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Canción de la maestra, de Agustín Gómez Arcos

Agustín Gómez Arcos (Enix, 1933-París, 1998) fue el gran dramaturgo español de los años sesenta y uno de los novelistas más notables del último tercio del siglo pasado en Francia.


Agustín Gómez Arcos. Fotografía: José Heras.


Javier Irigaray / 17·06·2014

Fue el menor de siete hermanos en una humilde familia de campesinos anarquistas en la que nunca faltaba algo para leer. La literatura le servía para soñar en la Almería de la posguerra y Celia Viñas, una profesora del único instituto que había entonces en Almería, convirtió en pasión la inclinación por las letras del joven Agustín.

Marchó a Barcelona en 1954 para estudiar Derecho con una beca, estudios que abandonó poco después de iniciado el tercer curso para dedicarse por entero al teatro. Cambia su residencia a Madrid y allí trabaja como actor, director y autor teatral. Consigue en 1962 el Premio Nacional de Teatro Lope de Vega por Diálogos de la herejía, pero la censura logra que se lo denieguen para, así, impedir su estreno y prohíbe su representación en todo el país. Vuelve a alzarse con el mismo galardón cuatro años más tarde con Queridos míos, que vuelve a ser censurada, lo que determina al autor a salir al exilio voluntario tras enviar una carta explicando sus motivos a Manuel Fraga Iribarne, titular del Ministerio de Información y Turismo y autor de la entonces vigente Ley de prensa y propaganda que impedía la representación de sus obras.

Tras dos años en Londres, en junio de 1968 llega a París, un mes después de la revolución de mayo. París era entonces un hervidero de creación. Allí trabaja como camarero en el Café-Théâtre l’Odéon, la misma sala en que se representan sus obras, y entra en contacto con Samuel Becket, Ionesco, Jean Anouilh y su admirado Jean Genet. Poco después comienza su carrera como novelista, escribiendo directamente en francés. Su primera novela, El cordero carnívoro (1975), obtiene el premio Hermès y llega a ser finalista del Goncourt por Escena de caza (furtiva) (1978) y Un pájaro quemado vivo (1984). A pesar de todo, sus novelas, traducidas a dieciocho idiomas, no lo son al castellano hasta 2007, en que empiezan a ser editadas por Cabaret Voltaire.

En 1985 recibe la condecoración de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia y en 1995 la vuelve a obtener, esta vez con el grado de Oficial. Era admirado por Miterrand al tiempo que se quejaba de que la España socialista no le había abierto las puertas que le cerró el franquismo.

Su obra en verso fue la primera. Corta, sólo se conocen sesenta poemas, y escasamente difundida, publicó dos libros en régimen de autoedición y sin pie de imprenta por temor a la censura, ambos en 1956 y, curiosamente, en Seo de Urgel, en la provincia de origen de Celia Viñas, la maestra que le inició en el amor al oficio de escribir.

El poema que hoy nos ocupa, Canción de la maestra, fue escrito por Agustín Gómez Arcos en la primavera de 1954, cuando el autor supo del ansiado estado de buena esperanza en que hallaba su maestra y amiga. Poco después, en junio del mismo año, la profesora murió y escribiría Elegía a la muerte de Celia Viñas.



Canción de la maestra

(A Celia)

Sí, qué sencillo parece todo ahora

cuando no te conozco, ni te veo,

ni sufro tu presencia –tu amorosa presencia

de luz inimitable, de cántico suave-.

Qué sencillo parece todo ahora,

en este momento mismo en que cruzo la calle

en busca de mi turno,

para unirme sin dilación ni pena

a la marcha brutal de la vida.

Qué sencillo parece todo ahora

lejos ya del pasado de nuestra propia sangre.

Otro caballo más seré, otra brida en mi boca,

otra rienda en mi cuello.

Obedeceré ciego los silbidos que manden,

las manos que señalen,

los puños que aporreen fieramente mi cara

y la llenen de sangre, de lodo y de mentira.

Te lo prometo, amiga, maestra y casi madre.

Todo lo sufriré, porque tú me enseñaste

que la vida es así,

y hurtar el cuerpo es ofender a Dios,

y ofender a la tierra,

y no quiero que nadie se levante contra mí

y me arroje flores marchitas a la cara

porque no supe ganar las otras flores,

las que crecen libres y puras en los jardines,

las que adornan tu pelo,

esas flores que crecen azules en los campos,

azules en los ojos,

azules en la sangre,

azules en los dedos,

y azules en la risa y en el alma.

Porque no quiero que nadie se levante contra mí.

y pronuncie mi nombre con asco,

con infame burla,

con vergüenza de sentirlo en la boca

confundido con la propia saliva

y con la propia lengua

y con los propios dientes.

Porque no quiero que nadie te diga

-¡a ti, mi más soberbio signo de enseñanza!-

que me vio en ese sitio adonde van los muertos

que viven todavía, que respiran, que alientan,

que ladran

detrás de la presencia de los perros del miedo.

Porque no quiero sucumbir con sangre

ni claudicar con ojos.

Porque recuerdo

tu lejana memoria

detrás de una mesa de madera marrón,

en el viejo instituto del claustro sombreado,

en el viejo instituto de la fuente sombría,

en el viejo instituto del níspero sombrío,

en el viejo instituto de la higuera,

de las altas palmeras,

del jazminero.

Porque recuerdo que tú nos enseñabas

que hay hombres, sólo hombres,

-no rosas ni cantares ni juncos ni praderas,

no montes escarpados ni páramos dorados,

no aguilopos que suben más altos que las nubes

ni nubes que se quedan casi al borde del suelo;

hombres, tan sólo hombres-

que iniciaron su camino en la cumbre

como los victoriosos, como los elegidos

por el Dios de los fuertes,

que hay hombres que iniciaron su camino en la cumbre

y no en el llano.

Porque ahora sé que todo aquello era humildad

y tú nos enseñabas que la humildad es soberbia

más rica, más fina, más pujante y más alta.

Y nos pusiste aquel ejemplo del humilde Fray Luis,

del soberbio Fray Luis,

del rígido Fray Luis soberbiamente humilde.

Ay, Celia, amiga, maestra, cómo se queda uno

cuando la vida embiste con sus cuernos airados

y nos cerca de espinos y zarzales y vientos

y se ríe más tarde mirándonos airosa.

Cómo se queda uno y con qué sangre

derramada a mansalva por los cuatro costados.

-¡Ni se mueren los ángeles por altos

ni por altas y solas se derrumban las nubes!-

Hay amantes que todo lo trasegan hablando,

y otros que necesitan besarse y devorarse,

traspasarse de misterio incitante,

de uniones simultáneas.

Hay todo lo que dicen los libros y los hombres

cuando salen ardientes, fatigados de ira,

a ejecutar sus danzas,

a ejecutar sus glorias,

detrás de las caretas de carne y hojas verdes

en que ocultan sus rostros.

Hay el furor latiendo

al unísono tierno del corazón humano.

Pero hay también, amiga, hay también y también

el fracaso vestido de cándida apariencia,

casi en vuelo de pájaro, casi en forma de rosa,

en esta mano mía que te extiendo y te llego

para que tú la estreches lejana y olvidada

y te manches; te manche

de su sudor cansado

como ríos abiertos por la palma florida,

como cráteres vivos, incitantes, despiertos,

y recuerdes, amiga,

y recuerdes, maestra,

mujer que ya comienzas a sentir lo que es vientre

abultado y triunfante,

mujer que ya lograste tu misterio completo,

mujer casada, rosa

cándida y silenciosa, biemparida,

mujer de las mejores ilusiones,

y recuerdes por siempre desde tu vieja historia

que habremos de ser fieles,

que habremos de ser fieles y aguantar en el tiempo

aunque el tiempo se caiga

y se derrumbe,

aunque ladren los perros en las calles desiertas,

aunque crezcan las matas en la piedra del templo,

aunque el buitre nos siga y nos persiga,

aunque muramos vivos,

aunque todo se caiga y se derrumbe

y se queme en el fuego

y se avente en la nada.


Primavera de 1954

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