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Mar de Irlanda, de Carlos Maleno. Reseña


“Un libro debe ser el hacha para el mar helado de nuestro interior.” (F. Kafka, Carta a Max Brod)




El autor y su libro


Isabel Giménez Caro* / 26·08·2014


“Quise describir ese mar y ese silencio y a ella. Mujer y silencio y el Mar de Irlanda al fondo” (Mar de Irlanda)

Podemos leer esta novela de dos maneras: de una manera absolutamente pura, dejándonos llevar por la cadencia, por la interna música del lenguaje y atendiendo sólo a aquellas señales luminosas que podamos reconocer o, como es más común en nuestro oficio, leerla intentando llenar las alusiones con kilogramos de información –tan fácil de buscar hoy día en internet, por otra parte-. En cualquier caso, desde una u otra lectura, este libro es un hacha para el mar helado de nuestro interior.

Igual que en medio del Mar de Irlanda se halla la Isla de Man, en medio de la Muerte está la literatura, y en medio de la literatura está el Planeta Lux, que no es un grupo de pop aunque lo parezca sino que tiene que ver con el mundo de las aspiradoras: las aspiradoras hacen limpieza, son máquinas que aspiran suciedad y que fueron inventadas a principios del siglo XX, en torno a 1912.

A principios del s. XX aparecen las vanguardias, con el surrealismo a la cabeza, las vanguardias que iluminarán y marcarán el signo de la literatura todo el siglo. Y en esta novela de Carlos Maleno encontramos un recorrido por esa literatura: Kafka como Padre: “La literatura es, siempre, una expedición a la verdad”, como soñado por Jorge Luis Borges (ultraísta, cuentista, laberíntico, el que habla del concepto "regresus in infinitum": Según Borges, Kafka es el primero en aplicarlo a la literatura. (tiempo y espacio): El tiempo y el relato.

Se van sucediendo los nombres de escritores –la escritura-la música- la escritura- (como esa música con la que da comienzo la novela y que nos recuerda el comienzo de La Grande Belleza).

Además de Kafka y Borges encontramos a Walser, Bolaño, Vila-Matas, Houellebecq, Philip Roth… Literatura europea y literatura americana. Novela. Sobre todo, cuentistas y novelistas: cuadernistas.

Pero este continuo juego de espejos se hace desde la nueva vanguardia de la literatura del siglo XXI: ése es el gran triunfo de esta novela:

“Nos acercamos a la verdad a través de alguien que escribe, pero esta se mueve con nosotros en un viaje realmente interminable, pues la verdad es la literatura misma, el fin y el medio que se mueve de forma perpetua y nosotros, pobres desgraciados, solo podemos aspirar a ser pequeños y humildes sucesores de Kafka.” (p.18)

La metaliteratura lleva al lector a un variado muestrario de múltiples formas de escribir, como una serie de muñecas rusas, como un palimpsesto que contiene y desborda la idea de un collage de la cultura (pop) del siglo XX. El lector encuentra relatos dentro del relato, cuadernos de escritores que sueñan con ser personajes y que sólo en la literatura encuentran su destino: La Muerte.

Un destino que es, a su vez, un ansia de futuro para poder darle sentido a la “Nostalgia del presente”, el magnífico poema de Borges que me parece que envuelve toda la novela.

El hilo conductor de la novela no es otro que el mundo de los muertos soñados por un escritor que es la suma de los escritores de la historia de la literatura del siglo XX: (por eso la novela está escrita en primera persona del singular: Yo) el siglo marcado por la idea del mal, por la idea de la devastadora soledad del individuo: en la novela encontramos también tantas historias de amores imposibles como relatos: Elena o ‘Ella’, la Mujer de Ojos Verdes está viva y está muerta. Es soñada y proyecta sueños. (“Allí no hay nadie”, leemos en varias ocasiones: el amor desaparecido, la mujer inexistente) la soledad, esa imposibilidad sólo puede paliarse a través de una escritura en la que la identidad queda indefinida en una serie de círculos que interseccionan continuamente el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.

Porque el autor de Mar de Irlanda juega continuamente con el sueño y con la muerte.

Nos habla de planetas, de mares, de destino, en definitiva: y al destino se llega viajando. El viaje del que habla Borges en “La flor de Coleridge” (Otras Inquisiciones): viaje al pasado y viaje al futuro, viaje al Paraíso. El/los protagonistas viajan constantemente. Un viaje, en ocasiones, que lleva del Sur al Norte, de la ciudad de Almería a la Ciudad de Piedra (Ourense) –siempre buscamos el agua-.

Este escritor que sueña los relatos y que viaja siempre con un cuaderno necesita máscaras: el yo se esconde –el yo desolado, no lo olvidemos- siempre en una máscara –la más llamativa, sin duda, es la de Felipe González y que tiene que ver con el humor que también encontramos en esta novela, no creo que pueda haber una novela en el siglo XXI sin esa pizca de humor, ya sabemos que la novela y la ironía han de ir, necesariamente, de la mano-. Pero hay momentos en los que la máscara se desgarra y aparece el eterno escritor náufrago para quien la luz será siempre la luz del cuadro “La Balsa de la Medusa”:

“Una tenue luz blanca que era exactamente igual a la que iluminaba a aquellos infelices en La Balsa de la Medusa” (p.119)

El autor, como hemos comentado, crea una constante intertextualidad que rompe con una bellísima prosa poética en la que la repetición –como mantras afónicos- es la que marca esa caída de la máscara. En el continuo relato –en el que es necesaria la máscara- se pasa del verbo ‘contar’ al verbo ‘ser’, del deseo a la realidad.

Así pues, todos son el mismo, todos son El Náufrago, como los de la Balsa de la Medusa, el Náufrago que busca una isla hecha de sucesos narrados, inexistentes y que a mí me lleva a recordar al personaje de 2666, el pequeño Hans Reiter, el niño que vive en el agua y que necesitará de una máscara, de un pseudónimo, Benno Von Archimboldi para vivir fuera de ella. El agua que, en tantas ocasiones, es nieve, como la que acogió a Walser cuando decidió morir.

Así, podemos adentrarnos en este Mar de Irlanda, atrevernos en este luminoso viaje que nos brinda Carlos Maleno en esta novela llena de tablas de madera a las que aferrarse mientras no veamos a lo lejos la posibilidad de alguna isla.
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Isabel Giménez Caro es Doctora en Filología Hispánica y Profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Almería

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