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Bajo la lluvia, de Juana de Ibarbourou

Juana de Ibarbourou (Melo, Uruguay, 1895 - Montevideo, 1979), una de las voces más personales de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX, es sinónimo de poesía en Uruguay




Juana de Ibarbourou

Javier Irigaray / 27·07·2014

Su nombre real era Juana Fernández Morales, pero a los veinte años se casó con el capitán Lucas de Ibarbourou y adoptó su apellido como seudónimo. Su padre era oriundo de Lourenzá (Lugo) ciudad donde la Biblioteca Municipal lleva actualmente su nombre.

Tres años después, se trasladó a Montevideo. Sus primeros poemas aparecieron en periódicos, principalmente en La Razón, de la capital uruguaya. Sus primeros poemarios Lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920) y Raíz salvaje (1922), están muy marcados por el modernismo, que expresó con abundancia de imágenes sensoriales y cromáticas, alusiones bíblicas y míticas, aunque siempre con un acento singular. Inició, así, un vertiginoso camino con una enorme repercusión internacional cuya consecuencia fue su traducción a varias lenguas

Su temática tiende a la exaltación sentimental de la entrega amorosa, de la maternidad, de la belleza física y de la naturaleza. Imprimió a sus poemas un erotismo que constituye una de las vertientes capitales de su producción. En 1929 fue proclamada "Juana de América" en el Palacio Legislativo del Uruguay, ceremonia que presidió el poeta "oficial" uruguayo, J. Zorrilla de San Martín, y que contó con la participación del ensayista mexicano Alfonso Reyes.

Poco a poco su poesía se fue despojando del ropaje modernista para ganar en efusión y sinceridad. En La rosa de los vientos (1930) se adentró en el vanguardismo, rozando incluso las imágenes surrealistas. Con Estampas de la Biblia, Loores de Nuestra Señora e Invocación a san Isidro, todos de 1934, iniciará en cambio un camino hacia la poesía mística.

En 1947, Juana fue elegida miembro de la Academia uruguaya y en 1959 se le concedió el Premio Nacional de Literatura. Es la imagen del billete de mil pesos

Destaca en su obra el optimismo por la vida, contrastes de emociones, el amor por la naturaleza, la humanidad, la libertad, el sacrificio del amor y la belleza y el transcurso del tiempo. Pero, además, se puede encontrar alusiones a la astringente vida urbana, las ansias, lo cotidiano, la fugacidad de la vida, la muerte o el destino.

Lo que siempre se podrá apreciar en la obra de Juana de Ibarbourou es la sencillez, frescura, humanidad y espontaneidad con que se expresaba.

El poema de esta semana, Bajo la lluvia, es un ejemplo de su amor por la naturaleza, de emociones cotidianas y encontradas. Poesía tan sencilla y tan sentida como la vida.



Bajo la lluvia


¡Cómo resbala el agua por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda,
y pone en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, llueve,
y voy, senda adelante,
con el alma ligera y la cara radiante,
sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no pensar.

Un pájaro se baña
en una charca turbia. Mi presencia le extraña,
se detiene... me mira... nos sentimos amigos...
¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!
Después es el asombro
de un labriego que pasa con su azada al hombro
y la lluvia me cubre de todas las fragancias
de los setos de octubre.
Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado
como un maravilloso y estupendo tocado
de gotas cristalinas, de flores deshojadas
que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.
Y siento, en la vacuidad
del cerebro sin sueño, la voluptuosidad
del placer infinito, dulce y desconocido,
de un minuto de olvido.
Llueve, llueve, llueve,
y tengo en alma y carne, como un frescor de nieve.

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