que la nación debe pagar 1,3 miles de millones de dólares a los acreedores de la deuda externa que se negaron a aceptar una quita en los bonos que habían adquirido con anterioridad a la quiebra de 2001. "Cuando se desvanecieron los tiempos de gloria, la ciudad se quedó con notables vestigios de su esplendor pasado como el teatro de la ópera Colón [el tercero mejor del mundo, según National Geographic] que ya no se corresponden con el actual status de la ciudad", dice Anchorena. "Pero, al mismo tiempo, ese contraste es parte de lo que hace a Buenos Aires una ciudad palpitante, única y compleja, super-atractiva, por lo que debe tratar de preservar lo que queda de ese formidable pasado".

Buenos Aires no se ha preocupado nunca por preservar su pasado. Sólo se conservan un puñado de edificios de los años coloniales erigidos después de la fundación de la ciudad en el año 1536, en lo que hoy es el antiguo barrio turístico de San Telmo. La arquitectura de estilo parisino de principios del siglo 20 también se ha ido reduciendo debido al boom inmobiliario que acompañó a un fugaz crecimiento económico durante la última década, hasta 2013.

"La idea ha sido siempre: esto es América, todo tiene que ser nuevo," dice Sergio Kiernan, un periodista que escribe una crónica semanal sobre la destrucción de edificios antiguos en el diario ‘Página 12’. "Esa actitud está todavía muy extendida en ciertos sectores del gobierno". Sin embargo, recientemente, una combinación de especialistas como Anchorena y grupos de base alarmados por el rápido ritmo de destrucción de ese patrimonio se han convertido en un dolor de cabeza tanto para los promotores urbanísticos como para las autoridades de la ciudad.

El adalid de la causa del patrimonio es Santiago Pusso, un profesor de música de modales suaves. Católico devoto, Pusso, cuando no está impartiendo sus clases en el conservatorio de la ciudad, se encuentra enseñando música a los niños pobres de la parroquia de Caacupé, en las chabolas de Villa 21.

En 2007 Pusso creó el minúsculo grupo ‘Basta de demoler’ con unos cuantos vecinos de ideas afines. Descubrieron que la forma más rápida para detener las demoliciones era a través del sistema legal. "Nos decidimos a ir a los tribunales", dice Pusso. "Esta pelea de David y Goliat sería imposible de otro modo."

Entre los principales proyectos detenidos por Pusso está un hotel de 18 pisos aprobado por los planificadores de la ciudad junto a la iglesia de Santa Catalina, construida en 1745, cuyos jardines, abiertos al público, son un oasis de paz en el centro de la ciudad. Probablemente el mejor ejemplo que queda de la arquitectura de la época colonial de Buenos Aires, Santa Catalina fue ocupada brevemente por las fuerzas británicas durante el segundo y fracasado intento de ‘invasión británica’ de Buenos Aires, dirigida por John Whitelocke en 1807.

"Pusso está utilizando una táctica altamente inusual. Desde ‘Basta de demoler’ detuvo primero una demolición en 2007 y su método ha sido aplicado por otras organizaciones no gubernamentales y ciudadanos particulares en un número creciente de casos".

La frágil relación de Pusso con el ayuntamiento se rompió la semana pasada cuando éste le interpuso una demanda en la que le pide 24 millones de pesos (2,18 millones de euros) en daños y perjuicios por el bloqueo de la construcción de una nueva estación de metro bajo la Plaza Alvear, un parque del siglo XIX en el barrio de clase alta de Recoleta. El parque es una atracción turística de primer orden debido a la ‘feria hippie’ que celebra cada fin de semana y de su proximidad a la iglesia de la Recoleta, construida en 1732.

Pusso había ido a los tribunales para proteger el parque. El juez ordenó a la ciudad detener la excavación de la estación (se eliminaron árboles antiguos con la idea de replantarlos una vez terminados los trabajos), mientras que el tribunal decidía si la estación se está construyendo de acuerdo con la legislación de metro de la ciudad, que declaraba que debía situarse en la Plaza de Francia. La ciudad argumentó que la Plaza Alvear es también conocida coloquialmente como ‘Plaza de Francia’, mientras que los críticos dijeron que la ciudad estaba cambiando la redacción de la ley para favorecer a un centro comercial situado en la colina que hay detrás de la Plaza Alvear.

Finalmente, el ayuntamiento dejó de cavar y anunció que iba a trasladar la estación de metro de la cercana escuela de derecho de la Universidad de Buenos Aires, en sí misma un símbolo de la ciudad monumental, construida en la década de los 40 en un estilo pastiche grecorromano que recuerda a la arquitectura fascista europea de la época.

Ese parecía ser el final de la historia, hasta que la ciudad anunció la querella contra Pusso. "La ONG hizo un uso abusivo de su derecho a buscar protección a través de los tribunales", dice el fiscal general de Buenos Aires, Julio Conte Grand, que presentó la reclamación. "Su objetivo era político, para causar daño económico y político al gobierno de la ciudad. Utilizamos la vía judicial para recuperar la pérdida económica ocasionada por el retraso en la realización de la estación de metro".

La alegación de motivos ‘políticos’ de Pusso, incluida en el derecho argentino, produce escalofríos a los defensores del patrimonio. "Esto es venganza. No se puede acusar a ‘Basta de demoler’ de parar la estación de metro: la obra fue detenida por el juez", dice Kiernan. "Es una barbaridad", está de acuerdo Anchorena. "Las autoridades son completamente insensibles a cuestiones patrimoniales. Ellos son la nada respecto a otras naciones de América Latina, como Colombia o México en lo que respecta a la conservación del patrimonio histórico".

El gobierno de la ciudad rechaza estas críticas. "Hemos catalogado más edificios históricos que cualquier administración anterior", dice Horacio Rodríguez Larreta, jefe de gabinete de Buenos Aires (equivalente a teniente de alcalde). Señala las intervenciones acometidas más importantes, como la meticulosa renovación de la Casa de la ópera Colón (inaugurada en 1908) y la nueva Usina del Arte, una llamativa restauración que convirtió una central eléctrica abandonada, construida en 1912, en un impresionante complejo de las artes en el distrito de La Boca.

El alcalde de Buenos Aires, Mauricio Macri, del partido de centroderecha PRO, que lidera por un estrecho margen las encuestas de opinión en el período previo a las elecciones presidenciales del próximo año, reclama otros avances positivos en el frente patrimonio. "Hemos convertido las calles del casco histórico del centro de la ciudad, atascadas por el tráfico, en paseos peatonales, dando nueva vida a toda esa área", dice Rodríguez Larreta. La ciudad también ha estado trabajando con los propietarios de los edificios más emblemáticos, como los almacenes Gath & Chávez de la calle Florida, construidos en 1912, con los que se ha alcanzado un acuerdo para restaurar sus fachadas.

Cualquiera que sea lo que los tribunales decidan en la demanda de la ciudad contra Pusso y su grupo, una cosa está clara. La causa del patrimonio arquitectónico de la ciudad, descuidado durante mucho tiempo tanto por el público como por las autoridades, ha llegado a Buenos Aires para quedarse.

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