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Cita, de Julio Alfredo Egea

Julio Alfredo Egea, autor del poema de esta semana, es uno de esos poetas que podemos decir necesarios. En extremo generoso y afable hasta lo inefable. Mejor que describirlo es dejar que él mismo lo haga


El poeta, con gorra azul, ante la casa de Antonio Jesús Soler Cano el día del homenaje que se le rindió en Antas en 2012


Javier Irigaray / 29·06·2012

"Un día, siendo niño, en la primavera de 1935, volví de una de las excursiones solitarias que hacía con frecuencia por la rambla de Chirivel, mi pueblo almeriense, y me encerré en el despacho de mi padre para escribir mis primeros versos, relacionados con árboles y pájaros. Fue el despertar a la literatura en versos ripiosos e inaceptables, aunque entre latidos de un corazón emocionado ante la belleza. ¿Porqué tomaría aquella decisión? Quizá porque mi madre me leería la noche anterior algunos versos de Gabriel y Galán, que era el poeta de la familia, o porque mi padre recitaría un romance morisco que sabía de memoria: Abenamar, Abenamar, moro de la morería... Eran cosas que solían hacer de tarde en tarde, quizá alertados por un acecho de sensibilidades del hijo. En fin..., ¿cómo pensar que aquel era el torpe principio de un quehacer que llenaría toda mi vida, el principio de una vocación de sentimiento y entrega, la dedicación principal de mi ya largo existir?.

Poco después de aquellos primeros versos llegó la guerra, y supe del dolor de forma precoz y desgraciada, a través de medias palabras, dichas con miedo, del entorno, que hablaban de crímenes e injusticias. Empecé a saber que sin la pena la literatura y el arte, en general, no tendrían en el mundo la importancia que tienen, la poesía quedaría reducida a cuatro canciones de primavera. Sin quererlo, fui desplazando árboles y pájaros por el latido de dolor de las gentes heridas por la guerra. Torpes versos perdidos de un niño desconcertado.

Viviendo en Granada, a donde se desplazaron mis padres después de la contienda, empecé, tras una primera posguerra tremenda, de gran aridez cultural, a educar mi sensibilidad poética, y a mediados de los años cincuenta empezaron a publicarse mis primeros libros, aceptados por mi después de alguna publicación indebida, por mi mucha ignorancia...

Hice la licenciatura de Derecho en aquella Universidad, carrera que nunca pensé en ejercer, desde que fui descubriendo que existen los jefes, los horarios y las oficinas. En fin, algo raro era yo...

Diré, resumiendo, que mi vida ha sido una lucha por vivir en libertad de pensamientos y movimientos. Mis planes eran disponer de tiempo para escribir, leer y viajar, buscando actividades que no me ataran mucho y me dieran lo indispensable, económicamente, para vivir con dignidad y llevar a mi familia adelante. Entre dificultades, logros y fracasos, continuos nomadismos, múltiples peripecias..., lo conseguí. La poesía da muchos bienes espirituales, muchos amigos, mucho conocimiento del mundo, y sólo ayuda en algo a mejorar la vida económica... Al menos en mi caso.

Llegó Patricia -cumplido amor de toda una vida-, mi gran ayuda, los hijos, los nietos, el correr de los años... Ahora, en esta vejez lúcida –qué Dios me conserve- pienso, que de tener que vivir otra vida, elegiría los mismos caminos. He viajado por toda España y más de medio mundo, tengo amigos en todas direcciones, sigo publicando mis libros... ¿qué más quiero? Me ha gustado vivir en mi pueblo, con continuas salidas hacia otros lugares. En el pueblo, la gran escapada, siempre fue hacia la naturaleza y la caza; a mi afición a la caza, entre otras cosas, le debo la cultura de sutilezas del campo que creo poseer. No sabría definir mi poesía, aunque siempre he intentado explicar algo de mi poética a través de los tiempos de escritor. Por ejemplo, abreviando mucho diré que sólo escribo por necesidad, cuando gozo o sufro con un tema, nunca por vano artificio literario, y que creo la poesía es, sobre todo, traducción de los asombros a través de la sensibilidad del poeta, del asombro cotidiano de ir descubriendo la vida, los seres y las cosas, desde la niñez".

"Cita", el poema de esta semana, abre "Ancla enamorada", colección de versos editada por el autor en Granada en 1956, que enamora al lector desde la primera de sus líneas. Es, además, toda una declaración de principios y muestra de la generosidad sincera que referíamos al principio.



CITA


Todos estáis citados en mi casa,

en el número 4 de esta calle.

Vamos a hablar de rosas y de sangre.

Os pediré a la entrada

pasaporte de aroma y de latido.

Traeros el corazón, es necesario.

Nos sentaremos junto a la ventana:

una calle de tierra estremecida

y los hombres que pasan.



Pasa un hombre.

Su borrico cargado

con un estiércol íntimo y humeante;

moneda cereal, vigente, al cambio.

El hombre va cantando

sin pensar que es moneda de cipreses.



La tierra es una bolsa de usurero

que la mano de Dios llena de rosas

Cuando atardece pasan las beatas.

Sus labios fracasados

como fruta madura picoteada de pájaros.



También pasan mujeres retorcidas

de dar pan y dar vida al mismo tiempo,

pero retoza un dios en sus pupilas

porque incubaron hijos.



Pasa un hombre enlutado,

sin latido de sangre enamorada;

como una higuera seca

maldiciente de sal, también de lija.



Y también pasa Dios

resudado de juncia y de romero,

sudado por los hombres en Agosto.



Y pasan, pasan, pasan...



Luego vendrán las niñas

y jugarán al corro y la rayuela.

Se llenará la tarde de sus trenzas.

Todos estáis citados en mi casa.

(Yo no le pondré al huerto vidrios rotos

para dejar robarme de los niños).

Encontraréis mi mano jardinera.

Encontraréis a Dios en todas partes.

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