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"Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú", de John Keats


Seguirle los pasos a John Keats es como intentar atrapar el viento entre nuestras manos, pues su vida fue tan fugaz como la huella que el agua deja sobre el lecho en el que se refleja 



John Keats: El poeta de la melancolía inalcanzable

Ángel Silvelo / 03·08·2014

Efímera existencia la del poeta que, reconvertida en el polvo que descansa sobre un torrente seco, espera valerosa el hálito de la noche para abrazarse a él en un interminable sueño eterno. Keats acogió a la muerte en silencio, y en la solitaria compañía de Joseph Severn que, a mayor gloria de sus pinturas, pasará a la historia por ofrecer al mundo el testimonio de los tres últimos meses de la vida del poeta a través de las cartas que escribió a sus amigos y familiares, convirtiendo de ese modo, un hecho fatídico como es la muerte, en una leyenda en la que Keats hombre, que no poeta, dejó de existir un 23 de febrero de 1821, alrededor de las once de la noche. Sin embargo, si algo tiene el paso del tiempo, es la posibilidad de establecer los verdaderos parámetros de un artista y su obra, pues ambos serán objeto de estudio por aquellos que se acercarán a su figura apartados de la vehemencia del falso halago o la codicia. De ahí, que podamos proclamar, sin miedo a equivocarnos que, tanto fugaz como efímero, son solo dos adjetivos que califican el paso por el mundo terrenal de John Keats, ya que la vehemencia poética de sus versos y poemas ha conseguido que el poeta de la «melancolía inalcanzable» haya dejado un rastro indeleble en todos aquellos que se han acercado a su obra; una obra que, con el paso del tiempo, ha devenido en la más representativa de su época.

John Keats (Londres 1795 - Roma, 1821) es, junto a Lord Byron y Percy Bysshe Shelley, uno de los máximos representantes de la segunda fase del movimiento romántico inglés (1812 - 1830). Su obra ensalza como ninguna los valores del artista frente a las reglas, y, al igual que Byron y Shelley, se refugiará en la naturaleza como mejor forma de expresión contra el poder establecido y la industrialización. Esta huida del mundo que le rodea no es sino una búsqueda de la belleza. La atmósfera de los poemas de Keats que, de una forma inteligente, están atemperados por la melancolía, nos lleva, como el mejor de los viajes posibles, hacia instantes cargados de una extenuante contemplación. ¿Acaso qué es la poesía sino contemplación? Sin embargo, en la poesía del joven poeta británico, esa forma de ver y sentir la vida tiene además un significado que va más allá del mero placer estético, ya que a medida que avanza en su introspección lírica, se va a enfrentar con los límites a los que todo hombre se ve abocado en su lucha contra su propia naturaleza. Es entonces, cuando su yo lírico intenta saltar la frontera de la realidad a través de lo que él mismo denominó como «capacidad negativa» que no es otra cosa que el poder llegar a ser otro (pájaro, urna o árbol). Esa es para Keats la fuerza insondable de la que se dota el poeta para transformar el mundo, y así, convertirlo en algo sublime y bello a la vez, pero sobre todo, trascendente. Baste tan solo recordar el inicio de su poema épico Endymion: «una cosa bella es un goce eterno», para visualizar el significado de sus postulados.

Pero la eternidad en Keats no solo significa tiempo, sino también plenitud, justo aquella que atrapa al reflejo más intenso, ese en el que se conjugan verdad y belleza. El poeta, en una de sus odas más famosas, Oda a una urna griega, dejó dicho: «la belleza es verdad; y la verdad belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber», apenas unos versos que se han convertido en la esencia de su poesía. John Keats, al que Cortázar definía en su libro Imagen de John Keats como: «el hombre que siempre iba con un libro en el bolsillo», fue un joven poeta rico en emociones, pero a la vez, un hombre que carecía de medios económicos con los que sustentarse a sí mismo y a su familia. Ambas circunstancias se convirtieron en dagas envenenadas que se abatieron sobre su vida de una forma trágica. Baste recordar que con siete años perdió a su padre y con quince a su madre. Ella murió de tuberculosis como más tarde moriría su hermano Tom y más adelante él mismo. Perdido entre la intemperie de la enfermedad y una existencia sin recursos materiales, intentó buscar un sustento en la poesía, pero no lo consiguió. Un contratiempo, que lejos de subyugar a sus más íntimos principios literarios, le hicieron mostrarse como un héroe sin otra hazaña que perseguir que la del arte por el arte. En este sentido, solo tenemos que recordar que, a pesar de que ejerció de farmacéutico dos años (1814-1816), a finales de 1816 decidió dedicarse por completo a la literatura. En ese momento Keats contaba con veintiún años, y en apenas cinco más, moriría en Roma.

Una vez que se forjan los mimbres sobre los que sustentar sus inquietudes líricas, Keats comienza a escribir poemas bajo la influencia del mundo clásico. Su primer poema de madurez es el soneto titulado Al visitar por primera vez el Homero de Chapman, inspirado en la lectura de la traducción que George Chapman había realizado de la Ilíada y la Odisea. Sin embargo, a medida que avanza en su introspección creadora, se va a obsesionar por encontrar una mejor combinación estrófica, lo que le llevará a dominar de manera magistral el uso de las estrofas; una habilidad poética que transformará en única en sus odas, consideradas a día de hoy, por los críticos de su país, como las más bellas y sublimes composiciones poéticas del Romanticismo inglés. Además, el espíritu enfermizo de Keats, le llevó a examinar esa última grieta de la vida que nos separa de la muerte, de ahí, que su obra manifestara una honda preocupación por el yo y por la relación que el hombre entabla con el sufrimiento y la muerte, así como, su relación con los demás o su respuesta a los sentimientos del otro. Inquietudes existenciales, todas ellas, que acompañarán a sus poemas hasta el final. Un final tristemente cercano para él y la poesía.

Hoy recordamos el último poema que le escribió a Fanny Brawne, su amada: 


Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú

«Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú,
no viviría en brillo solitario suspendido en la noche
y observando, con párpados eternamente abiertos,
como paciente e insomne ermitaño de la Naturaleza,
las agitadas aguas en su sagrado empeño
purifican las humanas costas de la tierra,
ni miraría la suave máscara de la nieve
recién caída sobre los montes y los páramos;
no, aunque constante e inmutable,
reclinado sobre el pecho madura de mi amada,
sintiendo por siempre su dulce vaivén,
despierto para siempre en dulce inquietud,
callado, para escuchar en silencio su dulce respirar...»

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